
"Navegar por Internet es como andar desnudo por la calle"
Para el filósofo de la educación, la Red abre al usuario un mundo ilimitado que amenaza gravemente toda privacidad
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"Con Internet nosotros sentimos que tenemos acceso a un mundo ilimitado, y es cierto. Pero nos olvidamos de que ese mundo ahora también tiene acceso a nosotros, y amenaza nuestra privacidad de modos que ni siquiera imaginamos."
La afirmación de Nicholas Burbules, norteamericano, filósofo de la educación egresado de la Universidad de Stanford y especialista de la Universidad de Illinois en el impacto social de las nuevas tecnologías, alimenta la difundida sospecha de que la Red que usamos con fascinación puede ser también una trampa en la que quedemos atrapados.
De paso por Buenos Aires, invitado por la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés para dictar un seminario intensivo sobre Internet y educación, advirtió acerca del aumento de la vigilancia en el medio tecnológico y de su expansión hasta abarcar cada vez más el espacio privado de las personas.
A modo de ejemplo, el especialista señaló que, en el contexto de Internet, cada e-mail que se manda, cada página web que se visita, e incluso los contenidos en el propio disco rígido de la computadora personal pueden ser rastreados, observados, vigilados, tanto por gobiernos como por empleadores, o por individuos.
"Desde ya, la información que se recolecta sobre nosotros puede ser compartida y multiplicarse hasta el infinito en bases de datos que después nos vuelven en forma de mailings comerciales, de cadenas que solicitan dinero, de mensajes pornográficos y de una infinita posibilidad de comunicaciones no solicitadas a las que se conoce como j unk-mails o mensajes basura, que se meten en nuestras vidas sin permiso, nos distraen y, en muchos casos, amenazan directamente nuestra privacidad", dice Burbules.
También es cierto que esa misma tecnología es la que hoy permite vigilar e intervenir los discos rígidos para evitar, por ejemplo, el libre acceso de los niños a material obsceno o al acoso de mensajes peligrosos, depravados o racistas, con el único propósito de molestar a las personas.
"Sin embargo, muchas otras aplicaciones de la vigilancia no tienden precisamente a proteger a los menores, ni a nadie", afirma el especialista.
-¿Por qué?
-Porque los sitios web comerciales, que son los preferidos de los niños y los jóvenes, están entre los que más se entrometen en la vida de los usuarios, al recopilar información acerca de ellos. La mayor parte de ese acopio de datos ocurre automática y disimuladamente; otras veces, la información es solicitada, pero no se deja en claro a qué se aplicará y, por ende, no se puede saber si los niños están proporcionando esa información en forma consciente y con pleno conocimiento de las consecuencias. No es casual que estos sitios estén repletos de publicidades, promociones y otros atractivos señuelos.
-¿Los padres entienden esta realidad?
-A mí me parece bastante irónico que los padres, maestros y otras autoridades que son inflexibles con respecto a la amenaza que recae sobre los niños de ser explotados por degenerados o por proveedores de pornografía -preocupaciones comprensibles, sin lugar a dudas- no reparen o les sean indiferentes las consecuencias que tienen otras maneras de aprovecharse de ellos, relacionadas con la promoción y el marketing de productos. De hecho, existen más probabilidades de que el niño promedio sea manipulado o utilizado por un comerciante que por un degenerado.
-Los adultos tampoco quedan al margen, ¿no?
-Tampoco y lo demuestra el hecho de que proliferan las bases de datos con información recolectada cada vez que compran algo por Internet o dejan el número de la tarjeta de crédito. Cuando una persona entra en una página web hay cookies (archivos que se depositan en forma automática en la PC de los visitantes y coleccionan datos acerca de sus movimientos), pero la mayoría de la gente no sabe que esto pasa.
-¿No lo sabe?
-Bueno, es normal que los usuarios adopten la tecnología con una cierta ingenuidad. Por otra parte, entender todos estos mecanismos lleva tiempo y dedicación, que es lo que la gente muchas veces no está dispuesta a dar. Además, creo que a muchas personas parece no importarles la privacidad, entonces dan montañas de información sobre sí mismas con la presunción de que puede ser beneficioso, y una vez que lo hicieron es muy tarde para recuperarla porque esa información ya es pública. Por eso, de alguna manera, la gente tiene que entender que navegar por Internet es como andar desnudo por la calle. Si uno se saca la ropa en la vía pública, no puede decirle a la gente: "¡No me mires, no me mires!", uno toma una decisión y tiene que atenerse a las consecuencias.
-¿Cuáles son esas consecuencias?
-Esa información circula automáticamente con o sin su conocimiento y a partir de una generalizada ignorancia respecto de estos mecanismos, muy bien explotados, por ejemplo, por las empresas de marketing , que ofrecen así una valiosa información a sus clientes sobre el perfil, preferencias, gustos, de los consumidores.
-¿Por eso después recibe ofertas, promociones y propuestas de todo tipo que, "casualmente", tienen que ver con sus propios gustos y hábitos de compra?
-Así es. Cuando uno visita un sitio web , su dirección queda automáticamente registrada en ese servidor, o a través de los cookies , que captan nuestros movimientos más frecuentes en la Red, nuestras preferencias. Y esto no es nada respecto de lo que veremos, a partir de nuevos y sofisticados programas que permiten vigilar el correo electrónico de las personas e incluso colocar en él imágenes que son invisibles para el que lo recibe, pero que luego permiten a quienes las utilizan rastrear el éxito de una campaña publicitaria o de marketing por e-mail .
-¿No hay nada que podamos hacer?
-Bueno, sí. Creo que lo primero que tenemos que hacer es crear filtros, programando la computadora para que rechace automáticamente ciertas direcciones que llegan con mensajes sucios o indeseables. También la podemos programar para que no se activen los cookies , con lo cual los sitios a los que ingresamos no podrán "chupar" información de nuestra máquina. Es fácil, pero la mayoría de la gente no lo sabe, entonces hay que aprender a hacerlo o pedirle directamente a nuestro servidor que bloquee ciertas direcciones para que no bajen a nuestra computadora.
-¿No tendría que ser al revés, es decir, que los mensajes desconocidos no entraran, salvo que el usuario los aceptara?
-Efectivamente, yo creo que se trata de un abuso del sistema, que puede llevar al extremo de que los beneficios del e-mail terminen siendo menores que sus perjuicios. Hoy, si uno no dice explícitamente que no los quiere recibir o que no quiere ser incluido en bases de datos, se presume que la gente sí quiere. Tendría que ser al revés.
-Pero en el caso de los mensajes con promociones o propagandas, aun cuando se indique que no se los quiere volver a recibir, lo mismo siguen llegando...
-Es cierto. Y para esos casos tiene que haber respuestas legales, porque se están violando normas explícitas. Así como hay otras áreas donde sólo la ley no alcanza y tiene que haber una presión social, un rechazo generalizado, un boicot a una marca o producto.
No son soluciones fáciles de implementar ni de respuestas inmediatas, pero hay que ir encontrando formas creativas de enfrentar la paradoja de dos tensiones en conflicto.
-¿Cuáles?
-Por un lado, nos encanta la posibilidad de contactar a cualquiera, en cualquier momento, vía e-mail, pero también cualquiera, en cualquier momento, nos puede contactar a nosotros, nos interese o no. Uno podría evitar recurrir a tales tecnologías a fin de impedir que se le restrinja su libertad personal; pero corre el riesgo de perder los otros tipos de libertades y oportunidades que esas nuevas tecnologías ponen a su disposición.
-¿Entonces?
-Lo único seguro, por el momento, es que no podemos asumir que nuestra privacidad está asegurada. Tenemos que trabajar cada día para protegerla.
¿Queremos más intimidad?
El tema de la invasión a la privacidad que traen de la mano las nuevas tecnologías se ha tratado en películas de reciente difusión, como "La Red" o "Enemigo público", y hay una conciencia cada vez más clara de la enorme intervención que tiene la tecnología digital en lo que tradicionalmente se ha supuesto que es el ámbito privado. Sin embargo, el usuario común no suele tener conciencia de la cantidad de información que queda registrada al instante cada vez que utiliza una tarjeta de crédito, navega por Internet, va a un hospital, un supermercado, un banco o una farmacia, declara sus impuestos o alquila un video.
"Se trata de información a la que pueden tener igual acceso personas autorizadas o no y por la cual la vida privada y las actividades de una persona, incluso sus características físicas, pueden ser registradas y observadas por otros", dice Burbules.
"Por otra parte, cámaras tan cercanas como la lente de un cajero automático y tan lejanas como las de los satélites registran de manera casi continua -y disimulada- las actividades individuales y colectivas de la gente dondequiera que esté y no importa lo que esté haciendo una vez que deja su casa, territorio que también ha dejado de ser tan privado como antes", advierte.
Burbules sostiene que, a medida que estos diferentes sistemas de vigilancia y archivo se vuelven cada vez más numerosos, difundidos y entrelazados, el concepto mismo de un ámbito íntimo confidencial corre el riesgo de desaparecer.
Ahora bien, ¿quieren realmente las personas tener privacidad? Personalmente, él sospecha que no.
"La mayoría aduce la protección como motivo para estar rodeadas de cámaras de video durante el tiempo que están fuera de sus casas. En varias escuelas y guarderías, los padres insisten en que se instalen dichas cámaras -a las cuales pueden acceder a través de la Web - para tener vigilados a sus hijos durante todo el día. Los consumidores solicitan a las compañías que guarden el número de su tarjeta de crédito, así no lo tienen que volver a ingresar cada vez que realizan una compra, especialmente en el comercio electrónico", ejemplifica.
La primera consecuencia es que las personas aceptan como algo natural el ser observadas y justifican la vigilancia on line con la excusa de sentirse protegidas, prevenir actividades ilegales o evitar inconductas profesionales.
"Pero una vez que se implementan pueden usarse como mecanismos de observación de todas las actividades. Es decir, empezamos con buenas intenciones, pero los mecanismos van erosionando la noción de privacidad hasta el punto de hacerla desaparecer."
A su entender, éste no es, necesariamente, un camino sin retorno.
"No creo que no haya modo de volver. Hay formas de protegerse en estos contextos. Lo primero importante es conocer acerca de esto, que la gente se informe, que el tema no sea invisible."
En Estados Unidos hay muchos sitios en Internet para educar a la gente en cuestiones de la privacidad y hay un gran movimiento político y social que muchas veces opera a través de websites para darle información a la gente y para organizarla en apoyo de leyes que traten de preservarla.
"Pero -dice Burbules- hay algunos espacios de intimidad que se perdieron y que, lamentablemente, ya no volverán."
Perfil
- Nicholas Constantine Burbules tiene 46 años, está casado y es padre de dos hijos. Vive en Illinois, Estados Unidos.
- Es PhD en Filosofía de la Educación, por la Universidad de Stanford. Actualmente es profesor con dedicación exclusiva en el Departamento de Estudios sobre Política Educacional de la Universidad de Illinois.
- Ha escrito numerosos textos y artículos acerca de las nuevas tecnologías de la información y de la educación, y el libro Dialogue in teaching: theory and practice , no traducido al castellano.
- También es autor de Riesgos y promesas de las nuevas tecnologías de la información , coeditado por Editorial Granica y la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés, de próxima aparición.





