
“Naides es más que naides”, las lecciones que nos dejó el Mundial
Una perspectiva histórica y cultural sobre los debates que involucran la idiosincrasia de los argentinos

Juan Francisco “Pancho” Ibañez maduró en la adolescencia igual que Mario Vargas Llosa. Internados en institutos militares.
“Pancho” lo hizo en Río Santiago, en nuestro Liceo Naval Militar Almirante Brown como cadete de la décima promoción, entre jefes y oficiales más amables y caballeros que los del colegio limeño Leoncio Prado, retratados en La Ciudad y los Perros. “Pancho” condujo por años programas televisivos. No descolló entre las figuras cuya notoriedad ha sido tributaria del histrionismo ilimitado, pero ha manifestado virtudes esenciales que no sobran: sobriedad, reflexión, criterio. Un señor, a quien tengo por amigo.
“Pancho” acuñó una frase que es su marca registrada: “Todo tiene que ver con todo”. De tan simple que es olvidamos que está inspirada por la premisa de que la inteligencia equivale a la habilidad de asociar ideas.
¿Recuerdas, quién no, Yellow Submarine? ¿Quién no tarareó “We all live in a Yellow Submarine/ A Yellow Submarine, Yellow Submarine”, con las caras de Los Beatles que persisten en la memoria, aunadas a uno de sus inmensos triunfos musicales? Yellow Submarine fue también el nombre de la película estrenada en 1969 con dibujos animados que personificaban a los integrantes de la famosa banda musical conformada en Liverpool, a principios de los sesenta.
Desde entonces el filme dio varias veces la vuelta al mundo con sus metáforas sobre la alegría y amistad solidaria entre las gentes del universo onírico bajo el agua de Pepperland. Eso fue hasta que los Blues Meanis, un grupo de villanos, pretendieron acallarlos. Hacia el final de la película los malos son derrotados y uno de ellos pregunta con desasosiego adónde huir.
-A la Argentina -fue la respuesta. No a Bélgica o a Uzbekistán. A la Argentina. Los guionistas se abstuvieron de precisar que en el país gobernaba Juan Carlos Onganía, el general golpista que había ascendido al poder rodeado de capos del sindicalismo peronista e instauró un régimen que comenzó por despacharse una noche a bastonazos contra profesores y estudiantes que salían de cinco facultades de la UBA.
Los millones y millones de inmigrantes que advinieron a la Argentina desde la segunda parte del siglo XIX lo hicieron por razones diferentes a las que influyeron a venir a uno de los villanos de Yellow Submarine. Hemos cometido errores imperdonables, pero asombra la ignorancia de artistas famosos y productores cinematográficos y de televisión como Samuel L. Jackson. Imputó a la Argentina de ser “uno de los países más racistas del mundo, si no el más racista”.
Ha habido pasos en falso, como se verá, pero pocos países en el mundo han tenido, si es que hay alguno, la generosidad que rezuma del artículo 20 de la Constitución Nacional de 1853/60: “Los extranjeros gozan en el territorio de la Nación de todos los derechos civiles del ciudadano: pueden ejercer su industria, comercio y profesión; poseer bienes raíces, comprarlos y enajenarlos; navegar ríos y costas; ejercer libremente su culto; testar y casarse conforme a las leyes. No están obligados a admitir la ciudadanía, ni a pagar contribuciones forzosas extraordinarias…”. La República Argentina no ha hecho discriminaciones por razones de etnia, piel, religión, o por lo que fuere, y es un lugar de rara confraternidad en el mundo entre católicos, musulmanes y judíos.

Generaciones y generaciones de argentinos cumplieron con la palabra comprometida en la Constitución. Si en lugar de dictar un decreto harto discutible que prohíbe el ingreso a los extranjeros que “odien” al país, el Presidente hubiera hecho una puesta al día de la matriz de psicología social de los argentinos, habría hecho un mejor servicio a la nación.
Cualquier ladero puede ponerle a Milei a mano el texto de llamativa profundidad que Juan Carlos Torre publicó el año último en la revista Prisma, de la Universidad de Quilmes. Torre retoma la tesis de Oscar Terán, intelectual desaparecido en 2008, que destacaba el sentido de igualitarismo como un rasgo central de la Argentina en comparación con el resto de América latina.
Ninguno de esos pensadores se ha caracterizado por la inesperada sensibilidad nacionalista de la que habría procurado sacar provecho ahora el gobierno que ha logrado controlar al fin el déficit fiscal y la inflación. Han coincidido con hombres como Gino Germani, nombre y apellido desdeñables para la derecha y padre de la sociología moderna en la Argentina.
Germani, dice Torre en su trabajo, puntualizaba como dato central del país haber impulsado la movilidad social, en términos en que su mentalidad igualitaria se ha expresado, sin distinción de gobiernos, cualquiera que fuesen las diferencias en la población en cuanto a ingresos, educación y otras dimensiones de la estratificación social.
Ya lo había percibido el fundador de este diario, a quien Torre cita en su lectura de la Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina. Dice Mitre: “…solo las provincias del Río de la Plata estaban en un marco en el que por derecho todos los habitantes se consideraban iguales. Sin nobles ni mayorazgos, animados por el espíritu de igualdad nativa base de una democracia rudimentaria, turbulenta, en que la fuerza y la opinión tuvieron una eficacia mayor que en el resto de América”.
“Naides es más que naides”, Presidente, no era el aforismo dicho a las apuradas por un paisano sabio. Lo explica el actual presidente de la Academia Nacional de la Historia, Fernando Devoto, cuyas observaciones registra Torre en su texto comentado. Estaba tan presente en la campaña rioplatense que José Artigas lo invocaba y los fieles enterraron a su muerte en 1821 el cuerpo de “Pancho” Ramírez, el caudillo entrerriano, envuelto en la bandera con la consigna que todavía se repite en nuestros días de “Naides es más que naides” que ya mentaba a su manera Bartolomé Hidalgo, uno de nuestros primeros cultores de la poesía gaucha.
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¿Qué más, Mr. Jackson? ¿Se imagina usted que imperó aquí el garrote del Ku Klux Klan, que su gente ha debido conocer bien?
¿Eso del racismo lo habrá pensado, como buen productor de espectáculos, por el hecho de que acaso leyó en LA NACION del 23 de enero de 1880 -citada por Jorge Emilio Gallardo, en su libro De la Rebeldía a la Abolición- que empresas teatrales de la ciudad habían anunciado que impedirían el acceso a los bailes de Carnaval a personas de color? Lea en tal caso la noticia entera, que pinta debidamente a un país que abolió la esclavitud antes que el suyo: anoticiada de ese asunto, la Municipalidad de Buenos Aires dispuso instruir a la policía para que garantizara a cualquier ciudadano el acceso a los bailes de máscaras en marcha.
El pobre Jackson debiera saber que entre 1870 y 1880 hubo en Buenos Aires varios periódicos editados por muchachos de configuración afroamericana. El más popular se denominó “La Broma”. Lo era en verdad hasta un cierto punto. Los muchachos se quejaban de que las mulatas ligeras se enredaban rápido con jóvenes de la inmigración italiana, la más numerosa de las que llegarían a la Argentina.

Perdimos muchos negros, en relación con Uruguay, porque en las guerras de la Independencia, en los conflictos internos y en la encrucijada bélica del Paraguay, fueron asignados, tal vez por valientes, tal vez porque no tenían, como tantos gauchos, otra escapatoria, a las primeras líneas de combate. Otros cayeron por enfermedades y epidemias como la de 1871 de fiebre amarilla.
También terció en el asunto The Washington Post. Se extrañó porque no hubiera negros en el equipo argentino. En su alboroto, descuidó que compartíamos esa condición con otros siete países: Croacia, Corea del Sur, Uzbekistán, Jordania, Irán, Bosnia, y hasta Paraguay. El diario de Jeff Bezzos, dueño de Amazon, opinó sin tomar en cuenta que en el fondo todos somos mestizos, como proclamaba Carlos Fuentes.
“Hay que saber mirar”, dice el sociólogo Juan Carlos Torre, catedrático de la Universidad Di Tella: la negritud solo se pierde de a poco, por el transcurso de cinco o seis generaciones. Sus rasgos perduran. Ahí está el papa León XIV que acaba de hacer saber que desciende de esclavos y esclavistas.
La pigmentación de la piel de nuestros jugadores se ha ido oscureciendo con el tiempo, las migraciones internas masivas y la inmigración creciente de países vecinos han hecho su trabajo. Todavía en los años cuarenta y cincuenta era más frecuente que ahora ver en los campos de juego rubios, como Mario Boyé -el vigoroso wing de Boca-, y gente con piel color teta. Verificación que Florencio Escardó haría en 1945 en Geografía de Buenos Aires: “…la ciudad blanca de una América mestiza”.
Si The Washington Post estuviera obsesionado con la cuestión de la piel de nuestros jugadores podría avanzar por un camino nada explorado y decirnos si tenían más tatuajes o no por centímetro cuadrado del cuerpo al descubierto que el promedio de algunos de los equipos que enfrentaron.
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¿Racistas? Jackson debiera saber que en el censo de 2022 más de 300.000 personas se autopercibieron descendientes en algún grado de africanos, y si insiste podríamos contestarle que en nuestro historial hubo varios jugadores de color que se destacaron: Alejandro de los Santos, en Huracán y otros clubes, en los años veinte y treinta, y también jugador de la selección nacional, como lo fue Héctor “Chocolate” Baley, suplente de Ubaldo Filloy en el arco argentino, y José Ramos Delgado, descendiente de caboverdianos, integrante de las selecciones en los mundiales de Suecia, en 1958, y de Chile, en 1962.
Conocí la cordialidad de la gente de color en los servicios de intendencia de la Casa Rosada y el Congreso de la Nación hacia los años cincuenta, sesenta. Había por ellos el cariño que se trasunta en la milonga que Edmundo Rivero confesó a Roberto Selles, en el número de septiembre de 1987, de la revista Todo es Historia, que la había aprendido a cantar por habérsela enseñado la madre.
Era la Milonga en negro, en la versión que Rivero hizo con la orquesta de Aníbal Troilo. Habla sobre un casamiento consagrado con devoción en la casa de un negro, “entre muy galantes negros”: “…Después de esta negra fiesta/ los negros novios se fueron/ A un negro cuarto subieron/ negras sábanas tendieron/ Y a eso de la medianoche/ cosa de negros hicieron…/La negra durmió en la cama/ y el negro durmió en el suelo…” En la letra se han percibido reminiscencias de un poema del siglo XVI, Bodas de negros, que se fue transfigurando con el tiempo y se atribuye a Francisco de Quevedo, una de las glorias literarias de España.
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En las últimas semanas los argentinos se han visto en la situación de aguzar la capacidad de razonamiento y, sobre todo, de disponer de las energías emocionales de las que están generosamente dotados para contestar los ataques recibidos por doquier. Siempre con el fútbol como la referencia inmediata que desencadenó el escándalo internacional y despertó de su siesta a demasiados energúmenos.
Creo que no entenderíamos nada de lo ocurrido si acompañáramos al presidente Milei en la denuncia de que fuimos víctimas de una campaña que orquestaron los brasileños y los mexicanos; o los rusos, según otros. Prefiero ir más lejos a fin de trazar líneas del contexto histórico que permita explorar si ha habido bases preexistentes, indicios llamativos, en nuestra relación con el mundo que expliquen algo de lo inexplicable. Más allá de que pocos sucesos puedan producir locuras colectivas tan asombrosas como las del fútbol.
Un sábado de septiembre de 1963, exactamente a las seis de la tarde, me senté por primera vez en una casa de St. Paul, Minnesota, a la mesa de la familia Biguelow, de orígenes tan noruegos como los del vikingo Erling Haaland, quien en rigor nació en Leeds, Inglaterra. Los Biguelow constituían la familia anfitriona, de inolvidable hospitalidad, que me habían asignado como estudiante extranjero, según viejas tradiciones en los Estados Unidos. Estarían compasivamente a mi disposición los fines de semana.
La comida se servía todos los días en la casa de los Biguelow a las seis de la tarde, ni un minuto antes ni otro después. Al cabo de las consabidas palabras de presentación, la señora Biguelow hizo dos preguntas. La primera me desconcertó; la segunda, no.
-Cuénteme, ¿a qué hora comen en su casa?
-Entre las nueve y las nueve y media de la noche, Ms. Biguelow.
-Y entre las seis y las nueve, ¿qué hacen sus padres? -inquirió Ms. Biguelow. “Bueno, el día sigue su curso”, creo que contesté vagamente, sorprendido por la pregunta que nunca me habían hecho.
El segundo interrogante ya lo había escuchado de un profesor de Macalester College: “¿Todavía tienen muchos nazis en la Argentina?”.
Habían pasado veintidós años desde que los Estados Unidos habían declarado formalmente la guerra a Japón a raíz del ataque del 7 de diciembre de 1941 a su base de Pearl Harbor, en Hawaii, que destruyó una parte considerable de la flota en el Pacífico. Hubo importantes bajas norteamericanas.
A lo largo de 1940 el abastecimiento de armamentos y suministros norteamericanos de toda naturaleza al Reino Unido, que sostenía casi en soledad la lucha contra la Alemania de Hitler, había sido el preanuncio de que tarde o temprano el presidente Franklin Roosevelt dispondría entrar en guerra contra las potencias del Eje. A horas de la Conferencia Interamericana de Río de Janeiro que consumió en enero de 1942 medio mes de deliberaciones, el subsecretario de Estado norteamericano, Sumner Welles, hizo un llamamiento dramático a los países de la región: “La ruptura de relaciones con nuestros enemigos es una cuestión de vida o muerte para Estados Unidos y toda América”.
Desde la perspectiva de Washington optamos por la muerte. Todos los países de la región quedaron alineados con el reclamo de Sumner, salvo Chile, gobernada por el presidente radical Pedro Aguirre Cerda, y la Argentina del presidente conservador Ramón S. Castillo.
Chile se sumó al resto de América en 1943, cuando era presidente otro radical, Juan Antonio Ríos; la Argentina, en 1944. El último paso de la Argentina lo dio también el gobierno surgido de la revolución de 1943, al declarar la guerra a Alemania en febrero de 1945, tres meses antes de concluir las hostilidades. La duda perdurable sobre la neutralidad ha sido si nos pasamos de listos o de necios, mientras los brasileños, combatiendo junto con los aliados, dejaban 2500 soldados muertos en la batalla de Montecasino, en Italia. Así recibieron su recompensa en los años de la posguerra.
¿Nada nos dicen los nombres de Adolf Eichmann, uno de los principales responsables en la deportación de judíos durante el Holocausto, que llegó a la Argentina en 1950, bajo el nombre de Ricardo Klement?
¿O el de Josef Mengele, conocido primero aquí como Helmut Gregor, médico de la SS en Auschwitz, que realizaba experiencias científicas a costa del cuerpo de los prisioneros? ¿O los de Walter Kutschmann, oficial de la Gestapo, o el de Eduard Roschman, “el Carnicero de Riga”? ¿O el de Erich Priebke, vinculado con la masacre de las Fosas Ardeatinas, en Roma? Aquí se sintieron seguros, hasta que dejaron de estarlo.
Otro que se refugió en la Argentina fue Ante Pavelic, jefe de la Ustasha croata, movimiento de ultraderecha. La vía de escape a la Argentina habían sido Austria e Italia, en general, y con cierta participación eclesiástica, por no decir vaticana.
El secuestro por los israelíes de Eichmann, en las proximidades de Buenos Aires, en 1960, hizo que alguno de estos personajes pusiera pies en polvorosa, pero el juicio de aquel en Jerusalén, en 1961, que terminó en su ejecución, fue de una relevancia cubierta con minuciosidad por medios de comunicación de todo el mundo. Otra vez las miradas volvieron a dirigirse hacia la Argentina.

Alrededor de estos affaires se gestaron libros de historia documentada y de ficción novelesca de vasta circulación. A pesar de la documentación fehaciente de que Hitler y la amante, Eva Braun, se suicidaron en Berlín el 30 de abril de 1945, con la vanguardia de tropas rusas a solo centenares de metros del bunker en que se refugiaban, se han escrito numerosos títulos. Incluso, obras o series de televisión que han hecho perdurar la vida fabulosa del gran canalla en Bariloche o en Córdoba.
Marcelo Stiletano, una de las biblias sobresalientes en cine de LA NACION, señala que ya en 1945 Dick Powell, caracterizado como un aviador canadiense empeñado en la búsqueda del colaboracionista nazi que había asesinado a su esposa en la Francia ocupada, actúa en un thriller que se llama Acorralado: la mayor parte de la trama sucede en Buenos Aires, pero la filmación fue hecha en Hollywood.
Marcelo también recuerda de esa época Gilda (1946), el clásico en que Rita Hayworth es la mujer fatal que se enamora de un tipo fullero, varado en Buenos Aires. El papel es interpretado por Glenn Ford (el de la célebre bofetada a Rita), a quien da refugio el dueño de un casino, hombre de notorias simpatías germanófilas. Por más que sea bastante absurda para cualquier argentino, la película de alguna forma nos gratifica con la escena de una multitud que aparece celebrando la caída del nazismo, mientras entonan nada menos que la Marcha de San Lorenzo.
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El fuego adverso a raíz del Mundial de Fútbol ha provenido de diversos flancos del orbe. La amplitud del abanico de furibundas críticas llegó a neutralizar las voces de los millones de buenas gentes de Bangladesh, la India y otras partes que se solidarizaban en las calles con la selección argentina.
Lo hacían con el espíritu agradecido de quienes solo pretendían participar de un sueño. Un sueño nuestro compartido en el Lejano Oriente por misterios insondables de la condición humana. Por hidalguía deberíamos retener esa revelación entre los recuerdos felices de estos días.
Ha sido de tal grado la repercusión negativa en el exterior hacia nosotros que me sentiría seriamente preocupado por la suerte del país si esto concerniera a una guerra de verdad, y no a la sublimación, con carga pareja de perfidia y candor, de los conflictos bélicos. A ello tiende el eco descontrolado de los deportes en las versiones más extremas y, hasta en un punto, sencillamente disparatadas.
No han alcanzado los bagajes de la experiencia y la imaginación para prevenir aquel tipo de repercusión. Tampoco ayudaron los Paredes, los Ayala, y demás, en los excesos de New Jersey. Hemos naufragado en el desconcierto, el estupor y la bronca aun cuando deberíamos haber tenido en cuenta que ningún deporte individual o colectivo ha alcanzado en la contemporaneidad a rozar siquiera los niveles estratosféricos de unción, pasiones y delirio que se propagan con el fútbol.
Desentendiéndose de la concomitancia en que tropezaba, nuestra sociedad se mimetizó por semanas con los trazos que ha juzgado más vulnerables del presidente Milei, los del desborde temperamental. Qué fortuna paradójica, sin embargo, la del impulso telúrico, inolvidable, que fundió al país en un abrazo único y fraterno, de norte a sur, de este a oeste, en espacios públicos, en la intimidad familiar, o en rueda de amigos y de compañeros de trabajo, de universidades y escuelas.
Fue en la inmensidad territorial argentina un fenómeno que amenguó, día tras día, en medio de la angustia por el gol que no llegaba o el alborozo por el disparo certero de uno de los nuestros, la latencia de eternos desencuentros entre nosotros. Que nos unió en el éxtasis, con sesgos de cierto tono melancólico, ante los destellos de un crack excepcional, entre los mejores que hayan pisado nunca una cancha de fútbol, que hacía ocho goles bajo la niebla crepuscular de que vayan apagándose las luces de su larga y memorable carrera.
Comunión inigualable, entre géneros y edades; entre porteños y provincianos, en el elogio fervoroso de una sociedad al director técnico que se ha llevado las palmas de oro. Las ha merecido con creces por templanza, prudencia y humildad en el clímax de la sucesiva renovación de expectativas triunfales y, por igual, en las horas más difíciles de asimilar la derrota categórica frente al último escollo, después de haber superado tantos otros: el de la selección de España.
Bravo, Lionel Scaloni. Acepta estas palmas. Testimonian el tributo de una sociedad acusada de encarnar otros valores, como los del narcisismo que desde antiguo ha caricaturizado al argentino medio -acaso al porteño, para ser más estrictos-, haciéndolo subir a lo alto del propio ego y tirarse al vacío. Desde allí, no podía sino matarse, de acuerdo con la lógica de esta mordacidad conjetural. O por la condición de pendencieros que impidió desde 2013 a las hinchadas visitantes disfrutar de la divisa de sus amores, con algunas excepciones que han comenzado a ensayarse desde el año último.
En 1929, José Ortega y Gasset se atrevió a penetrar con sus especulaciones sobre el narcisismo argentino en el recinto inviolable de las alcobas. “Siento -dijo el agudo filósofo español- no conocer bien la zona secreta de las relaciones eróticas en la Argentina. ¿Es el argentino buen amador? ¿Tiene vocación de amor? ¿Sabe enajenarse? O, por el contrario, ¿más que amar él, se complace en verse amado, buscando así en el suceso erótico una ocasión más para entusiasmarse consigo mismo?
(Mañana se publicará la última parte: La furia arrasa con los matices)





