
Moderado elogio de la nostalgia
Por Rodolfo Rabanal
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El poeta francés Stéphane Mallarmé cultivó la noción de que la totalidad de la experiencia del mundo debía culminar en un libro, lo cual equivale a decir que vivimos para volvernos literatura.
Hubo un momento, alrededor de los años 60, en que esa máxima absoluta también se pudo aplicar al cine ya que para muchos de nosotros, entonces jóvenes, la vida reunida y desplegada en los libros se extendía y completaba en la vida exhibida y dramatizada en las películas.
El cine viene a cuento porque días pasados se cumplieron cuarenta años del inicio de "La Nouvelle Vague", corriente cinematográfica francesa que marcó, precedida por el neorrealismo italiano y acompañada en buena medida por el "free cinema" británico algo después, buena parte del gusto y de la sensibilidad cultural de la segunda mitad del siglo XX.
De modo que ahora, durante la primera quincena de junio, la embajada de Francia y la Cinemateca Argentina tuvieron la excelente iniciativa de conmemorar el aniversario presentando un ciclo de unos doce films en la sala Leopoldo Lugones, tanto que, por unos pocos días, el Teatro Municipal General San Martín se transformó en un estimulante cruce de generaciones: la que volvía a ver -por ejemplo- "Hiroshima mon amour" y aquella otra que la veía por primera vez.
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Hoy quiero creer -tal vez con nostalgia pero sin fanatismos- que en los años 60 el mundo era todavía visiblemente "literario", a la manera propuesta por Mallarmé y por el mismo Borges, que soñaba al universo como una biblioteca. Pero también era un mundo entrañablemente cinematográfico.
Se iba al cine no sólo en busca de entretenimiento o evasión, sino además para asistir a una experiencia estética capaz de enriquecer o modificar nuestras vidas. Desde ya, no toda la Nueva Ola logró películas memorables, pero eso, en definitiva, no importa demasiado cuando el conjunto consigue destacar de manera innegable la naturaleza de una época.
La semana última, en Buenos Aires, muchos tuvimos la oportunidad de comprobar que el paso del tiempo no sólo desencadena melancólicas especulaciones alrededor de la existencia, sino que ofrece además la mejor prueba -en favor o en contra- de las bondades del arte.




