
Mitología del pequeño "dios"
Por Orlando Barone
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¿Qué se puede hacer cuando un "dios" se queda solo? Y cuando no le bastan los adoradores ni los fieles por más que se amontonen porque, aun siendo inmensurables, entre todos no alcanzan a ofrecerle la más vasta compañía que su soledad requiere. Es tan descomunal el amor que exige sin pedirlo que no cabría en todos los estadios de fútbol ni en todas las familias capaces de adoptarlo y cuidarlo como al mejor de sus hijos, o más todavía. ¿Qué se puede hacer con ese dios? Porque aun siendo pequeño comparado con los grandes dioses del Olimpo y con los de las grandes religiones, tiene la impertinencia de competir con ellos en el incorrecto imaginario colectivo. Y también en ese deseo irracional que desconoce del dios todo cuanto no se acomode y se someta a su sagrada investidura, negándose a enjuiciarlo por cualquier desviación humana y absolviéndolo de pagar por sus errores el precio que pagan los mortales por faltas menores a las que él comete. Inútil buscarle culpas a un dios. Pues para llegar a serlo tuvo que crearse algo tan grande que no cuenta para él la categoría de imperdonable por ningún hecho, porque aunque se lo viera con las manos en la masa nunca se lo reconocería como culpable. Es un dios que se hace intocable cada vez que su parte humana se descalabra por terrestre, ya que es amparado por su privilegiada situación sagrada. Como humano ha provocado iguales, menores o mayores daños que los que cometen las personas buenas y malas; categorías estas que en la eternidad no cuentan porque allá se juzgan las almas a solas, sin los cuerpos.
Y nadie salvo Dios conoce su contenido, a veces disimulado por envases inapropiados. Por eso podría suceder que las almas que se adueñan de la eternidad no fueran las que aquí consideramos aptas.
No le hacen falta piedad ni dinero ni canchas de golf, ni Fidel Castro, ni amores ni amigos nuevos ni viejos. Esa es su pena, se la debe a su rango divino. Porque por más que tenga todo es como si no lo tuviera: el agujero es tan grande que no hay nada que lo llene. Paga el alto precio de nuestra inclinación por consagrar dioses con cuerpo tan endeble y vulnerable como el propio. Ninguna sociedad, hinchada, ni pasión popular pueden sostener algo que excede el tamaño racional y de la escala humana. Ya que a ese tipo de dioses de anatomía elemental el peso celestial los abruma. Lo que le hace falta a él lo tiene tan cerca que no se da cuenta, y aunque se lo muestren y revelen, si no es él quien lo descubra no lo verá nunca. Me parece que reencontrarse a sí mismo ya le resulta inalcanzable. Utópico.
La de un dios es la soledad más vasta, porque naturalmente es más vasto su continente. Y porque lo habitan seres imposibles de censar o de limitar, que se van procreando por el mundo indefinidamente por generaciones atadas a una fuente inolvidable: la mano de Dios. Estoy hablando de él; descarto la mayúscula del pronombre, porque esta tiene ya un antiguo propietario eterno. Y él es un subgénero, un desbordamiento de su condición humana. Para entretenerse en su soledad se inventa separaciones, abandonos, bancarrotas, enemigos, y zozobras.
Pero la mano de Dios no lo ha dejado solo: lo acompaña. Es la mano que distribuye los dones en la especie humana. Y sabe por eso que para ese modelo de terrestre inmortal, aún la más grande soledad es apenas el anecdótico signo de su paso mortal por la vida. No se lea todo esto como un tema menor, ya que es una tragedia. Y porque la mitología sigue siendo actual: cuenta la historia de los mitos, pero también de sus adoradores, de los agnósticos y ateos. Y de sus sepultureros y sus enterradores. Esta es la historia inconclusa de un dios argentino cuyo cielo es la cancha de fútbol con él adentro. Y cuyo infierno es ya no tenerla. Es haberla perdido.






