Obra reunida de un santo patrono del teatro
Arthur Miller fue un dramaturgo esencial de la segunda posguerra del siglo pasado. Integra junto a Eugene O'Neill y Tennessee Williams la santísima trinidad del teatro norteamericano. Comprometido hasta la médula con los problemas colectivos de su tiempo (la guerra de Vietnam y la caza de brujas emprendida por McCarthy, sobre todo), cultivó un realismo crítico de fuerte acento social no exento de una penetrante mirada psicológica.
Su dramaturgia, ahora compilada en Teatro reunido (Tusquets), incluye títulos que marcaron a las futuras generaciones y algunos de los cuales fueron popularizados por el cine: Todos eran mis hijos, La muerte de un viajante, Las brujas de Salem, Panorama desde el puente y Después de la caída. Miller, que ganó un Pulitzer y un Príncipe de Asturias, se hizo célebre por dos hechos muy distintos: corroboró que era la suya una vigorosa voz moral cuando se negó a traicionar a sus colegas comunistas, y fue pareja de Marylin Monroe. Lo esencial es lo que ahora regresa y perdurará para siempre: su teatro.




