Nuestra crisis de valores
Por Pacho O´Donnell Para La Nación
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LA civilización occidental experimenta hoy una crisis de valores sólo comparable con la catástrofe axiológica que signó la larga decadencia del Imperio Romano, con la diferencia de que, mientras en aquel momento eran los valores paganos los que declinaban, hoy se encuentran en crisis justamente aquellos que los sustituyeron, los cristianos.
Los valores tienen sobre la vida humana una incidencia mucho más profunda de lo que solemos admitir. Prescindiendo de la cuestión filosófica acerca de su naturaleza, su carácter objetivo o subjetivo, etcétera, tan apasionadamente debatida durante la primera mitad del siglo XX por filósofos como Max Scheler, lo cierto es que la vida humana sólo se estructura en referencia a valores y es orientada por ellos. No es exagerado decir que la historia del hombre es la historia de los avatares de sus valores.
La dimensión espiritual, la honestidad, el estudio, la fe en el futuro, la constancia, el ahorro, la solidaridad, la sensibilidad artística no son categorías que hoy garanticen el "éxito" tan publicitado hoy en nuestra sociedad. Las vías para alcanzarlo son otras, y éstas se apartan sin culpa de lo ético. El antiguo ideal de ser héroes ha sido sustituida por el de ser poderosos, sea como fuere y cualquiera que sea el costo que el prójimo deba pagar.
Los pensadores posmodernos ofrecen testimonio, de modo cínico (Lipovetsky) o desgarrado (Vattimo), del desmoronamiento de este abigarrado mundo de creencias y principios morales, derrumbe a veces clamoroso, en otras inaudible. Un dinámico entramado que llega a su fin sin que nos sea dado todavía vislumbrar entre sus ruinas el esbozo de una nueva configuración, de una nueva organización de la vida. "Hemos llegado demasiado tarde para los dioses y demasiado temprano para el ser", decía Heidegger hace años, meditando sobre las palabras del poeta Hölderlin: "¿Para qué poetas en tiempos de penuria?"
Llamados a la ética
¿Permaneceremos impasibles ante la amenaza de que los nuevos vectores sean los del lucro y la fama, cimientos de una sociedad de mercado que necesita "clientes" en vez de personas?
Todas las épocas en que se descompone una constelación de valores son épocas de corrupción. La magnitud del problema es tal que no parecen suficientes los meros llamados a la ética. "En el peor de los casos, la palabra ética se utiliza sólo como eslogan, y en el mejor, no indica más que un malestar y una interrogación" (Castoriadis). La queja ineficaz ante el espectáculo de la corrupción sólo sirve para convencer del atractivo de su impunidad.
La corrupción no surge de la maldad intrínseca de ciertos individuos o corporaciones. Esto fue bien comprendido por el primitivo cristianismo que, ante la moral declinante del Imperio, apuntó al pecado original, comprendiendo que, cuando valores antaño vigentes ya no rigen, las conductas se desvían hacia un egoísmo elemental que desemboca en la depravación.
Cuando se plantea hoy la cuestión de los valores, de su evidente crisis, lo primero es guardarse de ser vana e hipócritamente "edificante", porque esto contribuye a lo que se pretende denunciar. No es por la vía de insípidas moralinas o vacíos e infatuados discursos admonitorios, reveladores de una narcisista complacencia intelectual, como podremos enfrentar exitosamente la crisis. Además, no es difícil percibir en algunos políticos, periodistas y organizaciones el anhelo de constituirse en referentes de "lo moral" para así obtener réditos traducibles en votos, en rating o en donaciones.
La crisis de valores que sufre el mundo occidental presenta en la Argentina dramáticas y acentuadas características propias, enlazadas con una formación social endeble cuyos modelos identificatorios fueron siempre lábiles, por no decir fallidos, borroneados en la laxitud y el enmarañamiento de nuestro imaginario colectivo.
De la queja a la acción
Por eso la crisis cala tan hondo entre nosotros y, lo que es más grave, muy en particular en nuestra clase dirigente. No sólo la política, que por su injustificable e impresionante deterioro parecería cumplir también con el papel de "chivo expiatorio" que disimula la corrupción de los estamentos empresariales, periodísticos, deportivos, religiosos, culturales, etcétera.
Como toda crisis, la actual es superable y, como acostumbra decirse, también una oportunidad. Se impone hacerse cargo con extrema seriedad de que esta crisis no es de los otros sino de cada uno de nosotros; esto ayudará a sustituir la queja hipócrita por la acción reparadora, que aun en su humildad será inmensa. Esto era claro para Teresa de Calcuta, a quien alguien le preguntó (no extrañaría que fuese un argentino) si creía que atendiendo a algunos menesterosos en la India iba a cambiar el mundo: "Yo no pretendo eso, lo que yo anhelo es ser útil a Carlos y a Luisa". Es así como se cambia el mundo.
En el documento que los obispos argentinos dieron a conocer no hace mucho, se acepta el desafío de ir elaborando y expresando en todas las esferas de la vida social nuevos valores, algunos de los cuales parecen despuntar tímidamente en las generaciones más jóvenes: la integridad que apunta a la coherencia entre lo que se muestra y lo que se es y, también, una solidaridad a años luz de la denigrante actitud benéfica y basada en un sincero amor al prójimo.





