
No hay política sin cultura
Por Daniel Larriqueta Para La Nación
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NO hay política progresista sin cultura progresista. Y cuando la hay, es efímera, porque la cultura marca los tiempos largos de una civilización y la política es su emergente puntual, periódico. El desafío de la Argentina, desde los días iniciales, ha sido usar la fuerza de los estallidos liberales y transformadores para fraguar una cultura de la libertad que fuera el cimiento. La acción va de la política a la cultura; la protección va en sentido contrario.
Nuestro siglo XIX fue la mejor vidriera de esa trabazón. Urquiza anteponiendo la Constitución a sus posibilidades reeleccionistas, Sarmiento enarbolando su "educar al soberano" y Mitre dedicando sus días y años de reflexión a elaborar una historiografía de la libertad usaron todo su enorme poder político para construir la nueva casa de cultura política, cultura social y cultura doctrinaria, respectivamente.
Aquella fórmula de "los antiguos", como a Mansilla le gustaba llamarlos, debería ser siempre clave para la clase política y la clase cultural. Más aún porque lo que sucedió después nos muestra el reverso de la medalla. Al endiosamiento de los caudillos, del coraje huero, de la "espada" y del gauchismo de fines del siglo XIX y principios del XX va a seguir la violencia política, la ruptura de la legitimidad constitucional y la pérdida del rumbo. No en vano nuestro contemporáneo Borges abogó por que el libro nacional fuese el Facundo en lugar del Martín Fierro . Borges conocía con penetración ejemplar ese papel cimentador de la cultura, que con su acción lenta y profunda termina condicionando la política.
Otra democracia
Ahora vivimos en otro estallido de la libertad, ya van para diecisiete años. Pero de diferente calidad que a mediados del siglo viejo, porque gracias a las construcciones culturales que perduraron debajo de la locura político-autoritaria, en este estallido participan las grandes mayorías. Participan y protagonizan. Desde 1983, aun cuando la clase política dé muestras de duda o debilidad, la gente ocupa las calles y reclama, exige, obtiene.
La Justicia acaba de condenar a los asesinos probados de José Luis Cabezas y sus cómplices a las penas máximas previstas por el Código Penal. A dos años del crimen hay sentencia y, entretanto, se ha suicidado Yabrán y desarmado su sistema de matonismo, se ha abierto la caja de Pandora que era la policía bonaerense, y los dirigentes políticos distraídos o cómplices han perdido sus carreras electorales.
Pero esta victoria de la opinión pública viene en la estela de una actitud generalizada. El lunes precedente a la sentencia participé otra vez de la reunión ejemplar que Memoria Activa realiza frente a Tribunales para reclamar el esclarecimiento de las voladuras de la embajada de Israel y la sede de la AMIA. Con la misma perseverancia que inauguraron las Madres de Plaza de Mayo, que después ha sostenido a las Abuelas para ir rescatando, uno por uno, a los niños perdidos a los que se les quiso cambiar la memoria, la comunidad judía y muchísimos otros argentinos renuevan cada lunes su exigencia.
La embajada, la AMIA, Cabezas, y más atrás las memorables marchas catamarqueñas por María Soledad Morales, y en todo el país y en todos los barrios los reclamos silenciosos, trepidantes e infatigables por esclarecer tal o cual desaparición, combatir algún exceso de la autoridad, condenar las discriminaciones, son una nueva forma de vivir la democracia. Y, sin duda, una construcción cultural.
Esta suerte de cultura de la democracia compartida es una calidad diferente del momento político. En este destello, el más prolongado y promisorio desde la ley Sáenz Peña, de 1912, la clase política interactúa con la gente, aunque dando muchas veces la impresión de ir detrás. El sistema electoral, los partidos políticos y la calidad de representación están esclerosados. Sólo la nueva intervención del periodismo en la interpretación de la opinión y su representación parece marchar al tiempo de los cambios.
¿Y el mundo de la cultura? El pensamiento, las letras y las artes, ¿están trabajando en aprovechar, interpretar y consolidar este destello que se agranda y se prolonga? ¿O estaremos corriendo el riesgo de no trabajar los cimientos mientras el edificio sigue ganando en altura?
El pensamiento político está dormido y se despierta de a ratos para imitar o traducir las construcciones intelectuales del mundo globalizado. La literatura empieza una tímida exploración por el campo de la novela histórica, muy bienvenida porque restaura el valor de la memoria, sin la cual no hay identidad. Pero nada expresa o representa los valores de la época.
Demonios autoritarios
Estamos en un tiempo de cultura visual y comunicacional, y es en estos campos donde la debilidad es más notoria. La televisión, el cine, el teatro y los grandes espectáculos escénicos, que concentran entre todos el interés de millones de personas, están parasitados por la globalización y comprometidos en proyectos de puro lucro. Es una mezcla de esnobismo globalista y facilismo taquillero. Esos potentísimos medios para construir los cimientos que han de consolidar el destello democrático y argentinista están desnortados o al servicio de otros objetivos.
Tenemos un peligroso desajuste entre la política y la cultura. Necesitamos con urgencia nueva cultura política, nueva cultura social (la educación), nueva cultura doctrinaria y nueva cultura artística. La iniciativa puede partir del Estado y de la clase política, tal como lo hicieron "los antiguos", pero también puede partir de nosotros, los que vivimos en el universo cultural y del universo cultural.
Y aprender del mundo globalizado-anglosajón, que revive a Shakespeare, lo moderniza y lo exporta, y así construye un puente de memoria de más de cuatrocientos años, que permite que todo se ordene y encuentre su lugar. Pero el trabajo equivalente que nos corresponde a nosotros no lo van a hacer ellos. Lo tenemos que hacer nosotros.
Si no florece la cultura que acompañe el destello democrático, corremos el riesgo de que, en algún momento, los demonios autoritarios que dejamos atrás vuelvan con la legitimidad del retroceso, diciéndonos que es más fácil encerrarnos y detenernos que soportar el desafío de un mundo grande, abierto. Esos demonios son, también, muy argentinos.
El autor es director del Programa de Políticas de Estado de la UBA.





