
"No teníamos vocación de poder"
El controvertido nacionalista repasa, a los 90 años, su agitada actividad política de más de medio siglo
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En la mañana del 6 de septiembre de 1948, próximo a cumplir 36 años, Marcelo Sánchez Sorondo levantó su espada en defensa del honor de su padre y la descargó sobre el diputado peronista Ricardo César Guardo, que lo había ofendido. Este, adelantándose, lo hirió en un brazo, pero luego se acercó a extenderle la mano. Tal vez haya sido ése el primer atisbo de reconciliación en una vida signada por los enfrentamientos políticos, como la del viejo Marcelo, complacido ahora de su gentil convivencia con antiguos adversarios. Su corazón late hoy al compás de un nacionalismo pacífico, apegado a la nostalgia por esa Argentina que lo vio pelear duramente.
Cuatro décadas después, el duelo sería ahora con un periodista de extracción diametralmente opuesta a la suya, pero que nunca dejó de leerlo con el respeto de quien admira la elegancia de la prosa y la claridad de las ideas, aunque no las comparta. Fue a mis 20 años cuando, siendo redactor de La Vanguardia a las órdenes de Alicia Moreau de Justo, no podía evitar el encandilamiento que me producían tanto las columnas que Sánchez Sorondo esculpía en Azul y Blanco como los editoriales que Leónidas Barletta estampaba en Propósitos. Esos tres periódicos y la revista Qué -dirigida por Rogelio Frigerio y escrita por Raúl Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche- expresaban el periodismo militante de la etapa post peronista.
¿Cómo desperdiciar la oportunidad de chucearlo un poco a don Marcelo, hoy nonagenario, para sacarle algunos jirones de sus vivencias, para hacerlo rememorar y opinar en el último recodo de la vida? Era también una buena excusa para espiar las paredes de su casa, tapizadas de fotografías. Las principales son de su padre, Matías, y de Enrique Larreta, Máximo Etchecopar, Mario Amadeo y Nicanor Costa Méndez. Cuelgan cerca de ellas una réplica del sable corvo y un ejemplar de El Mosquito con una abuela suya en la tapa. No falta una gran cruz protegiendo decenas de retratos de familiares, y mil recuerditos de metal y de madera tallada.
"Pero aquí no -me ordena-, vamos al café de abajo." Estamos en la esquina de Montevideo y Juncal y a pesar de la mañana gris y fría sale sin abrigo. Ahí advierto que su cuerpo se ha encorvado pero no vencido, porque camina apurado y entra al bar como si fuera a su casa y me vuelve a ordenar: "¡Acá no, vamos a la mesa del fondo!" Su mesa.
-Siempre se dijo que los nacionalistas argentinos fueron hijos ideológicos de Charles Maurras, pero usted revela en sus Memorias que fue influido más por Maurice Barrés. ¿Cuál era la diferencia entre uno y otro?
-Barrés era mucho más actual, muy agudo y con mayor actividad, tenía un criterio menos hermético. Comprendió mejor ese terrible episodio que fue la revolución de 1789. Maurras, en cambio, era un monárquico detenido en el tiempo.
-En 1942 dijo que su adhesión al fascismo se debía a sus convicciones religiosas, que era de los que "por la inteligencia católica comprendieron toda la grandeza del resurgimiento secular que proclama el fascismo". Pero los católicos militantes que leían a Jacques Maritain fueron fervientes antifascistas. ¿Cómo se explica?
-Yo no lo he leído sistemáticamente a Maritain, porque estaba en una línea que no era de mi predilección. En aquel momento fui admirador de Mussolini y eso explica mi admiración por el fascismo, que fue relativa. Pero esencialmente he sido un católico tradicional.
-Durante el apogeo del fascismo, en la década del treinta, los nacionalistas alcanzaron cierta popularidad, pero no lograron armar un partido. ¿En qué fallaron?
-Es que nunca pretendimos eso. No fue intención de ninguno de nosotros hacer de esa fuerza un partido político. Directamente no sabíamos hacerlo.
-Pero querían influir en la política, producir modificaciones.
-Sí, pero al margen de los partidos. Pretendíamos influir con nuestra prédica periodística. Tratábamos de presionar indirectamente sobre el poder, con el nacionalismo como fuerza ideológica, doctrinaria. Pero nunca creímos en la posibilidad de asumir el poder por nuestra cuenta.
-Sin embargo, a través de la prédica nacionalista se asociaron al poder durante la dictadura militar surgida el 4 de junio de 1943 y ocuparon posiciones importantes.
-¿Quiénes?
-Gustavo Martínez Zuviría (que firmaba sus novelas Hugo Wast) fue ministro de Justicia e Instrucción Pública y José Ignacio Olmedo, presidente del Consejo Nacional de Educación, dos militantes de la extrema derecha nacionalista que impusieron la enseñanza religiosa en las escuelas. Toda la educación quedó en manos nacionalistas.
-¡Ah, pero ésa era la generación anterior a la mía! Hugo Wast, o Martínez Zuviría si prefiere, era mucho mayor que yo. El viejo Olmedo también era de la generación de mi padre. Nada que ver conmigo.
-Le recuerdo que en 1943 hacía tres años que usted escribía en Nueva Política y en el último número saludó alborozado aquel golpe militar...
-Pero ignorábamos los movimientos castrenses. Es cierto que los nacionalistas contribuimos con nuestra prédica frontal a la demolición de aquel régimen, pero no participamos, salvo excepciones meramente accidentales, en la nueva etapa que comenzaba. Vea, ni con Palito Ramírez ni con el general Farrell tuvimos nada que ver. Y con Perón no nos entendíamos.
-¿Qué les pasó con Perón?
-Era una cuestión de piel. Perón nos consideraba piantavotos , esa fue la expresión que empleó. Tendría o no razón, pero lo cierto es que nunca le tuvimos simpatía humana y tampoco él a nosotros.
-¿Y cómo se explica que cuarenta años después, cuando Perón vuelve, usted fuera candidato a senador en las listas peronistas?
-Fue por influencia de Cámpora, con quien yo tenía una muy buena relación, porque humanamente hablando era un hombre excelente, a quien Perón después apartó con desprecio. El Viejo Vizcacha fue despiadadamente cruel con Cámpora.
-En sus recientes Memorias afirma que Franco tenía una astucia excepcional y abominaba de las acciones audaces y riesgosas, al revés de Hitler, que era un aventurero del poder. Y define a esta clase de aventurero como el que no sabe que el poder tiene límites. ¿De quién de nuestros políticos, de ayer o de hoy, diría que ignora los límites del poder?
-De la talla de Hitler ninguno. Pero tampoco se me ocurre quién podría ser. A ver, deme nombres.
-Bueno, le nombro a los gobernantes que usted conoció. Empecemos por Yrigoyen.
-¿Usted dice El Peludo? No, para nada, era otra cosa. Y los que le sucedieron, Alvear, Justo, Ortiz, Castillo, menos todavía.
-¿Tampoco Uriburu?
-Tampoco. Ni los militares del 43 fueron...
-Llegamos a Perón.
-¡Ahí sí, ése es un caso típico! Los otros no. Ni Frondizi ni Illia ni los militares como Onganía fueron aventureros del poder. El único aventurero del poder fue Perón, típico aventurero, un clásico de la aventura del poder.
-¿Por qué lo llama El Viejo Vizcacha?
-Porque es igual al personaje del Martín Fierro. Un viejo lleno de vueltas, tramposo. Usted sabe lo que quiero decir... Perón es un caso específicamente argentino, no resiste comparación con otras experiencias mundiales.
-A propósito, cuando usted fue a defender la Catedral de Buenos Aires, en junio de 1955, ¿ya participaba de la conspiración para derrocarlo?
-No, yo fui a título personal como muchos católicos. Terminamos todos presos y nos liberaron poco antes del estallido militar, por eso no tuve participación activa.
-Caído Perón, en 1956 usted fundó Azul y Blanco, que resultó un éxito periodístico. ¿A qué lo atribuye?
-A que apareció en junio de 1956 y como fue el único periódico que condenó los fusilamientos tuvo una enorme repercusión. Llegamos a editar 160 mil ejemplares.
-Con Aramburu y Rojas era implacable. Pero cuarenta años después, usted reivindicó "la autenticidad de las conductas del general Aramburu y del almirante Rojas". ¿Fue un acto de cortesía histórica?
-Es que después de tantos años me hice muy amigo de Rojas. Y Aramburu también se portó muy bien conmigo. Cuando lo traté me demostró su hálito generoso, a pesar de que yo lo había tratado muy mal. Pero todo eso quedó atrás y cuando lo secuestraron fui a ver a su esposa.
-Usted abominaba de los partidos políticos como todos los nacionalistas. ¿Por qué intentaron organizar uno si ni siquiera conocían la acción práctica? ¿Qué ocurrió con el denominado partido Azul y Blanco?
-No caminó. En noviembre de 1956 hicimos un acto colosal en el Luna Park y después una gran comida popular en el Parque Retiro, donde hoy está el Sheraton, pero las ilusiones se desvanecieron en abril del año siguiente, cuando fue muy poca gente al tercer mitin. Todo terminó en una frustración, fuimos incapaces de organizar eso.
-Usted fue despiadado con Frondizi, no le perdonaba nada, hasta lo denunció como agente comunista instalado en la casa de gobierno, cuando la mayoría en realidad lo acusaba de lo contrario, de subordinarse a Estados Unidos. ¿Tenía una fobia personal hacia él?
-No, era mi estilo frontal. Pero Frondizi después me absolvió y nos hicimos amigos, a pesar de que me había clausurado dos veces Azul y Blanco y también metido preso. En una de ellas fui a parar a un calabozo siniestro, donde tuve que dormir junto a una letrina llena de inmundicias. Esa vez la pasé muy mal. Pero el peor error de Frondizi no fue ése, sino el de hacer un pacto con Perón, que no necesitaba, porque hubiese ganado igual las elecciones presidenciales. Se equivocó y eso le complicó la vida.
-También lo criticó duramente a Frondizi por aquella fugaz entrevista secreta con el Che Guevara. ¿Qué opinión tiene del Che?
-Bueno, yo cambié de opinión con respecto al Che Guevara, porque murió heroicamente y se convirtió en un héroe americano. Creo que su imagen es la de nuestra América. A Frondizi lo critiqué porque lo recibió a escondidas. Algo típico en Frondizi. Pero su derrocamiento fue un error, del que me siento anímica y profundamente responsable. Frondizi tenía una fibra, un tesón innegables, que explican su ulterior y bien ganada fama de estadista.
-También fue muy duro con Illia, y eso que el canciller Zavala Ortiz le ofreció la embajada en Egipto, que usted rechazó.
-Tanto Illia como Zavala Ortiz fueron dos tipos excelentes. Con Zavala Ortiz tenía una vieja amistad y de Illia me hice amigo después que lo echaron del gobierno.
-Parece una constante suya, primero ataca con dureza a los gobernantes y después termina haciéndose amigo. ¿Con Balbín cómo le fue?
-Nunca lo traté a Balbín. Era un político mediocre, ¡pura parada!
-¡Ah, pero la llegada de Onganía la saludó efusivamente!
-¿Efusivamente? Mi memoria es muy frágil ( dice con picardía ). ¡Es que ha pasado tanto tiempo!
-¡No doctor, no me venga con la memoria frágil! Usted se está acordando muy bien de todo y aquí tengo el ejemplar de Azul y Blanco del 7 de julio de 1966 titulado "Paso a la Segunda República" y aparecido cuando Onganía llegaba al poder...
-¡Ah, sí! Pero después me eché atrás y lo critiqué severamente, hasta que clausuró Azul y Blanco y también me metió preso. Mi opinión sobre Onganía finalmente fue negativa, porque gastó lamentablemente el tiempo, perdió la gran ocasión de levantar el país, de llevarlo a la unidad nacional, de trascender las divisiones internas. En ese momento él lo podía haber hecho, pero no entendía nada. Era muy bruto, muy poco inteligente, muy militar en el peor sentido.
-¿Pero usted no siente admiración por los militares?
-Sí, pero no por Onganía.
-En ese gobierno había varios amigos suyos. Uno de ellos, Costa Méndez, le ofreció la embajada en España.
-No agarré viaje. Yo era muy amigo de Canoro Costa Méndez, pero no le acepté la embajada.
-Cuando reapareció Azul y Blanco, en 1966, usted nombró secretario de redacción a Juan Manuel Abal Medina. ¿Puedo saber de dónde lo conocía?
-Abal Medina se presentó un día en mi estudio. Yo no lo conocía, pero me contó que había tenido una militancia nacionalista y que se identificaba con el pensamiento de Azul y Blanco. Era un muchacho de familia católica practicante y enseguida nos hicimos amigos. Hasta que se produjo el secuestro de Aramburu, donde apareció comprometido su hermano Fernando. Aunque no compartía lo del secuestro, Juan Manuel se portó muy bien porque salió a defenderlo a pesar de todo. Se distanció de nosotros y tiempo después Perón lo nombró secretario del Movimiento Justicialista. Pero no duraría mucho, no se llevaron bien.
-¿Qué relación tuvo usted con los montoneros?
-Los conocí y los traté, aunque no llegamos a nada.
-Pero gracias a Cámpora, usted fue candidato a senador en la Capital en medio del estallido peronista de 1973. ¿Cómo pudo perder esa elección? Allí se confirmó la teoría de Perón de que los nacionalistas son piantavotos...
-Perdí porque tenía en contra a todos los judíos, que son muchos en Buenos Aires.
-Y cuando fue haciendo las paces con todos sus adversarios, ¿no la hizo también con la colectividad judía?
-No tuve ocasión.
-Para terminar, ¿qué opina de Alfonsín y de Menem?
-Alfonsín es un tipo muy interesante, humanamente hablando. Es un político argentino característico. Lo conocí personalmente y me causó muy buena impresión, es un tipo muy agradable.
-Y de Menem, ¿qué opina?
-Es un gato.
El franquismo
Marcelo Sánchez Sorondo estuvo en la Guerra Civil Española, hacia el final de la contienda, cuando ya se palpaba el triunfo franquista. Allí, en una conferencia de prensa llegó a ver a Francisco Franco, aunque no a hablar con él. "Lo recuerdo como un tipo cetrino, muy menudo y con la voz bastante aflautada, muy poco marcial. No daba buena impresión, no parecía un general bizarro como los otros. Era medio torpe en sus gesticulaciones, parecía tímido, sin dominio de la escena. Pero las apariencias engañan."
-En sus Memorias está clara su admiración como gobernante.
-Yo digo allí que desde el punto de vista de la administración de las cosas, si no del manejo de los hombres, fue el mejor gobernante que tuvo España desde el reinado de Carlos III. Franco canceló un pasado de levantamientos partidistas y de pronunciamientos militares que se venían sucediendo desde principios del siglo XIX. Y luego de la terrible guerra civil, con su famoso millón de muertos, supo construir un orden estable que permitió el progreso económico y social de España, de un modo que ésta no conocía desde siglos atrás.
Perfil
- Marcelo Sánchez Sorondo nació en Buenos Aires, en una casona de Florida al 500, frente al desaparecido edificio del Jockey Club, el 17 de setiembre de 1912.
- Fue profesor de Derecho Constitucional y director del Instituto de Ciencias Políticas de la Facultad de Derecho de la UBA. Nunca ocupó cargos públicos, dos veces rechazó embajadas y tres veces fue a parar a la cárcel por no callar sus opiniones políticas. Fundó y dirigió tres publicaciones nacionalistas: Nueva Política (1940), Azul y Blanco (1956) y Segunda República (1961).
- En sus lecturas juveniles descubrió al monárquico Charles Maurras y se entusiasmó con los polemistas de la derecha francesa León Daudet, Jacques Bainville, Henri Massis y Pierre Gaxotte. Pero quien realmente lo extasió fue el escritor nacionalista Maurice Barrés. Aunque devoraba a los grandes pensadores católicos, el contundente antifascismo del filósofo tomista Jacques Maritain no llegó a conmoverlo; por el contrario, su fascinación estaba centrada en la personalidad de Benito Mussolini.
- Publicó La clase dirigente y la crisis del régimen (1941), La revolución que anunciamos (1945), Teoría política del federalismo (1951), Libertades prestadas (1970), Martín Fierro y la Generación del 80 (1981), La Argentina por dentro (1987), Aristóteles y Hegel (1987), Historia de seis años (1993) y Memorias. Conversaciones con Carlos Payá (2001).






