
No le sobra nada: la reelección de Milei requiere ampliar la coalición electoral
La Argentina probó demasiadas veces con la improvisación y en el último turno apeló a una figura antiestablishment suponiendo que aceleraría las reformas necesarias; no habría mucho espacio para otro salto al vacío

Si las elecciones fueran este domingo, las chances de que la Argentina engrose el amplio listado de países que votan por el cambio y no por la continuidad serían, en principio, muy significativas: un 32% lo haría por candidatos de Fuerza Patria (suponiendo que el peronismo sostuviera esa marca); el 26%, por los de La Libertad Avanza; el 18%, por los de Pro; el 5%, por los de izquierda, y el 4%, por los del radicalismo. Una proyección lineal de indecisos, votos anulados e impugnados y otras variables colocaría al peronismo cerca del umbral del 35%. No le alcanza para lograr un triunfo en primera vuelta, pero se acerca a lo obtenido por Sergio Massa en esa instancia en 2023, cuando contaba con los vastos recursos que implica controlar el gobierno. Es solo un ejercicio metodológico: las elecciones serán dentro de 15 meses (un poco más de un año, si se mantienen las PASO), persiste una notable incertidumbre respecto de los candidatos de la oposición (y su nivel de coordinación o, en su defecto, fragmentación) y, en especial, se conjugan escenarios muy contradictorios respecto de la situación económica, que será, como de costumbre, la variable fundamental para comprender las tendencias de voto.
Estos datos surgen de la última edición de los Indicadores de Preferencias Políticas que cada mes elaboran D’Alessio-IROL/Berensztein. Más información relevante: solo el 15% del electorado se identifica con LLA, frente al 27% de Fuerza Patria, 21% de Pro, 6% del radicalismo y 5% de la izquierda (18% no tiene identificación alguna); un 23% dice que las mejores propuestas y candidatos son las de LLA, 26% se inclina por FP, 16% por Pro, 4% por el radicalismo y 1% por la izquierda (22% rechaza toda la oferta existente); finalmente, el 29% del electorado considera que FP tiene más capacidad y equipos de gestión, en tanto que 20% prefiere a LLA, 19% a Pro, 2% al radicalismo, 3% a la izquierda (19% expresa un claro repudio en esta materia). Houston (¿Washington?): el Gobierno tiene un serio problema.
Las expresiones opositoras colaboraron, por acción u omisión, para que el Gobierno sostenga la gobernabilidad y avance con parte de su agenda. Divididas, mal coordinadas, sin líderes representativos que brinden propuestas innovadoras y alineadas con las demandas de la sociedad, predomina dentro del conjunto del sistema político un miedo atávico al vacío de poder que remite a momentos dramáticos de la historia reciente, como la gran crisis de 2001/2 o la revuelta fiscal protagonizada por el sector agroindustrial, que contó con el apoyo de una enorme masa de ciudadanos independientes, sobre todo en las grandes ciudades, que acompañaron el reclamo y ganaron orgánicamente la calle con movilizaciones populares de enorme e inédita magnitud. Esto explica el comportamiento de los que, con su connotada creatividad, Jorge Asís denomina los “dadores voluntarios de gobernabilidad”, de los que se beneficiaron tanto Mauricio Macri como Javier Milei, compensando así su acotada representación en el Congreso, en particular en la Cámara alta. Asimismo, en el folclore político doméstico siempre se supo que una parte del peronismo “corre siempre, presuroso, en auxilio del ganador”, lo que se ratifica en esta oportunidad, en particular, con los gobernadores de Catamarca, Salta y Tucumán. Lo notable es que el radicalismo, que ya había protagonizado una contorsión similar durante la “época dorada” del kirchnerismo, con la “Concertación plural” y los “radicales K” (o “cash” para los críticos de esa postura), se comporta de la misma manera a pesar de su distancia ideológica con los hermanos Milei: son los “radicales con peluca” o “violetas”, que se mimetizan con el oficialismo. Curiosamente, o no tanto, en algunos casos se repiten provincias (Corrientes, Mendoza) y hasta dirigentes (Alfredo Cornejo, quien operó la candidatura a vicepresidente de Julio Cobos). Por otro lado, algunos referentes del peronismo reconocen que era imprescindible corregir las profundas distorsiones macroeconómicas catalizadas durante la fallida administración de Alberto Fernández: “Alguien tenía que arreglar ese quilombo”, admitió uno de sus exministros.
En este contexto, se comprende el giro pragmático que imprimió el Gobierno de cara al proceso electoral, incluida la renovada política de alianzas con gobernadores con criterios de flexibilidad frente a sus necesidades financieras: aun suponiendo que la situación económica mejorara en el corto plazo, las dudas respecto del ánimo del votante, sobre todo en los grandes centros urbanos, y la eventualidad de una dolarización de carteras (típicas de los años electorales) constituyen dos de los principales motivos por los cuales muchos inversores prefieren “esperar y ver” (aunque en algunos casos completen los formularios del RIGI para aprovechar sus notables ventajas).
La situación actual, en ese sentido, es preocupante para el oficialismo: de acuerdo con el Monitor de Humor Social que publican aquellas mismas firmas, un poco menos de un tercio de la sociedad considera que está mejor que el año pasado en materia económica, mientras que casi dos tercios dicen estar peor. ¿Hay luz al final del túnel? El 40% considera que su situación material personal mejorará el próximo año. Ese mismo umbral aprueba la gestión de LLA y un 10% menos (36% de la población) tiene buena imagen del Presidente. Si, como los especialistas esperan, la inflación continuase su tendencia descendente y mejorara algo la actividad económica… ¿Cuánto más podrían mejorar la imagen del Gobierno y sus pretensiones de asegurar un triunfo en primera vuelta? “Resulta imperioso que Milei modere su discurso, evite las agresiones y trate de seducir al electorado independiente, que de alguna manera debe olvidar los casos de presunta corrupción”, afirmó un experto en comunicación electoral con extensa experiencia en la región, que participó en un seminario privado organizado por un fondo de inversión. “Una condición necesaria para lograr la reelección, que de ninguna manera es suficiente”. Milei necesita que el candidato del peronismo sea Kicillof u otra figura con atributos de izquierda para que la polarización extrema disimule la erosión de su imagen y el comprensible fastidio que producen declaraciones más ridículas que falsas (“La Argentina solo produce dulce de leche”).
En paralelo, los esfuerzos del Gobierno por mostrar que cuenta con el financiamiento necesario para hacer frente a sus obligaciones de deuda hasta el final del mandato no despejaron las dudas y a eso se agrega el temor por una nueva corrida el año próximo. “Toto está pensando en eso, será cuestión de reforzar la confianza y consolidar una estrategia electoral que convenza al mercado de las chances de reelección”, aseguró un inversor extranjero, preocupado por un artículo publicado el lunes pasado por Bloomberg titulado “Mientras el aura de Milei se desvanece, la Argentina comienza a buscar una tercera vía”. “¿Qué hay de eso, es algo serio o solo especulaciones?”, indagó con insistencia.
¿Hay acaso espacio electoral, capacidad política, tiempo y recursos para construir una alternativa que supere la grieta entre el oficialismo y una candidatura peronista que no supere su piso histórico y genere rechazo en el mercado, como la del gobernador bonaerense? Un año es mucho tiempo, pero sería un error suponer que con “solo” encontrar un candidato adecuado, cosa que no está sucediendo, el resto se ordena de “arriba hacia abajo”. La Argentina probó demasiadas veces con la improvisación y en el último turno apeló a una figura antiestablishment suponiendo que aceleraría las reformas necesarias. No habría mucho espacio para otro salto al vacío. Y elaborar una propuesta superadora, creíble, innovadora y respaldada en equipos con experiencia y sentido común es algo que este país, hasta ahora, nunca hizo.




