Pacelli, un gentil justo

Por Néstor Tomás Auza Para LA NACION
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1 de noviembre de 2002  

La figura de Pío XII ha merecido la atención de historiadores y especialistas en la Segunda Guerra Mundial, dada su situación de actor de primer nivel en el período que se extiende de 1917, cuando se desempeña como nuncio en Baviera, hasta octubre de 1958, cuando fallece. Más allá de los méritos que se le reconocen como papa excepcional en sus difíciles tiempos, su figura no siempre sale indemne en la valoración de su desempeño en relación con la tragedia del Holocausto.

El papa es enjuiciado por haber guardado "un prudente silencio" que, en opinión de los críticos, no hizo más que favorecer la muerte de millones de judíos. Se atribuye ese supuesto silencio a la existencia de un papa débil, temeroso, simpatizante de los nazis y sólo preocupado por resguardar la Santa Sede. Tales críticas no son nuevas y se reiteran a lo largo de los últimos cuarenta años, siendo el punto de partida la obra del escritor alemán Rolf Hochhuth El vicario (1964). En los últimos años ha reabierto el debate el libro de John Cornwell cuya tesis se expresa en el título: El papa de Hitler. Historia secreta de Pío XII (1999), que ha gozado de amplia difusión.

Por su parte, la Santa Sede ha dado a publicidad, a fin de adelantar documentación, que el próximo año serán librados al público los doce volúmenes de Actas y documentos relativos a la Segunda Guerra Mundial , editados entre 1965 y 1981, de los que los estudiosos han hecho uso en los últimos años.

Nada de leyenda negra

Los historiadores más documentados sostienen que los católicos no deben sentirse culpables por la actuación del papa, ya que éste obró de la mejor forma posible. Tampoco parecen necesitarlo, pues la abundancia de testimonios provenientes de las filas judías y el aporte de la documentación analizada con espíritu de justicia los releva de esa ingrata confesión.

Poco después de concluida la guerra, en septiembre de 1945, Giuseppe Nathan, comisario de la Unión de Comunidades Judías Italianas, manifiesta su "agradecimiento al Sumo Pontífice, a los religiosos y las religiosas que, siguiendo las directrices del papa, no han visto en los perseguidos más que hermanos y con valor y abnegación han realizado una acción inteligente y eficaz, a pesar de los gravísimos peligros a los que se exponían". En esa misma fecha, Pío XII recibe a Leo Kubowitzki, secretario general del Congreso Judío Mundial, el cual le expresa su "más sentido agradecimiento por la acción realizada por la Iglesia Católica a favor del pueblo judío en toda Europa durante la guerra".

Producida la muerte de Pío XII, Golda Meir, entonces ministra de Asuntos Exteriores de Israel, envía un elocuente mensaje de condolencias en el que expresa: "Cuando el terrible martirio se abatió sobre nuestro pueblo, la voz del Papa se elevó a favor de las víctimas". Albert Einstein escribe en The Tablet , de Londres: "Sólo la Iglesia se pronunció claramente contra la campaña hitleriana que suprimía la libertad. Hasta entonces, la Iglesia nunca había llamado mi atención, pero hoy expreso mi admiración y mi profundo aprecio por esta Iglesia que, sola, tuvo el valor de luchar por las libertades morales y espirituales". El rabino de Nueva York, David Dalin, criticando la obra de John Cornwell, manifiesta que " ningún otro papa ha sido tan magnánimo con los judíos".

Bastan estas pocas referencias para demostrar que no hay lugar para una leyenda negra respecto de Pío XII. ¿Es posible que tantos líderes del judaísmo hayan carecido de información o se hayan equivocado? ¿Es posible que el papa haya demostrado simpatía por los nazis y reciba al mismo tiempo el agradecimiento del pueblo que fue perseguido por aquéllos?

Un antecedente lejano pone de manifiesto la actitud del futuro papa Eugenio Pacelli hacia los judíos cuando, en 1917, siendo nuncio en Baviera, hace gestiones en Berlín para evitar la masacre judía que planea realizar el líder turco Dachomal-Pascha. En 1937, según el historiador Peter Gumpel, le cabe una importantísima tarea en la redacción de la célebre encíclica de Pío XI "Mit brennender Sorge", que implica una clara condenación del racismo como filosofía.

El rabino norteamericano David Dalin, analizando las intervenciones de Pacelli en Alemania, registra 44 discursos pronunciados entre 1917 y 1929 y de ellos 40 denuncian los peligros de la ideología nazi emergente. En 1935 Pacelli escribe una carta abierta al obispo de Colonia, en la que denomina a los nazis "falsos profetas con la soberbia de Lucifer".

En marzo de 1939 es elegido sucesor de Pío XI y en octubre hace conocer su primera encíclica, "Summi Pontificatus", que supone una explícita condenación de la ideología pagana de la raza. Hitler comprende el mensaje e impide su publicación y circulación, y recrudece la persecución de judíos y católicos cuestionadores. Ya para esa fecha, Pío XII es considerado un enemigo del nacionalsocialismo hitleriano.

Las actitudes mencionadas no condicen con la tesis de un pontífice que guarda "silencio" y mucho menos que tiene simpatías por los nazis. De haberlas tenido, no se hubiera prestado a condenar el nazismo, y tampoco a arriesgarse, como lo hizo, a mediar ante la Cancillería británica transmitiendo la propuesta de un grupo de generales alemanes encabezados por Ludwig Beck de tomar prisionero a Hitler y aun eliminarlo, con la condición de que Inglaterra celebrase una paz honrosa con Alemania, intento que se frustró por la desconfianza y exigencias inglesas.

Lo que hizo y lo que no hizo

El "silencio" a que hacen referencia los críticos no ha existido en Pío XII ni tampoco en los prelados alemanes, polacos, franceses y holandeses. Pero hay algo que el papa no hizo: pronunciarse en una declaración pública de alcance internacional y de contenido condenatorio. No lo hizo y en esto se centra la crítica, sin que los cuestionadores quieran ver el conjunto de las declaraciones y de la conducta del pontífice.

La conducta del papa tiene explicación sabiendo que ambos litigantes internacionales, el nazismo y sus adversarios, presionaban ante el pontífice con el objeto de lograr igual tipo de declaración, pero con sentido diverso. Mientras el nazismo pretendía obtener una cruzada contra el comunismo, los adversarios de Hitler aspiraban a una declaración contra el nazismo. La Santa Sede, fiel a su conducta de imparcialidad, consideró innecesaria esa declaración, ya que ambas filosofías habían sido condenadas por ser igualmente erróneas, paganas y perjudiciales para la humanidad.

Si bien la prudencia aconseja al papa no avanzar en esa dirección, existen razones prácticas surgidas de la experiencia que aconsejan evitar esa manifestación solemne. Muchas voces llegan a la Santa Sede solicitando que el pontífice calle públicamente a fin de estar libres para salvar vidas judías y católicas. Los obispos polacos invocan también no hacer declaraciones públicas ante la experiencia de la conducta del invasor y, más aún, piden que tampoco se efectúe queja pública por el asesinato de su clero por los nazis, pues ello produciría mayores males. Igual pedido hacen obispos holandeses, alemanes y franceses. Semejante es el consejo que ofrece el presidente del Congreso Central de los Judíos de Francia al arzobispo de París, monseñor Pierre Gerlier, y de igual modo obran las Iglesias Evangélicas y el Comité Internacional de la Cruz Roja. Roberto M. Kempner, fiscal por parte de los Estados Unidos en el juicio de Nuremberg, expresa al respecto: " Cualquier acción de propaganda inspirada en la Iglesia Católica contra Hitler habría sido un suicidio y habría llevado a la ejecución de muchos más judíos y cristianos". Lo que los críticos juzgan como el "silencio" del papa no es más que una estrategia para evitar males mayores y un medio para facilitar una labor subterránea de servicio a los perseguidos.

La personalidad de Pacelli, experimentado en el manejo de la política exterior de la Iglesia, no es ni parece ser la de un papa de Hitler, sino un estratega laborioso y sutil que vincula a todos los hombres de buena voluntad para trabajar por la paz y la defensa de la dignidad humana con el gesto de una amplia caridad hacia los hombres. En su vida no hay "silencios", sino gestos que hablan con más elocuencia que las palabras. Insistir en los cargos de un papa débil frente a los nazis y que permanece ajeno al Holocausto parece no resistir la avalancha de los documentos que los desmienten y desconocer el testimonio de los que saben descubrir su actuación en el tablero de la guerra europea y de los que recibieron su protección. No es dudoso que la verdad se imponga y llegue el día en que se lo reconozca como un héroe del Holocausto, un "gentil justo".

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