No hay una solución mágica

Por Luis García Martínez Para LA NACION
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25 de junio de 2002  

La corrupción de la dirigencia política es hoy una opinión dominante en la sociedad. Se considera la causa básica de los padecimientos que en los días que corren nos atribulan. Esta convicción se expresa, en el nivel popular, con la frase: "Se robaron toda la plata". De aquí el deseo generalizado de "que se vayan todos".

A partir de aquel diagnóstico y de este deseo, pueden surgir, en todos los niveles institucionales, nuevos políticos, caracterizados por su competencia y transparencia. ¿Se pondría fin con esta renovación a la crisis de representatividad política que hoy padecemos? Nuestra respuesta es negativa, aunque sin duda bajaría el nivel alarmante que hoy alcanza.

Expectativas sociales

El fundamento de esta conclusión es que ningún gobierno, por excelente que fuese, podría satisfacer lo que espera de él la sociedad, que es la concreción, a corto plazo, de un bienestar acorde con la dignidad humana, tal como fue explicitado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada por las Naciones Unidas (París 1948), en el ámbito económico-social.

La condición humana no asegura por sí misma el referido bienestar, como lo atestigua la historia universal. Para que acontezca tal cosa, tiene que darse, como se dio en Occidente a partir del siglo XVII, una interpretación del ser de las cosas (Descartes, con su "cogito, ergo sum") que tornó factible el surgimiento de la ciencia y la técnica modernas, las que, asociadas con adecuadas instituciones políticas, jurídicas y económicas, permitieron, a través del incremento de la productividad de la economía, el crecimiento del ingreso que se dio en Occidente, en los últimos dos siglos.

Cuando la sociedad advierte la brecha entre lo que espera del gobierno y las privaciones de su vida cotidiana (y no hablamos de esta calamidad que hoy sufrimos, sino de épocas mejores), comienza a pensar que no recibe lo que le dicen que es su derecho, porque los políticos se han confabulado con el poder económico y han traicionado el mandato recibido en las urnas.

La crisis de la representatividad política encuentra su raíz, a nuestro juicio, en la citada brecha. Para ir superándola, tarea nada fácil, sugerimos que las propuestas electorales se agrupen, obligatoriamente, en cinco puntos principales, elegidos por los propios partidos. Cada propuesta debe especificar el costo de lo que se propone, y de dónde provendrán los recursos requeridos para su financiamiento. De esta forma, tanto los políticos como la propia sociedad irán advirtiendo que las soluciones mágicas (que se dicen sin costo para nadie) son ilusiones, o mentiras, usadas como técnica para acceder al poder y que hay que desenmascararlas en bien del país.

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