
No descuidar los Balcanes
Treinta años después de los Acuerdos de Dayton, que concluyeron la extensa y cruenta guerra de Bosnia, se plantea a la comunidad internacional la urgencia de atender una cuestión que amenaza con escalar y desestabilizar a Europa de un modo aún más complejo y extendido que Ucrania.
Desde la antigüedad, debido a su emplazamiento estratégico entre Europa septentrional, el Mediterráneo y Oriente, los Balcanes han sido escenario de innumerables conflictos entre varias potencias, alcanzando histórico protagonismo con las denominadas “guerras balcánicas” que provocaron la Primera Guerra Mundial y consagraron el concepto de “balcanización” para definir a uno de los sitios más inestables y combustibles del planeta.
Paradigma de esa explosividad fueron los conflictos derivados de la implosión de la Yugoslavia del mariscal Tito, ambicioso proyecto de integración entre croatas católicos, serbios ortodoxos y bosnios musulmanes que no sobrevivió. Uno de los más prolongados y feroces fue la Guerra de Bosnia, que se extendió entre 1992 y 1995, dejó un saldo de 100.000 muertos y cesó por los Acuerdos de Dayton, que crearon el Estado de Bosnia y Herzegovina, compuesto por dos entidades, la Federación de Bosnia y la República Srpska, y una intrincada constitución, aunque también un país extraordinario por su cultura, su naturaleza y su gente.
Cuando, hace pocos años, viajaba regularmente de Budapest a Sarajevo como embajador argentino concurrente, aún eran visibles desde las serpenteantes rutas las cicatrices infligidas por esa guerra brutal: aldeas abandonadas, ennegrecidas y devastadas por los bombardeos, y sucesivos cementerios cubiertos de relucientes e idénticas lápidas, elocuentes testimonios de recientes masacres.
En cambio, Sarajevo introducía en los contrastes que definen a este fascinante país. Por un lado, alojarse a metros de donde el asesinato del archiduque Francisco Fernando desató la Primera Guerra Mundial producía vértigo histórico, y visitar la imponente biblioteca municipal arrasada con un fin de aniquilamiento cultural provocaba desazón espiritual. Mi amiga del Parlamento, rubia y de ojos claros, pero musulmana y sin hiyab, contaba que su abuela había dejado de usarlo el mismo día que Tito lo ordenó, pero ahora las jóvenes lo retoman alentadas desde el exterior. Recorría los escenarios de la conmovedora “Miss Sarajevo” que popularizaron Bono y Pavarotti, contemplaba las colinas que rodean la ciudad desde donde francotiradores ofrecían “safaris humanos” para que europeos ricos se divirtieran asesinando a los civiles sitiados, o me reunía con mi amigo Valentin Inzko, entonces alto representante europeo dotado de poderes absolutos, que me recogía en el hotel y cenábamos rodeados de varios intimidantes guardaespaldas.
Por otro lado, apreciaba el mágico encanto de una Sarajevo multicultural, con sus antiguas mezquitas y su bazar, conversaba con un teólogo comprometido en el diálogo interreligioso, admiraba el devoto peregrinaje mundial y de argentinos al santuario de Medjugorje, y me reencontraba con académicas cultoras de Borges, entusiastas bailarines de tango, un entrenador de fútbol, un exitoso empresario y exgendarmes argentinos que tras sus misiones allí formaron familias, y cantidades de políticos, diplomáticos, religiosos, empresarios y artistas locales de notable calidad profesional y humana.
Hoy, cuando algún político local desafía irresponsablemente la autoridad del alto representante arriesgando la frágil estabilidad, en un tiempo que redescubre la geopolítica, la comunidad internacional y en particular las Naciones Unidas, no deberían desentenderse de este foco de conflictos contagioso e inflamable al que bastaría una chispa para hacerlo estallar y alterar gravemente la paz y la seguridad mundial. Contra ello es imperioso recurrir al poder de la diplomacia y no abandonar a su suerte a esas fuerzas pacíficas, sensatas y productivas que constituyen la mayoría del país, para que no queden a merced de algún extremista alentado por fuerzas extrañas que acechan exacerbando el latente dolor que inoculó allí la historia reciente.
Exembajador argentino ante Bosnia y Herzegovina, diplomático de carrera y doctor en Ciencias Políticas







