
Monumento a Carlos Gardel
1 minuto de lectura'
Muchas deudas tiene Buenos Aires que no se pueden saldar. Muchos son los que han aportado a su sustancia y a su imagen bienes demasiado buenos como para admitir cotización. Uno de ellos es Carlos Gardel; lo es por su arte, por su compenetración sentimental con nuestra vida, por su carácter de representante impar del complejo de emociones y significados que atesora el tango.
No es su recuerdo lo que hay que preservar, pues él está incólume no sólo en su voz -tibia, pasmosamente viva en el artilugio fonográfico-, sino, sobre todo, en la admirativa complacencia que suele suscitar en nosotros el fantasma de su presencia divagando por las calles porteñas.
De lo que se trata es de la contrapartida, de aquello que se le debe; del reconocimiento por tanto que nos dio y nos da todavía en identidad, en visión de nosotros mismos. En la Chacarita, un bronce reitera sus rasgos y mueve invariablemente el afecto de quienes por ahí pasan; es, en verdad, un homenaje merecido y trascendente, pero aún no el que corresponde a quien con tanta fuerza continúa en el mundo de los vivos, dando, en diapasón popular y sensible, testimonio de que el arte es lo que no muere.
Fuera de la necrópolis, en las calles que anduvo e interpretó como nadie, allí debe estar el monumento a Gardel. En algún lugar de Buenos Aires, si bien -admitamos- no todos los lugares valen parejo. En 1995 una ley del Congreso dispuso erigirlo en Avenida del Libertador y Tagle; con acierto, dos años más tarde se acordó emplazarlo junto a donde estaba el viejo Chantacuatro, en la intersección de Anchorena y la cortada que lleva el nombre del cantor. Sin duda, ése es el sitio indicado: en pleno Abasto, con trasuntos de la infancia y la primera mocedad del Morocho del Abasto y cerca de donde vivía doña Berta.
Era de ese barrio y a sus veredas fue a buscarlo el tango para convertirlo en símbolo. Allí tiene que alzarse su momento, un poco al modo en que Nueva York recuerda al gran George Cohan, en la esquina de Broadway y la 46, centro de sus canciones y de su espíritu. Esta vez para bien, vamos a imitar a los norteamericanos. Por lo pronto, la Academia Porteña del Lunfardo, a la que le ha sido encomendado concretar la obra, la ha encargado al escultor Mariano Pagés y solicita la contribución popular para poder solventarla.
Seguramente llegarán los fondos y se alzará la estatua. Sería deseable que pueda ser inaugurada en diciembre, con motivo de un nuevo aniversario del nacimiento del Zorzal, en medio de los notables cambios urbanísticos que se registran en esa zona, a más de los que se anuncian, como la recuperación del área de la calle Carlos Gardel y su transformación en peatonal. Aunque la bonanza y la decadencia son cosas transitorias, precisamente ese monumento tendrá entre sus cometidos el de señalar la permanencia de una porción entrañable de Buenos Aires. Desde su pedestal de granito, un Gardel ideal le pedirá en silencio a la ciudad que, en lo que atañe a los valores esenciales, sea siempre igual a sí misma.




