
Nosotros, frágiles, fugaces y temerosos
Con aire resignado, tras cancelar una reserva de pasajes al exterior, un amigo me dijo hace pocos días: "Mi esposa ya no quiere viajar más, tiene miedo de salir a este mundo loco, siente que todo es inseguro e incierto". El planeta, en efecto, se convirtió en un escenario de incertidumbres. Nada es seguro. Pero ¿alguna vez lo fue? ¿Lo era para el hombre primitivo, a merced de fieras, rayos y venenos? ¿Para los habitantes del medioevo, diezmados cíclicamente por las pestes? ¿Para nuestros aún recientes antepasados, frágiles blanco de la tuberculosis, de la sífilis? ¿Era seguro el mundo de las guerras religiosas, de la Primera y Segunda Guerra Mundial? ¿No hemos sido siempre frágiles, no hemos estado a merced de fuerzas que nos trascienden?
El historiador francés Georges Duby estudió, en La huella de nuestros miedos , cómo, a lo largo del último milenio, los temores humanos han cambiado en su manera de manifestarse, pero no en sus disparadores: el miedo a la miseria, a la violencia, a la muerte, al diferente ha estado ahí. Acaso, en nuestros días y en nuestra sociedad, esas angustias estén signadas por dos características de la época y de la cultura. Por una parte, la creencia de que la ciencia y la técnica nos proveerán de respuestas y de control sobre los imponderables, extenderán indefinidamente nuestra esperanza de vida y reducirán a casi cero la incidencia del azar y del caos en nuestra experiencia; por otra parte, una profunda crisis de espiritualidad, entendida ésta como la exploración de los aspectos trascendentes de la existencia.
Creo que estos dos factores convergen. El materialismo anestesia la espiritualidad. El primero se asienta en la inmediatez, en el placer al instante, en lo tangible, en la cantidad. Sus palabras emblemáticas son, entre otras, más, ya, pronto, ahora, tener . Las escuchamos y las leemos todos los días. La espiritualidad se sostiene en la trascendencia (trascender en el tiempo, a través de vínculos, afectos, obras, memoria, valores, actitudes), no se toca, no se mide. Somos hijos de un tiempo (el siglo XX, lo que va del XXI) que busca proveer certezas tranquilizadoras. Una masa crítica de los responsables de la ciencia, la técnica, la economía e incluso la política se ha tentado con la idea de actuar como demiurgos, dioses capaces de dominar, transformar y orientar todo lo existente.
Pero con imperturbable insistencia, fenómenos naturales, catástrofes originadas en la corrupción oficial y privada, accidentes provocados por errores humanos, asesinatos colectivos debidos a atentados fundamentalistas o a guerras injustificables, nos ponen de cara a nuestra fragilidad.
Estamos ávidos de certezas y de seguridad. Nos las venden y las compramos. Vivimos en barrios cerrados, blindamos los autos, polarizamos los cristales, nos relacionamos en pequeños guetos donde el distinto se vuelve peligroso, sospechamos del otro, buscamos terapias que nos den respuestas terminantes para preguntas eternas, cada vez compramos un seguro distinto, como si con ello pudiéramos adquirir el futuro o la inmortalidad. Creamos un mundo intercomunicado hasta la exageración y, de a poco, tenemos miedo de vivir en él. Nos encerramos. Escuchamos a cualquier sirena cuyo canto nos diga que nada malo nos pasará, que estamos a salvo de la incertidumbre.
Sin embargo, la incertidumbre es inherente a la existencia, como la finitud, como el conflicto, como la diversidad. En el olvido de esto está el origen de muchas de las calamidades (políticas, climáticas, tecnológicas, sociales) que nos recuerdan nuestra vulnerabilidad y nos sumen en el temor. El propio Duby concluye su estudio con la convicción de que "el materialismo no satisface a la inmensa mayoría de la gente. Está en busca de algo más".
Si es así, ese "algo más" sólo puede atisbarse conectándose con el otro, reconociéndolo como semejante y no como peligro, enriqueciéndose en la diversidad, aceptando nuestra finitud, reinsertándonos en el universo como sólo una parte, distinta y necesaria, antes que como una totalidad ajena a él, construyendo y actuando una escala de valores centrada en el amor (plasmado en actos de empatía y solidaridad, en realizaciones antes que en palabras). Somos frágiles y tenemos miedo. Eso es parte de nuestra esencia. Y de nuestra riqueza. Desde esa aceptación podremos buscar, más allá de lo momentáneo y lo fugaz, la razón de nuestro estar y el sentido de nuestro ser.




