
Moreno frustra a la infanta española
La hermana de Fernando VII quería posesionarse del Río de la Plata
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Para fines de 1808, Mariano Moreno no estaba entre los conjurados de la jabonería, cuando los sirvientes de esa casona y fábrica artesanal (de la hoy México al 1000, entre las manzanas que aplastó la avenida 9 de Julio) maneaban a un mimado caballo. Sucedía cada vez que Juan José Castelli desmontaba tras el largo galope desde su quinta.
Los patriotas de mayo padecieron ya a fines de 1808 indagaciones a Castelli, Vieytes y cárcel militar para Nicolás Rodríguez Peña, más el embargo de la jabonería. Para noviembre, el joven médico inglés Diego Paroissien fue apresado, como se sabe, portador desde Brasil de cartas supuestamente subversivas de Saturnino Rodríguez Peña. El suceso desnudó las intenciones lusitanas en el Río de la Plata: del viaje de Paroissien supieron Elío y Liniers por aviso de la Carlota (nombre que había dado Sobremonte a la fortificación de Punta del Sauce, según Efraín U. Bischoff). De ese modo, la princesa traicionó a Saturnino Peña, su adicto, por consejo del doble agente José Pressas y las ventajas que del asunto sacaba el almirante sir Sidney Smith y en discordancia con lord Stranford. El carlotismo e Inglaterra no significaban una misma cosa para América y hasta los ingleses tenían su interna. Lo revela la carta de lord Stranford -sobre todo este asunto- a su canciller, George Canning, de mediados de 1809.
Y así como aquel suceso permitió el alegato jurídico de Castelli -no podía existir subversión si no había contra quién; el rey estaba preso y no había junta representativa de toda España-, será Moreno, desde su posición en la Primera Junta, quien terminará por desairar al enviado de aquella hermana mayor de Fernando VII y lapidar al carlotismo. Hundiría las pretensiones de regencia o intermediación ofrecida por la infanta a manos de su enviado Carlos José Guezzi, en Buenos Aires desde el 17 de julio al 20 de diciembre de 1810 con instrucciones del conde de Linhares. Moreno influyó en la Junta para desairarlo y remató el rechazo en conversaciones con Guezzi, que evocó dos de ellas en su informe al conde de Linhares, redactado a bordo de la nave inglesa Queen, un día después de la Navidad de 1810, todavía en la rada y a la vista del perfil crepuscular de Buenos Aires, un telón rojizo recortado sólo por las cúpulas de las iglesias porteñas.
El informe de Guezzi echa luz cuando se forja ya la suerte siniestra de Moreno y cuando el emisario quedaría en Montevideo engrillado por Elío. Es que, como dice el historiador Echepareborda, este médico italiano diplomado en el Universidad de Turín donde también se dedicó a la “esclavatura” y que en Buenos Aires tuvo afinidad y negocios con Martín de Alzaga, fue el primer diplomático que visitó la Primera Junta. Claro que sus contorsiones políticas y diplomáticas eran notorias. Hombre de confianza del virrey Liniers, que lo envió para observar a los Braganza, corte emigrada a instancia inglesa desde Portugal.
Carlotismo alborotador
Al irrumpir la Revolución de Mayo, Nicolás Rodríguez Peña estaba repuesto de su nefritis agudizada en la cárcel, pero el médico Paroissien permanecía en un celda húmeda y enfermo (fue liberado en junio de 1810).
Los historiadores del carlotismo han puesto en circulación abundante material sobre aquel proceso contra los revolucionarios, pero no todos usaron la información conseguida para hallarles razones claras a los protagonistas. Sin embargo, el carlotismo parece haber constituido un catalizador para definir los perfiles de los protagonistas de mayo y las fracciones del espectro político poscolonial.
Sobre la ambición de Carlota Joaquina de Braganza, princesa de Portugal e infanta de España, no caben dudas. Su biógrafo mayor, J. M. Rubio -que la llamó “la reina de los tristes destinos”-, sostiene que en sus últimos sombríos años en Lisboa (murió el 7 de enero de 1830) canturreaba trovas castellanas. De sus sueños imperiales fracasados parece esta estrofa que reprodujo el experto Raúl Echepareborda: “En porfías soy manchega/Y en malicia soy gitana/Mis intentos y mis planes/No se me quitan del alma”. Echepareborda, además de innumerables aportes, tradujo del portugués el informe Guezzi de la misión ante la Junta que guarda el Archivo Histórico de Madrid, clave para los estudiosos. Además es bueno hurgar las copias de los sumarios, indagaciones, textos, cartas, e infinidad de pormenores del episodio de Diego Paroissien, reunidas en un muy nutrido capítulo de la Biblioteca de Mayo, tomo XI (edición del Senado de la Nación en 1960).
Las malas juntas
Por supuesto, Guezzi conoció y trenzó algunas acciones con el doble agente Felipe Contucci, el florentino con apellido toscano de la madre, de vida aún más sinuosa en el Río de la Plata. En sus orillas -Montevideo- desposó a la adolescente María de Oribe (hermana del que sería famoso general oriental y, según un informe español, “una insurgente, o sea tupamara”). En realidad el médico Guezzi conoció a todos los conspiradores coloniales además de a buena parte de los intrigantes de estas playas. No le faltó contacto con los patriotas y con el coronel Burke, otro amante de clandestinas intromisiones en las cortes, siempre que los secretos obtenidos fueran redituables.
Apenas arribado Guezzi en misión -el 17 de julio de 1810- a su conocida Buenos Aires, la aldea lucía los lodazales sometidos por las lluvias. Para aumentar el gris recibimiento, la Junta gobernante no lo atendió de inmediato. Se fue en busca de Belgrano y de Castelli que, según relata, “conservaban las antiguas ideas”. Pero al día siguiente lo recibió la Junta en pleno, y para semejante emisario, Saavedra fue la voz cantante al refirmar la sumisión a la corona porque la “Junta que tengo la honra de presidir será la primera en empuñar la espada para conservar sus derechos”. Le pidieron por escrito las pretensiones de la misión que cumplía y las entregó dos días después y la Gaceta las publicó recién el 2 de agosto. Decía que la corte lusitana estaba inquieta por las divisiones que provocó la revolución, pedía un diputado que llegara hasta la corte de Brasil, además que ya desde abril estaban dispuestas fuerzas que aplastarían cualquier intento de levantamiento en el Río de la Plata. Pero en concreto, lo que ofrecía la princesa era intermediar entre los bandos que pugnaban en el ex virreinato o regentear la región.
Moreno logró que a Guezzi se le rechazara toda propuesta. Para noviembre, sin embargo, el poder de Saavedra avanzaba sobre la cabeza del secretario, a pesar de que ese militar y presidente de la Junta suscribió el ultimátum a Guezzi -del 20 de noviembre- para que se embarcara “en el primer buque que salga para Río de Janeiro”. Cuatro días antes de esa expulsión, Guezzi había discutido con Moreno y la primera dureza -cuando el italiano observó la desprolijidad del cambio de Mayo- se la señaló como “incompatible con los intereses lusitanos”.
-La Junta no se ocupa de los intereses de Brasil… (reprochó Moreno) Y a la mediación que proponía respondió: “¿Quién nos asegura que la Corte de Brasil de mediadora no querría convertirse en dueña de estas provincias?” También insinuó que querrían recurrir a la fuerza para asegurar la mediación. Guezzi admitió que “una fuerza es indispensable”. Los temas y detalles de la charla son imperdibles, pero extensos. Moreno recibió, no obstante, tres veces más al emisario de la Carlota, demoliéndolo. La última fue el 13 de diciembre en casa de Moreno, a las 22.30, en que el enviado lo encontró acompañado de Larrea. Moreno le sonsacó que las tropas de Brasil se unirían a las españolas de la Banda Oriental. Otros temas enervaron duras respuestas de Larrea (“Creo que el señor Larrea se burla de mí”, se quejó Guezzi a Moreno). Fue una hora y media de tironeos inútiles. Todavía quedó algunos días más. Entonces fue el deán Funes el que lo impuso de que la oposición que tenían en la Junta se desvanecía con el ingreso de diputados del interior. El italiano aun tuvo tiempo de describir su visión: “Moreno es el Robespierre del momento”. Tenía dudas sobre Funes, pero el deán lo quiso retener cuando “andaba metido en una peligrosa y ardua tarea de derribar a Moreno”. El pliego de instrucciones como plenipotenciario ante Inglaterra para este secretario de la Junta, que pronto dejaría de serlo, iba a agregar una gestión ante el Janeiro que se desechó antes de nacer, pero se venía el enero trágico. Moreno marchaba hacia la muerte y la Revolución de Mayo empezaba a perder a sus prohombres.






