Nuestra tortura criolla: adaptación de infantes

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
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10 de marzo de 2009  • 02:19

Me encuentro por la calle con mi sobrino Javier, el típico padre joven que corre de un empleo a otro para mantener la casa, alimentar y educar a sus tres hijos. Lo veo como siempre pero peor: demacrado y exhausto.

- Estamos en un mes muy difícil - me explica - ...porque mi mujer y yo debemos ir todos los días, a las 8 de la mañana, al jardín de infantes, con nuestra hijita menor, Clara. Es la salita de tres.Debemos acompañarla para que el cambio sea paulatino. No podemos dejarla bruscamente con tantos desconocidos.

- ¡Pero Javier! Esos desconocidos son solamente otros diez o veinte niñitos de la misma edad y la maestra, seguramente adiestrada para manejar a criaturas...

- ¡No! La asistencia de los padres es obligatoria. Y no sólo la mamá. Los dos. La mamá y el papá.

Parece ser que, por tratarse de un colegio de gran categoría, los padres deben hacer esfuerzos adicionales, cuestión de merecer el honor de que sus niños sean admitidos en semejante institución. Yo pensaba -antes- que los colegios de mayor categoría brindaban mejores servicios y toda clase de comodidades.

Pero no. Se ha creado una nueva institución, denominada "Adaptación al Jardín de Infantes". Consulté a una estricta docente con treinta años de experiencia sobre este particular y me contestó con aire indignado: "¡Por supuesto! Esto está contemplado en el Reglamento Oficial de los Jardines de Infantes de la Provincia de Buenos Aires. Los padres deben concurrir junto a sus hijos y permanecer dentro del aula con ellos, compartiendo los juegos que la maestra vaya desarrollando, y así durante un mes..."

¡Un mes! En la vida de los pobres padres actuales, atosigados de empleos y obligaciones, un mes resulta eterno. He sabido que en algunos jardincitos alcanza con que vaya la madre, pero si ella no puede (porque es médica, azafata o costurera y debe trabajar como todo el mundo) deberá concurrir la abuela, o una tía, o el abuelo. ¡Alguien de la familia debe estar allí como referente adulto, para que el niño no llore!

Como los jardincitos no disponen de instalaciones para adultos, un abuelo de 70 años y 100 kilos deberá sentarse en esos sillines de miniatura y compartir el trencito, la ronda de los duendes o "la Escondida".

Cada vez que padres, madres o abuelos protestan contra este nueva institución, son severamente amonestados por las maestras jardineras, que son unas chiquillas de 20 años:

- ¡Señora, usted debe compartir la escolarización de su hijo! Esto no es un depósito de chicos...

- ¡Señor, usted no puede sacarse de encima a sus hijos de esta manera! Esto no es una guardería...

- ¡Señores padres, ustedes deben participar, deben interesarse en las vivencias de sus hijos!

¿Que sabrán estas muchachitas de lo que deben o pueden hacer los pobres padres, en un mundo que nos ha dejado sin tiempo?

Me dicen que en Chile no se hace ninguna adaptación. No lo consideran necesario. Tampoco en Canadá o en los Estados Unidos, donde la famosa adaptación es responsabilidad de los colegios y parvularios, en los cuales hay una proporción de diez alumnitos por cada maestra, con una asistente especializada en niños con problemas de aprendizaje.

¿Será un invento argentino, la adaptación?

Por de pronto, recuerdo haber llevado a mi hijo mayor a un jardincito (en España, hace muchos años) donde el pobre lloraba y pataleaba por no quedarse solo, es decir, sin su papá y su mamá. Pero la maestra me decía:

- Váyase pronto, señor. En cuanto el niño deje de verlo, dejará de llorar.

Hubo un tiempo distinto. Hubo otra forma de hacer las cosas. Mis padres nunca estuvieron ni cinco minutos en la Escuela Modelo Número 4 General San Martín de Ramos Mejía, donde cursé el primario, y mucho menos en el Colegtio Nacional de Buenos Aires, donde atravesé seis años de secundario. No estaba bien visto que los padres entraran a las escuelas. Tenía mal olor. O bien intentaban "acomodar al nene", o bien los habían convocado por una falta grave, merecedora de expulsión.

Recuerdo incluso que los adustos porteros del Nacional impedían la entrada de alguna mamá chismosa o padre entrometido, al que preguntaban secamente:

- ¿Qué necesita, señora? ¿A quien busca, señor? ¿Tiene audiencia con alguien?

Sencillamente, se partía de la base de que la educación era una responsabilidad de los docentes y estos se hacían cargo, tanto si el niño tenía tres años como si tenía quince.

Todos los seres humanos, cuando nuestra mamá nos ha dejado solos con la maestra del jardín, teniendo tres añitos, hemos llorado un rato. Y punto. A los diez minutos, antiguamente, se terminaba completamente la adaptación.

La familia impartía su magisterio en casa, a través del clásico dúo: la Ley en papá, la Ternura en mamá. Y en la escuela o colegio se aprendían cosas útiles y se afrontaba un mundo menos amable, más exigente. No era un depósito de niños ni una guardería ( o sí, ya que papá y mamá tenían que trabajar para alimentar a la prole, de manera que dejaban a los niñitos en manos confiables) sino una institución que se hacía responsable de educar a las personas para que pudieran vivir en sociedad.

Naturalmente, es duro para una maestra jardinera manejar a cinco o diez chicos de tres años que lloran al mismo tiempo. Hay que correr de un extremo de la salita al otro, con los nervios crispados y los oídos perforados, consolando a uno y aleccionando a la otra. Pero también es duro ser colchonero, violinista, policía u odontóloga. Sólo se trata de hacer cada uno su trabajo sin embromar demasiado al prójimo.

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