
Napoleón a caballo
Julio César Moreno Para LA NACION
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La muerte del historiador y politólogo norteamericano Samuel Huntington ha reavivado -a la luz de los acontecimientos actuales- la polémica sobre su celebre teoría del "choque de civilizaciones", esbozada en un artículo publicado por la revista Foreing Affairs, en 1993, y luego convertida en libro de cabecera de los cientistas políticos del mundo entero. En síntesis, la teoría sostenía que después de la caída del muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría entre dos superpotencias (EE. UU. y la Unión Soviética), que reflejaba, a su vez, la contraposición entre dos sistemas económicos, políticos e ideológicos (capitalismo y comunismo), el eje de la conflictividad internacional iba a pasar por el enfrentamiento de civilizaciones, algunas con un fuerte componente religioso.
Los ataques terroristas de setiembre de 2001 parecieron darle la razón a Huntington, no obstante lo cual éste nunca llegó al extremo de plantear que "la contradicción fundamental del futuro" iba a ser entre Occidente y el islam, como lo sugirieron algunos de sus seguidores.
Otro célebre politólogo de la época, Francis Fukuyama, escribió un igualmente famoso panfleto filosófico-político sobre "el fin de la historia", en el que aventuraba una hipótesis muy distinta a la Huntington: que, después del derrumbe del comunismo, el mundo se encaminaba hacia un predominio absoluto de la democracia liberal y la economía de mercado, bajo la guía de una nueva Grecia o una nueva Roma: los Estados Unidos de Norteamérica.
Fukuyama citaba a Hegel, que también tuvo una idea del fin de la historia, cuando el 13 de octubre de 1806, al día siguiente de la entrada de Napoleón en Jena, escribió: "He visto hoy al emperador, esa alma del mundo, atravesando a caballo las calles de la ciudad? Es un sentimiento prodigioso contemplar a un individuo que, concentrado sobre un punto, sentado sobre un caballo, abarca al mundo y lo domina? Todo el mundo, como yo mismo, espera el éxito del ejército francés". Así veía el "fin de la historia" el joven Hegel, quien en su madurez tuvo una visión más escéptica sobre el porvenir.
Hoy nadie cree en el fin de la historia, ni siquiera el propio Fukuyama, que ha proclamado, no el fin de la historia sino el fin de treinta años de reinado de los "neocon" (neoconservadores) luego del fracaso de la revolución reaganiana en Estados Unidos y tachteriana en Europa, y, sobre todo, del fracaso de George W. Busch. Hegel vio en la batalla de Jena una definición de la historia a favor de la Revolución Francesa, encarnada en la figura de Napoleón, "concentrado sobre un punto, sentado sobre un caballo". Hoy, en las calles de Gaza, en Medio Oriente, en el mundo entero, no se ve una definición de la historia sino una batalla encarnizada, una nueva guerra de Troya que puede durar años y años y consumir a varias generaciones.
Pero tampoco se ve un "choque de civilizaciones" como llave de la historia, sin desconocer la importancia de las diferencias entre culturas, razas, lenguas y religiones. Viendo las cosas desde otra perspectiva, la gente es la misma en todas partes: quiere ante todo paz, pan, techo y trabajo. No quiere bombas ni misiles sobre escuelas y hospitales, y si algo reivindica del legado de la Revolución Francesa son los principios más elementales de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano: un poco de libertad, un poco de democracia, un poco de república.





