
Nadie puede ser neutral
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En 1492, los Reyes Católicos completaron la conquista de España. En 1492, los judíos fueron expulsados de España. En 1492, Colón descubrió América. En 1492, el sevillano Elio Antonio de Nebrija publicó su Gramática de la lengua castellana, la primera de una lengua moderna, con su famosa dedicatoria a la reina y su no menos famosa frase: Siempre la lengua fue compañera del imperio. Ciertos periodistas argentinos, practicantes de la ley del menor esfuerzo, dirían que 1492 fue un año clave en la historia de la lengua española. En 1492, el español terminó de hacerse lengua nacional y se hizo lengua internacional. ¿Y entonces? Después de haber celebrado con bombos y platillos, ayer nomás (un americanismo), los quinientos años del descubrimiento, ¿ahora caemos en la cuenta de que necesitamos un español internacional?
El español ya está internacionalizado. / ¿Quién lo reinternacionalizará? / El que lo reinternacionalice / buen reinternacionalizador será. Hay que reconocer que el trabalenguas se las trae. Pero ¿me entenderán todos si digo trabalenguas? Porque hay quien dice destrabalenguas (adjudicándoles a estos juegos de palabras una finalidad utilitaria, como cuando Demóstenes se ponía piedritas en la boca para mejorar su dicción), aunque la palabreja no está, ni siquiera como dialectalismo, en el Diccionario de la Real Academia Española. Aunque algunos digan (plagiando a George Bernard Shaw cuando decía que Gran Bretaña y los Estados Unidos eran dos países separados por una misma lengua) que todo nos une menos el idioma, los hispanohablantes siempre celebramos la unidad en la diversidad.
Así era antes, cuando no estaba de moda la comunicación y tal vez por eso no nos diéramos cuenta de todo lo que nos separaba. Por eso ahora hemos emprendido la búsqueda del vellocino de oro del español internacional.
Lenguaje empobrecido
Esto en sí no tendría nada de malo: siguiendo con el trabalenguas, aunque nuestra lengua sea internacional desde hace más de quinientos años, una reinternacionalización podría reforzar su internacionalidad. No tendría nada de malo si lo entendiéramos como un enriquecimiento, como la posibilidad de que todos accediéramos al uso de todos, que todos conociéramos el uso de todos. Pero nos dicen que no es eso lo que buscan. Por boca nada menos que del secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, el cubano residente en Puerto Rico Humberto López Morales, nos enteramos de que esa internacionalización se quiere hacer eliminando regionalismos, neutralizando la lengua, es decir, castrándola.
Llegaríamos así al famoso español neutro que algún avispado empresario del doblaje nos quiso hacer creer que existía, al castellano neutro (un oxímoron) de la ley de doblaje argentina o al latino(algunos para colmo le dicen latino neutro), que no se vaya a creer que es la lengua de César y Cicerón sin apocopar: es lo que hablan los latinos, que, como la tribu perdida de Israel, ahora han sido descubiertos en los Estados Unidos. Esto, si fuera posible, sería un empobrecimiento del lenguaje. Pero no hay que desesperar: no es posible. Si consideramos solamente el léxico, hay infinidad de objetos que no tienen un nombre común.
Una de las observaciones que más me llamaron la atención del delicioso Buenas y malas palabras de Angel Rosenblat (1960), recopilación de sus columnas del diario El Nacional de Caracas, fue que en Venezuela madre era una mala palabra: había que decir mamá. ¿Vamos a eliminar la palabra madre en aras del español neutro? Pero supongamos que fuera posible, que en pos de la hermandad universal y los buenos negocios el planeta todo adoptara una lengua común, digamos el esperanto para no pelearnos: al poco tiempo tendríamos un esperanto rioplatense, un esperanto andaluz y un esperanto pequinés. Entretanto, a la espera de que lo hablaran, el esperanto seguiría siendo una lengua artificial. Y como cualquier lengua artificial, el español castrado, que nadie habla, sería una lengua sin coloquialismos ni vulgarismos. Sería una lengua sin expresión. Sería una lengua sin literatura.
Alrededor de 1980 empezaron a llegar a la Argentina muchos programas de la televisión española. Eran casi todos comedias unitarias o miniseries de unos pocos capítulos, a diferencia de los interminables culebrones (un españolismo) argentinos, que si tienen éxito se prolongan hasta el infinito y, como en algunos viejos folletines, al final no queda nada de la historia y los personajes del comienzo. El público local, no acostumbrado a semejantes exquisiteces, se admiraba de la agilidad de los guiones, pero sobre todo le hacía mucha gracia el lenguaje, españolísimo. De más está decir que había en aquellos diálogos muchísimas palabras que aquí no se conocían, voces coloquiales y hasta vulgares que difícilmente se encontraran en los libros. Sin embargo, todo el mundo las entendía y las aprendía como se aprenden las palabras nuevas, no en el diccionario sino en su contexto.
Ni chicha ni limonada
Cierta vez, en un sitio de charla en Internet, un muchacho argentino escribió, vaya a saber a propósito de qué, una de esas inscripciones que suelen (o solían) poner los camioneros en sus vehículos: Lo mejor que hizo la vieja es el pibe que maneja. A un español le encantó la frase y le pidió permiso para usarla. El argentino le dijo que él no podía autorizarlo porque no era el autor, pero que no creía que hubiera inconveniente, y le explicó de dónde la había tomado. Lo que no sé agregó es si en España la van a entender. Si estás pensando en la palabra pibe le dijo el español, aquí todos la conocen. Pero tal vez no entiendan maneja, porque nosotros decimos conducir.
Un aspirante a hispanoneutroescribiente poco avisado seguramente evitaría la palabra pibe, pero difícilmente se le ocurriría que manejar, en la acepción de conducir un vehículo, es un americanismo. Y emplearía tranquilamente ese verbo en una traducción al español neutro. Pero poco importaría, porque de todos modos lo entenderían y, de paso, los españoles enriquecerían su vocabulario. No hay que tenerles miedo a los gilipollas ni al voseo, aunque siempre hay que tener en cuenta el registro. Es preferible una buena traducción al madrileño o al porteño o al guatemalteco, con toda su carga de intencionalidad y connotación, a esos engendros supuestamente neutros que no son ni chicha ni limonada.
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