Otra historia universal de la curiosidad

Víctor Hugo Ghitta
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24 de abril de 2016  

Alberto Manguel cuenta en el espléndido Una historia natural de la curiosidad, el libro que presentó ayer en Buenos Aires, un viaje de infancia que le hizo comprender que su destino irremediable sería, como el de los hombres de ciencia, los filósofos y los niños, explorar aquello que es ignorado y preguntarse fatalmente por qué.

Tenía unos ocho o nueve años, vivía en el barrio de Belgrano y cierta tarde quiso desviarse del camino que, bajo una arboleda frondosa, lo conducía diariamente de la escuela a su casa, un trayecto no muy largo en el que reconocía las señas de esa cartografía tan familiar y que tanto lo tranquilizaba: el almacén, la librería, el caramelero, una puerta siempre entreabierta por cuya hendija solía ver en el fondo de un patio el maniquí de un sastre. Esa tarde eligió seguir un atajo desconocido, quizá contagiado por la fascinación que le habían producido los relatos de Sherlock Holmes que tan tempranamente leyó, o tan solo impulsado por el hechizo que provocan en los niños la aventura y el misterio. Después de unos cuantos minutos en los que deambuló por esas calles para él extrañas con jubilosa turbación y asombro de forastero, quiso regresar, pero no pudo hacerlo. Aún se siente conmovido cuando evoca el sentimiento de placer y zozobra que hace más de cincuenta años suscitó en él la idea de aventurarse en un mundo diferente del que le ofrecían los libros de su biblioteca. Cada volumen encerraba un destino incierto y por eso apasionante. "Tal vez fue en ese momento -escribe hoy el lector de Borges- cuando, por primera vez, concebí el futuro como un lugar que albergaba los finales de todas las historias posibles." Debieron transcurrir unos cuantos minutos hasta que aquel niño perdido encontró la salida de ese encantado laberinto. "Cuando finalmente vi mi casa -concluye Manguel- lo sentí como una decepción."

Leía una de estas tardes esa obra deslumbrante, que una y otra vez vuelve a la Divina comedia de Dante, cuando llegaron a mis manos unos ejemplares muy breves de la colección de El maestro ignorante. Son cinco o seis volúmenes que reproducen una serie de conferencias y ensayos acerca de temas de índole muy diversa. Algunos de esos libros comparten un prólogo que cuenta sucintamente el origen de esa expresión con raíces en la pedagogía y la filosofía. En 1987 se apropió de esa idea, que parece encerrar una contradicción, el pensador Jacques Rancière, quien retomó la experiencia de Joseph Jacotot, un pedagogo y revolucionario francés que a comienzos del siglo XIX pregonó la igualdad de las inteligencias. En el corazón de ese credo reside una idea verdaderamente provocadora: para el maestro ignorante, la experiencia de no comprender es esencial, entre otras razones porque ese aparente desconocimiento conduce al territorio siempre fértil de los enigmas y a la formulación de nuevas preguntas. El maestro ignorante se dirige siempre al niño (y al niño que llevamos dentro pese al paso inevitable de los años) que todo lo interroga movido por la curiosidad. La primera línea de ese texto recuerda que le debemos a Montaigne esta idea: enseñarle a un niño no es llenar un vacío, sino encender un fuego.

El mundo suele estar hecho, también, de luminosos azares. En Una historia natural de la curiosidad, Manguel dice del gran filósofo del Renacimiento y creador de los célebres Ensayos que es una de sus grandes amistades literarias. Entre las razones de esa camaradería están la franqueza con la que Montaigne manifiesta su ignorancia y su inexpugnable sentido de la interrogación. Ambos están unidos, además, por el gusto por los libros. El autor de Una historia de la lectura cuenta que su amigo del siglo XVI, toda vez que se veía frente a su vasta biblioteca, se comparaba a sí mismo con una abeja: tomaba las mejores ideas de los distintos autores que la poblablan con el mismo propósito con que ese insecto extrae el polen para elaborar su propia miel.

Manguel, que como el maestro ignorante sabe de sobra que la curiosidad y la interrogación nacen en la infancia, advierte que raramente esos dos estados de la mente y el espíritu proporcionan respuestas absolutas. "Descubrimos muy pronto -escribe- que la curiosidad pocas veces es recompensada con respuestas significativas y satisfactorias, sino más bien con un deseo cada vez mayor de formular nuevas preguntas, y con el placer de dialogar con otros. Como todos los inquisidores saben, las afirmaciones tienden a aislar; las preguntas unen."

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Mientras escribí este texto escuché: Sign o' The Times, Prince; News, Prince; Mothership Connection, Parliament Funkadelic

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