
No malversemos el patrimonio cultural
Por Carlos Libedinsky Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Al conocedor de la ciudad no le cabe duda de la importancia del edificio del Correo Central, resultado del inspirado sueño de quien fue su director, Ramón Cárcano. En 1888, se puso en contacto con el francés Norbert Maillart, discípulo de Jean Guadet, quien se hallaba de paso por Buenos Aires.
A resultas del encuentro, Maillart proyectó no sólo este edificio sino, entre otros, nada menos que el Palacio de Tribunales y la sede del Colegio Nacional Buenos Aires, y hasta le fue encargado un edificio para reemplazar a la Casa Rosada, que no llegó a ser construido.
Pero fue el Correo Central la primera obra pública proyectada en nuestro país dentro de la tradición Beaux Arts, en la que se hallaba enrolado el ya reputado arquitecto. Antes de que se terminara la obra pasaron 38 años, pero la influencia del proyecto fue tan extraordinaria que, aun antes de concluida, se constituyó en modelo estilístico para gran parte de los emprendimientos posteriores del prolífico Ministerio de Obras Públicas de aquella época. Este hecho confiere al edificio enorme trascendencia en la historia de la arquitectura pública de nuestro país.
Hacemos hincapié en la incidencia de la imagen del majestuoso edificio del Correo en la memoria ciudadana y en la potencia de su proyecto inicial, que terminó por parecerse mucho al construido, a pesar de haber sufrido en el proceso de edificación numerosas transformaciones. Esos cambios también comprendieron al entorno urbano que se previó para rodearlo, y algunos fueron muy radicales: se pensaba en circulaciones elevadas que lo vincularan con el sector alto de la city a través de un puente sobre Leandro N. Alem y en remodelar totalmente el área.
No obstante, la contemplación de la fachada -cuyo diseño ya aparecía en la edición de 1890 de la Geographie de la Republique Argentine , de F. Latzina- permite comprobar una similitud ostensible entre la versión original y la definitiva, terminada sólo en 1928.
Es llamativo el episodio que llevó a convocar a Maillart para que construyera el Palacio de Correos. En la Argentina de hoy, el dato histórico en cuestión resulta inimaginable: el proyecto había sido originalmente encargado a Francisco Tamburini, pero éste declinó la destacada encomienda por encontrarse... excedido de trabajo.
Por todos estos antecedentes, que son parte muy firme de nuestra historia, convendría que, de ser destinado este palacio en el futuro a una nueva función cultural, ésta mantuviese relación con los destinos primigenio y actual: su planta principal debería seguir funcionando como correo.
Entendemos que un destino similar, que podría complementarse con otras funciones compatibles en sus ambientes menos importantes, sería la mejor opción para la obra, pues respondería a un concepto. Por el contrario, lo peor, lo que el edificio no merece, sería mantener una función arbitrariamente mixta, como la de ahora: una parte para la SIDE, otra para la Subsecretaría de Desarrollo Urbano, según parece, en el futuro otra para artesanías provinciales, y otra para eventuales exposiciones transitorias de distintos museos. Se piensa, así, sacar partido de su ubicación privilegiada, pero se afrontarán los riesgos y los altísimos costos de transporte y de seguros de las obras de arte.
Por otro lado, en estos días he leído en LA NACION que existe la intención de trasladar la colección patrimonial de Villa Ocampo al Correo Central, según un convenio realizado con la Unesco. Sería conveniente que esta mudanza fuera provisional, sólo por el tiempo que dure el operativo de restauración de Villa Ocampo. No me caben dudas de que el mejor lugar para albergar ese conjunto es la propia Villa Ocampo, ya que tiene la oportunidad de ponerlo en valor con su equipamiento original y con los testimonios culturales que le son propios.
Quien no conozca los vericuetos de la cuestión "rehabilitación de Villa Ocampo" no podrá comprender esta comedia de enredos. No es admisible que con el dinero gastado en su recuperación no se pueda disponer hoy de un inventario del patrimonio. Esa es la operación número uno para quien custodia un legado patrimonial. Contribuye a aumentar la confusión la carta de una lectora que realizó a pedido de la Unesco el inventario de la biblioteca. Según ella, contaba con menos de cuatro mil volúmenes, cuando hoy algunos hablan de 12.000. Tampoco se entiende, si es que el traslado será sólo por el breve período de restauración del techo, por qué se deberá montar una nueva exposición transitoria en el Correo, con sus consiguientes riesgos y gastos.
Dado que el proyecto se encuentra en estado más que embrionario, los funcionarios deberían considerar la escala de sus posibles decisiones. Sobre la idea del jefe de Gabinete, Alberto Fernández, de hacer allí "una especie de Centro Pompidou", se debería reflexionar sobre la diferencia de los contextos culturales y turísticos. Pero, por sobre todo, deberían tomarse todos los recaudos para no sumar esta emblemática obra al ejemplo de progresiva degradación por inacción que sufre la Confitería del Molino, ni a la acción errónea, con desnaturalización de sentido, observada en el zoológico metropolitano, devenido en complejo gastronómico-publicitario en el que, además, se exhiben animales.
El autor es profesor titular de Ecología de la Arquitectura y de la maestría de Diseño Avanzado en la UBA.





