Pan y fútbol casi gratis
Luis Gregorich Para LA NACION
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El pan, a dos pesos con sesenta y cuatro el kilo, según las últimas cifras del Indec. El fútbol por televisión abierta, gratuito para todos. ¿Realidad o fantasía? ¿Logro virtual o política social democratizadora?
Vayamos por partes. Una rápida recorrida por las panaderías y supermercados del barrio -Caballito, para más datos, típico enclave de la clase media- mostró un desacuerdo francamente tenaz con las estadísticas oficiales.
Nada que hacer: siete u ocho pesos por kilo es lo que hay que pagar a estos comerciantes inescrupulosos, poco sensibles ante el verdadero precio que tiene el pan.
Ese es el tema, que los ciudadanos de a pie no entendemos. Lo que el Gobierno difunde es el precio acordado, no lo que cualquier hijo de vecino paga en un mostrador, y a cambio se lleva la mercadería. ¡Hay que tener en cuenta la "metodología" empleada!
Lo que ya está acordado -¿quizá por el secretario de Comercio, Guillermo Moreno?- es lo que tiene verdadero valor moral, no la miserable pretensión de elevar a categoría universal la suma desmedida que nos requiere un panadero de barrio a cambio de un kilo de miñones.
Extendiendo el beneficio de los "precios acordados" también a la carne, la leche y las papas -para no ir más lejos-, nos instalaremos en una sociedad del bienestar, en la que los sueldos alcanzarán holgadamente para llegar hasta fin de mes, y hasta se podrá vivir aceptablemente con las jubilaciones y los subsidios sociales, siempre en los términos del acuerdo alcanzado.
Vale la pena recordar una escena de El rey de la colina , una excelente película norteamericana de 1993 dirigida por Steven Soderbergh, sobre la Gran Depresión en los Estados Unidos, en la que el protagonista, un chico de once años que ha quedado solo y sin recursos en un cuarto de hotel, dispone sobre un plato vacío una serie de recortes de una revista de gastronomía, con fotos de apetitosas comidas, y se apresta a "comer" los papeles seleccionados. Así podrían construirse magníficos almuerzos y cenas con fotocopias de los "precios acordados".
Otra entidad tiene el fútbol por televisión abierta, porque ése sí ha empezado a llegar a todos los hogares y ha merecido la exaltada defensa de los voceros oficialistas, que ven en esta medida un extraordinario avance en materia de universalidad y democratización comunicacional.
Antes de todo comentario, quiero decir que me gusta el buen fútbol, que no tengo una mirada elitista sobre este deporte y que reivindico una militancia de casi sesenta años como sufrido hincha de Racing Club, causa en la que me acompañan algunos de mis mejores amigos y también algunos personajes a los que respeto, pero de los que prefiero estar lejos.
Recuerdo con nostalgia al maestro Rubén Bravo, algo lento y pesado, pero que de golpe, con un preciso pase de cuarenta metros a un compañero, definía un partido.
Sin embargo, no puedo aceptar que el Estado desvíe de las políticas sociales seiscientos millones de pesos, o más, para financiar una actividad que figura entre las más corruptas del país y que debería autofinanciarse con facilidad, una práctica que fomenta la rivalidad y las oposiciones ciegas e irracionales, un ejercicio de barras bravas asesinas y de violencia en los estadios que ha alejado a mucha gente.
Y quizá la Presidenta, a menudo embarcada en una compartible política de género, no ha reparado en que, apoderándose con clara intención demagógica del fútbol por televisión, adopta una posición machista frente a un deporte que sólo gusta (seamos sinceros) a la mitad masculina de la población.
Ni a mi mujer ni a mi cuñada ni a mi hermana ni a ninguna de las mujeres que conozco les ha hecho especial gracia la transmisión reiterativa y en continuado, los viernes, sábados y domingos, de horribles partidos que sólo testimonian la decadencia de una práctica deportiva arruinada por el hiperprofesionalismo, el sueño de los euros en España o Italia o la pesadilla de los chicos que nunca llegarán a estrellas, hostigados por sus padres.
El único modelo de fútbol reciente digno de ser seguido, que fue el del Huracán que dirige Angel Cappa, ya ha sido descuartizado por las obvias ventas al exterior.
Por eso, dígase de nuevo: un solo banco de escuela y una sola cama de hospital valen más que toda la brutal inversión para transmitir fútbol.
Y en cuanto al pan de dos pesos con sesenta y cuatro centavos el kilo, seguiremos buscándolo, con inevitable escepticismo, en las panaderías de Caballito.


