
¿No se puede reprimir el delito?
Por Paola Spatola Para LA NACION
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El vocablo "delito" tiene una precisa acepción: el quebrantamiento de la ley. "Fechoría" no es su sinónimo, ya que puede ser una acción ingeniosa, según el diccionario de la Real Academia Española. Tildar de ingenioso, aunque sólo fuera por impericia discursiva, el reciente asalto en un peaje de la Panamericana, como lo hizo un funcionario de la policía bonaerense, es una clara muestra de la tergiversación de valores a la que lleva asumir las tareas de seguridad del modo en que hoy se las emprende en el país, o mejor dicho, del modo en que no se las emprende.
El quebrantamiento de la ley encuentra en la política oficial el más variado abanico de justificativos, desde la injusticia social hasta una impronta cultural de los tiempos que corren, a la vez que el combate al delito enfrenta un cúmulo de obstáculos, desde la condena al ejercicio del poder de policía hasta el repudio a todo tipo de ejercicio de autoridad. Justificado el delito y cuestionada su represión, se abre un campo para la tergiversación.
Por caso, cuando proponemos un registro de violadores importa más la privacidad del delincuente que la prevención de nuevos casos. O bien, cuando impulsamos la penalización de competencias de destreza y velocidad en la vía pública (conocidas vulgarmente como picadas) se nos acusa de colmar de nuevos delitos el Código Penal. Cuando impulsamos procesos judiciales con plazos breves para delitos descubiertos in fraganti, no somos tenidos en cuenta. Podríamos seguir con una lista de proyectos que no logran superar su tratamiento en comisión, aun cuando la demanda social por una mayor y mejor seguridad encabeza el listado de temas que preocupan a la ciudadanía.
En las comisiones de la Cámara de Diputados surge con claridad que estamos en minoría quienes entendemos que el valor por preservar es la seguridad del ciudadano común y no la reparación de una supuesta injusticia a la que la sociedad somete a los victimarios. Este es el núcleo de la tergiversación: se antepone el interés por el destino del victimario por encima de la suerte de la víctima, en lugar de ponderar con criterio la necesidad de darles paz a los ciudadanos.
Muy pronto tendremos que encontrar la forma de encuadrar un combate eficaz del delito en el marco de la democracia, para evitar que nuestras ciudades se conviertan en territorios sin control alguno, como ya ha comenzado a suceder. Muchos prefieren no ver lo que ocurre, perdidos en su laberinto ideológico.




