
Nadie puede alegar su propia torpeza
Nadie puede alegar su propia torpeza. El viejo adagio latino resuena con estruendo en una Argentina decadente, bajo los designios de la improvisación y un régimen de toma de decisiones aluvional para enfrentar uno de los mayores desafíos de los últimos cien años.
La pandemia ha puesto en evidencia problemas acuciantes, en muchos casos acelerando y profundizando su gravedad: las diferencias económicas que acentúan las injusticias, el sistema de trabajo, el rol de los gobiernos en el siglo XXI y el abuso del medio ambiente. Todos de un modo u otro vinculados.
El acceso a la salud y a la educación (la urgencia y el futuro) han estado determinados como nunca por el poder adquisitivo. Otro tanto con el trabajo: más y mejor para aquellas actividades dominadas por la tecnología, lo que agrandó las diferencias. Los cielos nítidos luego del parate obligado del tráfico aéreo y hasta el origen mismo del virus, evidenciaron un medio ambiente tan sufrido que no admite postergaciones y sí acciones de alcance planetario. Gobiernos superados, adoptando medidas medievales con consecuencias que todavía no se terminan de dimensionar (caída de 7 puntos de la producción global, la mayor desde la segunda guerra). El mundo cambió al ponerse en cuestión estos ejes de apoyo; ya nada será igual.
Así como se profundizaron las diferencias entre las personas, también van quedando a la vista aquellas entre los países. Lo de Argentina es paradigmático: la "cuarentena" más larga y una de las mayores caídas de la actividad económica del mundo (desplome de 10%). Triste record. Pero no es todo.
Cada uno de los desafíos de la pandemia fue enfrentado con imprevisión. Vacunas dudosas que llegan tarde y sin organización logística seria. Escuelas cerradas, destruyendo de un plumazo uno de los mayores logros de la historia (Sarmiento: niños a la misma hora en todo el país, saludando a la bandera para luego aprender). Doble indemnización perenne y una ley de teletrabajo del siglo XIX, a contramarcha del mundo; decreto declarando servicio público la actividad de las empresas de telecomunicaciones y congelando sus tarifas, de modo de destruir la plataforma en la que la realidad post pandemia promete desarrollarse. Apoyo económico errático cuando no nulo, que podría haberse usado para fomentar una economía más amiga del medio ambiente.
Sin plan, sin brújula. Haciéndonos trampa al solitario. Y así seguimos. Emerge una Argentina que ya ni siquiera está en crisis de mutación sino en decadencia: no enfrentamos un reacomodamiento temporal de placas tectónicas, sino una caída libre y en cámara lenta.
Y lo peor, a la imprevisión se le suma una eficacia inaudita para debilitar el tejido institucional del país, atizando el miedo para desde el tacticaje imponer cambios radicales al modo republicano de existencia, ante la mirada impávida de un poder y el colaboracionismo notarial del otro.
Balance poco alentador que se resume en una palabra: torpeza. Y nadie puede alegar la propia; menos un gobierno. Estamos a tiempo. La economía mundial se va a recuperar de súbito (como cada vez en la historia ante recesiones de magnitud, casi como una ley física en la economía, sin mérito de gobierno alguno). El punto de quiebre que ha significado la pandemia abre un futuro distinto y promisorio, lleno de oportunidades. En eso deberíamos estar pensando.
Exprocurador del Tesoro de la Nación






