No contaminemos el futuro

Por Alieto Aldo Guadagni Para LA NACION
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6 de diciembre de 2006  

A principio de la era cristiana, la población mundial llegaba a 250 millones; a lo largo de los 1800 años posteriores asciende apenas hasta 1000 millones, mientras que en los siguientes 145 años trepa a 2300 millones. Pero en los 60 años que van entre 1945 y 2005 aumenta hasta 6500 millones de habitantes, es decir, un incremento de nada menos que 4200 millones. Hacia mediados del siglo XXI seremos más de 9000 millones de personas habitando nuestra tierra. El desarrollo de las fuerzas productivas ha sido extraordinario en el siglo XX, con un progreso tecnológico que enterró a la profecía malthusiana, que nos condenaba a no poder mejorar nuestro nivel de vida. El crecimiento económico de la centuria pasada supera a todo el crecimiento acumulado anteriormente: el PBI mundial se multiplica nada menos que 20 veces, mientras que en los 400 años previos apenas había crecido 7 veces.

Pero enfrentamos ahora un desafío planetario, ya que las condiciones ambientales se han deteriorado por el crecimiento de la población y del PBI y seguirán empeorando si continúan las tendencias actuales. El cambio climático es un problema global, porque los gases con efecto invernadero se mezclan en la atmósfera, no importa dónde se emitan. Antes de la Revolución Industrial (1750-1850) el nivel de gases invernadero era de 280 partes por millón; en la actualidad, se ubica en 430 y trepa más de 2 partes por millón cada año. Esto explica por qué la Tierra ya ha experimentado un calentamiento de 0,7 ºC en los últimos cien años y se prevé un calentamiento adicional en los próximos años. Los resultados serán precipitaciones más variables y una mayor incidencia de fenómenos meteorológicos extremos. Ello, junto a la elevación del nivel del mar, afectará negativamente la agricultura, los recursos hídricos, los asentamientos humanos, la salud humana y los ecosistemas.

La buena noticia es que aún es posible evitar los peores efectos previsibles para el cambio climático si se actúa ahora, con decisión de escala internacional. Los costos adicionales para actuar ahora y no mañana son inferiores a los beneficios adicionales generados por las acciones inmediatas. Según el informe publicado por el gobierno del Reino Unido en octubre ( Stern Review: The economics of climate change ), los costos totales por el cambio climático equivalen a perder el 5% del PBI mundial, ahora y por siempre. Pero existe el riesgo de que este costo trepe nada menos que hasta el 20% de PBI mundial. Evitar estos costos potenciales constituye el beneficio económico del esfuerzo que hagamos ahora. La valorización de los costos adicionales por actuar ahora para reducir las emisiones de gases con efecto invernadero se estiman en el 1% del PBI mundial cada año. Como se ve, los beneficios quintuplican a los costos.

Las inversiones ambientales que se hagan en las próximas dos décadas tendrán profundos efectos sobre el clima en la segunda mitad de este siglo y en el próximo. No actuar ya implicaría -según el informe Stern- "costos equivalentes a las Guerras Mundiales y a la Gran Depresión de la década del 30". Si no se actúa ya, la contaminación de gases en la atmósfera se duplicará con respecto al nivel anterior a la Revolución Industrial y causará un significativo aumento en la temperatura.

Las emisiones contaminantes pueden ser reducidas mediante la difusión de nuevas tecnologías energéticas y en transporte, más una modificación en la demanda de bienes y servicios. El sector eléctrico debería reducir sus emisiones contaminantes por la utilización de combustibles fósiles en por lo menos un 60%. Nuevas opciones de transporte colectivo serían necesarias para abatir la contaminación automovilística. Las energías renovables y limpias tendrán que desempeñar un papel central para abatir la contaminación atmosférica. También deberán reducirse las emisiones de los sectores no energéticos, como la agricultura, la disposición final de residuos y los procesos industriales. Deberá alentarse la forestación y evitar la deforestación, para lo cual habrá que reconocer bonos "verdes" a quienes preserven el bosque. Si el objetivo es estabilizar las emisiones, estos bonos deberían valorizarse en alrededor de 30 dólares por tonelada de CO2. Este valor monetario impulsaría a grandes inversiones en los países en vías de desarrollo aptas para abatir las emisiones.

Históricamente, la acumulación de gases ahora existentes en nuestra atmósfera fue provocada por los grandes países desarrollados desde los inicios de la Revolución Industrial. Europa y América del Norte representan apenas el 12% de la población mundial, pero son responsables de nada menos que del 70% de los gases acumulados. Por estas razones, es meritoria la propuesta de Jagdish Bhagwati de crear un fondo internacional, financiado por impuestos a las emisiones contaminantes en los países industrializados, destinados a ayudar a los países en vías de desarrollo a aplicar tecnologías limpias. Este sería un paso positivo hacia una globalización más equitativa y menos contaminante.

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