
No sólo de pan
Por Alicia Dujovne Ortiz Para La Nación
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Los tiempos han cambiado desde que Jean Valjean, el de Los miserables , pagó con años de prisión y desventura el robo de un pan. No es que el hambre haya pasado a la historia. Sigue de palpitante actualidad, acá como allá, generando los chicos esmirriados de siempre, aún más esqueléticos en la medida en que el Progreso arrasa con los medios tradicionales de subsistencia, resecando tierras y estimulando guerras para utilizar los nuevos armamentos. Pero la violencia actual tiene otro signo, menos comestible. Es una violencia que asume una apariencia ilógica, a la que Enrique Valiente Noailles ha calificado de "indescifrable" en estas mismas páginas y a la que, para darle un nombre, bonito, podríamos llamar "violencia mágica": la que no sólo se desata frente a la utilidad (unas zapatillas sencillamente nuevas, inmejorables para quien anda con la alpargata rota) sino frente al prestigio: unas zapatillas de marca.
Los turistas occidentales que regresaban hace unos años de la ex Unión Soviética solían asombrarse de la obsesión de los rusos por los jeans. No era que no tuvieran pantalones, era que se morían por los jeans. Idénticas y todavía más patéticas escenas fueron las protagonizadas por los inmigrantes albaneses hacinados en barcos sobrecargados para llegar a Italia. Cómo olvidar el brillo de oro de sus ojos al verse por fin en el paraíso de nuestra economía de mercado, y el apagón al comprender que los jeans italianos no crecían en los árboles y que, aun de ser así, a ellos no les estaba permitido arrancarlos de la rama. ¿Tenían hambre, hambre de verdad, los albaneses arracimados al borde de las paradisíacas fronteras, o respondían al mismo estímulo que un chico de una villa miseria porteña cuando mata a una mujer para robarle, no el verdadero pan, sino el alimento de la ilusión?
Paraíso mercantil
Los que con razón le atribuyen a la droga la causa de las recientes violencias juveniles en las ciudades de Francia (quemazones de autos que le amargaron las fiestas de fin de año a esa sociedad francesa, sin embargo tanto menos exhibicionista que la nuestra), o a la ola, no menos navideña, de atracos y asesinatos en nuestro país, olvidan que estas sociedades del paraíso mercantil son, ellas mismas, droga, Destilan droga, la sudan por todos sus poros, segregan objetos que suscitan deseos íntimamente relacionados con la droga. No por casualidad la violencia se ha desencadenado en momentos en que nuestros endémicos jardines del consumo sacaban a relucir todos sus brillos. La coincidencia entre la fecha religiosa y la consumista tampoco es casual. La nueva religiosidad consiste en comprar, o, si no se puede, en conseguir como sea los objetos sagrados. Los adolescentes ladrones no hacen otra cosa que inclinarse ante el mismo altar que los adolescentes afortunados. Tampoco aspiran a otro "look", salvo el detalle de la gorra al revés, con la visera en la nuca. En los tiempos en que se decía "Trabajadores del mundo, uníos", los revolucionarios se vestían de obreros, orgullosamente, con la gorra al derecho y el pañuelo al cuello. Hoy basta echar una mirada a los nietos de aquellos a los que Eva Perón llamaba "mis grasitas" para advertir que los adolescentes del mundo se unen en la adoración del mismo ídolo.
Xenofobia local
Hace unos días tuve una extraña experiencia: la visita a una feria de campo de la provincia de Buenos Aires, a la que la xenofobia local ha llamado "Bolishopping". Todas las prendas de vestir que allí se vendían eran imitaciones de grandes marcas. Una población popular de pocos recursos se apiñaba junto a los stands para comprar shorts o baskets que no se limitaran a ser sencillamente limpitos y flamantes, sino que llevaran la aureola social. Era una versión fraudulenta y casi conmovedora de esos grandes instigadores de violencia mágica que son los monstruos porteños llamados, respetuosamente, shoppings, los cuales no parecen haber suscitado la xenofobia suficiente como para que se los llame "Yankeeshoppings".
Pienso en particular en el más reciente, que nos mueve a evocar a cierto viejo vecino del barrio apodado el Morocho y reputado por su oído sensible. ¡La vergüenza que le daría semejante visión o, más bien, semejante audición del infierno, con sus aullidos entrecruzados -los del rock, los de la gente que juega, los de los promotores de cada juego provistos de micrófonos- donde no se trata de vender otra cosa que viento, eso sí ¡del más caro! El mismo estrépito con que pugnan por hacérnoslo comprar es causa de violencia.
Obviamente la xenofobia francesa -por no referirme sino a los ejemplos que realmente conozco- obtiene los mismos resultados que nuestro delirio nacional. Los muchachos que salieron de sus suburbios de inmigrantes para asaltar a París en Año Nuevo prefieren andar en patota violenta, antes que desprotegidos y sometidos a la insoportable mirada del otro (como ellos mismos dicen, su culpa -haber nacido árabe o negro- se llama "delito de cara", el peor de todos por ser el más visible). Estos muchachos no han conocido nunca otra cosa que la desocupación, y sus padres, a menudo, tampoco. Sin embargo, reciben ayuda social y viven en monoblocks cuya tremenda tristeza consiste más en el desamor de sus habitantes, privados de una razón para vivir, que en la miseria real, y que serían palacios para un villero argentino.
En ambos casos y en muy diversas medidas, lo cierto es que hay pobreza. En ambos hay, también, la droga de un deseo suscitado por una sociedad drogada.
La diferencia esta en el modo en que una sociedad se revela o se esconde. En la capital de Francia no hay shoppings. Hay elegantes galerías o adorables boutiques, pero monstruos, no. Quizá por un reflejo típico del gato escaldado, es decir, por el recuerdo de una revolución que guillotinó a ricos más imprudentes, con sus pelucas empolvadas y sus cascadas de puntillas, los franceses no muestran su riqueza. Hay que descubrirla bajo un manto de buenos modos, ¿y qué mejores modos que avergonzarse del exceso, exteriormente al menos? Aunque sólo sea cierto como una aspiración y no como un hecho, ellos sostienen que la cortesía viernes del corazón.
De María Antonieta a Evita
La Argentina, en cambio, como tantos otros países de este continente, es de una riqueza descortés. Enarbola sus bienes como un torero su capa roja, para después asombrarse de la cornada. Exhibe sin pudor su carácter drogado. Droga en el fragor de los negocios porteños donde no es posible comprarse un par de medias sin ensordecer bajo el castigo de una cumbia mal imitada. Droga en la tropicalización vía Miami de un país que solía creerse casi europeo y se descubre falsamente colombiano. Droga en la mujer anoréxica inauténticamente delgada y rubia, con el pelo salido de la serie "Dallas" y vestida de pebeta hasta el final. Droga en una identidad cada vez más indefinible, que se inventa a sí misma como siempre lo ha hecho, copiando, pero bajando la puntería al elegir los modelos.
Para volver al alimento más sencillo, y también a la guillotina, la pobre María Antonieta no se imaginó lo acertada que estaba al preguntar con su tonito inocente, viendo un grupo de pobres que pedían pan: "Y si no tienen, ¿por qué no comen tortas?" Era precisamente eso, participar del pastel, lo que querían, y ella lo pagó con su cabeza sin haberlo entendido. Evita, por su parte, lo tenía muy claro. Si entregaba a manos llenas cosas lujosas, era por convencida de que su pueblo necesitaba torta: delicias y exquisiteces estimulantes capaces de despertales el deseo. "Cuando el rico piensa en los pobres piensa en pobre", decía. Ella pensaba "en rico" y, para sacudirle al pobre la inercia, para provocarle la identificación que lo moviera a reaccionar, se mostraba a sí misma con ropas de reina y les regalaba a las nenas vestiditos de princesa. Teatral, cuestionable, demagógico y riesgoso, sin duda.
Original y conmovedor también. Hoy el estímulo es lo que sobra, y no precisamente con fines de rebeldía. Vivimos en una sociedad tentadora que incita sin dar cumplimiento, una sociedad histérica. A fines del "siglo XX cambalache" hemos creado un planeta de deseadores capaces de todo con tal de saborear la frutilla de arriba. Vendría siendo hora de compartir la torta, nomás. A ver si, con el susto, algunos se dan cuenta de que el despliegue policial no puede frenar lo producido por el despliegue comercial.





