Mundial: en educación, estamos eliminados antes de competir
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“De los 32 que participan en la Copa del Mundo Qatar 2022, Corea del Sur es el país con mejores resultados en las pruebas estandarizadas de Matemática. Argentina se encuentra entre la media de los resultados”. Así indica el informe “Mundial Educativo ¿Cómo se desempeñan los países en educación?” realizado por el Observatorio Argentinos por la Educación a partir de datos internacionales de la Unesco y del Banco Mundial, donde se seleccionaron 10 indicadores para exponer la situación educativa de cada país participante en los partidos de la fase de grupos del Mundial de Fútbol Qatar 2022.
Del informe se desprende que Arabia Saudita, la selección que propinó a la Argentina una de las derrotas más duras de su historia en mundiales, es uno de los países que más invierte en educación con un 8% de su PBI, mientras que la Argentina lo hace alrededor del 5%. Polonia es, en el Grupo C que comparten con Arabia, Argentina y México, el país que obtiene mejores resultados educativos en los últimos años.
¿Quién saldría campeón del mundo en este hipotético mundial educativo en Matemáticas y Lengua? Bien, Corea del Sur es la campeona del mundo en el aprendizaje de Matemática, seguida por Japón. Mientras que Canadá, Dinamarca y Polonia comparten el podio en el mundial de aprendizaje de Lengua. Ahora, si la competencia dependiera de cuántos estudiantes terminan la secundaria, Corea del Sur sería nuevamente la campeona, escoltada por Canadá y Croacia. La mala noticia es que en varios de los indicadores la Argentina queda ubicada en una zona intermedia de la tabla. Es decir, no pasaríamos la fase de grupos.
Algo similar o peor a lo que sucede a la Argentina pasa con los países latinoamericanos que juegan este Mundial de Qatar: Brasil, Uruguay, Ecuador, México y Costa Rica y los africanos como Senegal, Ghana, Marruecos, Túnez donde ninguno estaría jugando una instancia final en una competencia basada en resultados de calidad de enseñanza, aprendizaje, inversión y asistencia escolar. Los asiáticos y los países del hemisferio norte sacan una notable ventaja sobre el resto. Claro que estos resultados, muy bien elaborados y presentados de modo didáctico por el Observatorio Argentinos por la Educación, no son una sorpresa para la Argentina, como lo fue el resultado del partido debut del martes pasado en el Mundial de Fútbol de Qatar. Es que, desgraciadamente, ya nos acostumbramos a esperar más del fútbol que de nuestra calidad educativa,y esa resignación muestra que como sociedad bajamos las exigencias y las expectativas sobre nuestra escuela que tanto orgullo, basado no en el exitismo sino en resultados contundentes, nos trajo con nuestro sistema educativo popular e inclusivo.
La historia nos dice que en 1845 Domingo Faustino Sarmiento se encontraba exiliado en Chile cuando su amigo, el presidente trasandino Manuel Montt, le encomendó estudiar los sistemas educativos de EE.UU. y Europa y elaborar un plan educativo para ese país. Sarmiento lo hizo viajando por EE.UU. y Europa y así nació Educación Popular, con la idea de educar a todo el pueblo. Montt lo rechaza porque Chile creía en un sistema mixto, un circuito educativo para las elites y otro consagrado más a las instituciones religiosas para los sectores populares. Por suerte Sarmiento comenzó a aplicarlo en nuestro país en 1869, ya siendo presidente. Un modelo educativo plasmado 12 años más tarde en la Ley 1420 y que tuvo su apogeo durante el siglo XX.
A diferencia de otros países americanos, nuestro comienzo fue virtuoso, tuvimos el plan, las herramientas, la voluntad política y el convencimiento de desarrollar un modelo educativo inclusivo y de calidad que tuvo mucha influencia en los cambios sociales, las demandas populares que desembocaron en la participación cívica de sectores medios y bajos que vertieron en el voto popular y dieron comienzo a la democracia participativa. El problema es que, desde unas tres décadas, progresivamente, comenzamos a perder la brújula. Argentina vive en una anomia educativa permanente, tenemos leyes y normas con objetivos nobles que no se cumplen, cuyos tiempos son apenas letra fría que no impacta en la responsabilidad de los gobiernos educativos. Todos se llenan la boca con compromisos de lucha por la educación y, sin embargo, a nadie parece importarle demasiado.
Lo vimos durante la pandemia, donde a excepción de un grupo de padres conocidos como Padres Organizados, y a algunos gobiernos provinciales como el gobierno de la ciudad y Mendoza, el resto, la sociedad en su mayoría y los gremios docentes, aceptó mansamente que los chicos estuvieran casi dos años con las escuelas cerradas. En la provincia de Santa Cruz egresaron alumnos de secundaria en 2021 que, entre conflictos gremiales y por la pandemia, tuvieron menos de dos años de clases efectivas y presenciales. Ejemplos así, negativos, hay muchos y los toleramos. El secreto para mejorar está en la demanda social, sin ella no habrá cambios. Ya no importa tanto lo que ofrezcan nuestros políticos, si no demandamos y no subimos la exigencia, si no plasmamos un pacto social alrededor de objetivos para mejorar nuestra educación, las chances se irán desdibujando.
El martes pasado sufrimos por la derrota en el mundial de fútbol, algunas noticias daban cuenta de que el ánimo era tan bajo que muchos eligieron no ir a trabajar, apagados, tristes por una derrota deportiva que, en un país apasionado por el fútbol, es sumamente entendible. Lo bueno es que hay revancha y el sábado volvemos a competir. En educación ya sabemos de antemano que no clasificaríamos ni en el segundo o tercer pelotón de los mejores, la revancha no es inmediata y, con suerte, haciendo las cosas bien desde ahora, tardaremos varias décadas en ser competitivos en algún trabajo comparativo que utilice resultados educativos contrastados con una competencia deportiva. Puede ser un juego, pero también es una clara manera de entender que, en educación, si no despertamos rápido, a futuro ya no habrá vueltas olímpicas.


