Odios

Fernando Sánchez Zinny
Fernando Sánchez Zinny PARA LA NACION
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30 de junio de 2002  

"Los hombres que actuamos en política despertamos grandes amores, pero también hay sectores que nos odian."

(Del ex presidente Carlos Menem.)

La naturaleza aborrece el vacío, se dice. En todo caso, quienes sí aborrecen el vacío son los hombres a cuyos oídos ha acercado sus maravillosas palabras la vocación, pues es notorio que les da tirria el solo saber de una posición sin ocupante, de una silla vacía, o de un pantalón sin piernas, a la vez que les inspira un deseo incontenible de cambiar esas situaciones. Sienten, además, un odio exuberante y necesariamente omnidireccional, proyectado no sólo contra esos espacios vacíos sino también contra los restantes seres humanos que experimenten semejante aversión.

Lo importante es que el amor hacia sí mismo sea más fuerte que el odio ajeno. Abandonado en medio de una maligna selva tropical, Menem se va abriendo camino. A machetazo limpio abre una picada entre plantas carnívoras, líquenes cuyo contacto ulcera las carnes, helechos que bordean el trayecto hacia la demencia. Con ojos extraviados inquiere en el verde infinito de la foresta y ve más allá de ésta: allí donde concluye esta "selva oscura" están los grandes amores, tan reales como Dios y no menos inalcanzables.

Aunque la dupla conceptual que propone el ex presidente tiene un inconveniente, y es que, en realidad -y mal que le pese al diccionario- amor y odio no son antónimos. No se puede definir al segundo como una mera ausencia del primero: el pétalo de la margarita que corresponde a "nada" no equivale a odio. Y en la práctica -y los políticos deben saber esto mejor que nadie- generalmente son sentimientos simultáneos y coincidentes. Ustedes comprenden: el odio no es sino un amor malhumorado, cuando no una envidia admirativa. Y el amor apenas un odio famélico que ha aprendido las ventajas de no hacerse mala sangre. En todo caso, en el relativismo esencial en que viven los que saben vivir, estas semiverdades funcionan. Sonriente, con un mohín de displicencia, en verdad indiferente, hace un gesto amigable a los grandes amores y desvía la mirada de los sectores que lo odian.

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