No existe fuerza más convincente que el dolor de las víctimas

Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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6 de septiembre de 2019  • 00:56

Los lujosos salones de la OEA en Washington fueron reemplazados por la humildad de la pequeña Isla de Granada. Para poder organizar la reunión anual de cancilleres, Granada pidió ayuda a Estados Unidos para que enviara 750 sillas, de lo contrario los delegados iban a estar parados durante largas horas de negociaciones. El canciller de la dictadura, Oscar Montes, y el presidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), el venezolano Andrés Aguilar, pudieron sentarse para dialogar. Era junio de 1977, y en los pasillos de la CIDH había miles de denuncias contra la Argentina, Chile y Uruguay. Montes sabía al detalle el contenido de esas denuncias. Antes de ser canciller, había sido jefe de Operaciones del Estado Mayor de la Armada desde el 24 de marzo de 1976.

La CIDH era consciente de que el intercambio de cartas no conduciría a nada y era necesario hacer algo más. Una visita al país para investigar denuncias era la única alternativa; a pesar de que las pocas visitas previas a otros países no habían tenido mucho impacto. Pero para ello era necesario lograr la anuencia de la dictadura. Finalmente la aceptación de la visita se logró el 4 de septiembre de 1978, en una reunión en Roma entre el vicepresidente de Estados Unidos Walter Mondale y Videla.

Durante la visita, la Comisión les puso cara y voz a miles de denuncias. Solo en la Capilla del Penal de Olmos, Tom Farer escuchó cientos de declaraciones sobre desapariciones, torturas y detenciones arbitrarias. A pedido del familiar de un desaparecido fue al cementerio de La Plata, donde un sepulturero le mencionó que él solo enterraba de día, y que a los NN los enterraban de noche los militares. Las entrevistas con víctimas se repitieron en todo el país. Además de Olmos, la Comisión visitó las cárceles de Devoto, Caseros, Resistencia, Rawson, Magdalena, Córdoba, la ESMA y la Comisaría 9 de Buenos Aires.

El informe publicado en 1980 se centró en las declaraciones de las víctimas. Las declaraciones, más la investigación de la CIDH, arrojaban una conclusión incuestionable: el aparato estatal argentino era una máquina aceitada para asesinar, torturar y desaparecer. La sutileza de los eufemismos diplomáticos era avasallada por la voz de las víctimas. La visita también tuvo un gran impacto sobre todo el sistema interamericano. La independencia de la CIDH para visitar la Argentina y entrevistar a las víctimas de violaciones a los derechos humanos fue significativa para fortalecer al todavía incipiente mecanismo regional. En una OEA, donde el poder residía exclusivamente en los Estados, la voz de las víctimas a través de la CIDH fue más potente que la voz de las once dictaduras sentadas en el organismo regional.

Me ha tocado entrevistar a víctimas en todas las regiones del mundo. No existe fuerza más convincente que el dolor y el reclamo de justicia de las víctimas. Lamentablemente, a lo largo de las décadas, los gobiernos de la región han intentado silenciar esas voces, proponiendo reformas a la CIDH que solo buscan beneficiar a los Estados. Lo hizo la dictadura argentina para silenciar el informe de la CIDH; lo hizo Fujimori en Perú; Chávez y Maduro en Venezuela; Ortega en Nicaragua, y varios gobiernos de la región que protegen y protegieron el accionar de grupos paramilitares.

El éxito o fracaso de los gobiernos para silenciar a la CIDH depende de acuerdos políticos espurios que ignoran la voz de las víctimas. Las violaciones a los derechos humanos ocurren tanto en dictaduras como en democracias; e indistintamente bajo gobiernos que dicen ser de izquierda o de derecha. A 40 años de la visita de la CIDH, es necesario recordar la importancia de posicionar a las víctimas como centro principal de toda política de derechos humanos. Si los comisionados de 1979 hubiesen escuchado las voces de las dictaduras de la región por sobre las voces de las víctimas, la visita hubiese pasado a formar parte de los anales de oprobios interamericanos. Cuando los líderes toman decisiones sobre derechos humanos con un filtro ideológico, las víctimas somos todos.

Secretario de Derechos Humanos de la provincia de Buenos Aires; exsecretario ejecutivo de la CIDH

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