
Para educarte mejor
Por Carlos Alberto Montaner
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MADRID.- Ana Botella, la mujer de Aznar, el presidente del gobierno español, se ha metido de cabeza en el problema más importante de la enseñanza: fomentar la capacidad de lectura de los niños, estimular entre ellos el debate sobre los valores morales y dotarlos de capacidad expresiva. Para lograr estos fines ha editado un libro con cien cuentos clásicos cuidadosamente analizados. La obra se llama ƒrase una vez: los mejores cuentos infantiles comentados , y en su índice pueden encontrarse prácticamente todas las narraciones que conocimos en nuestra infancia: desde Barba Azul , de Perrault, hasta El príncipe feliz , de Oscar Wilde, pasando por La fosforerita , de Hans Christian Andersen. Naturalmente, hay autores españoles, como Alejandro Casona, Fernán Caballero y Samaniego.
El propósito es que un adulto con paciencia y afecto -los padres o abuelos son los ideales- se siente con el niño y le lea la narración, o se la escuche, si éste ya sabe leer, para lo cual, como en los guiones de teatro, hay indicaciones de tono y modulación: por ejemplo, "léase simulando sorpresa" o "dígase con energía". El propósito no es sólo potenciar la destreza en la lectura, sino también en la comunicación oral. Se trata de retomar un arte que se ha ido perdiendo en la enseñanza, quizá por falta de tiempo: la recitación. Pérdida que tiene consecuencias muy negativas para los jóvenes porque no hay rasgo que perfile más la personalidad que la habilidad expresiva. Quien es capaz de expresarse con soltura y transmitir sus puntos de vista clara y elocuentemente proyecta una personalidad atractiva, absolutamente conveniente en cualquier transacción humana: desde enamorar a otra criatura para robarle un beso hasta conseguir un mejor empleo.
El asunto, pues, es muy serio. Una de las pocas certezas que existen en el terreno de la psicología es la de la milimétrica correspondencia entre el nivel de vocabulario y el cociente de inteligencia. Una hipótesis propone que los niños naturalmente más inteligentes tienen un mayor vocabulario y dominan estructuras sintácticas más complejas, pero lo contrario parece más probable: los niños que adquieren un vocabulario más amplio y se exponen a conversaciones de cierta importancia, desarrollan un nivel más alto de inteligencia. Y lo que supuestamente prueba la segunda hipótesis es el resultado de las mediciones entre los hijos únicos: el promedio suele ser mayor. ¿Por qué? Porque al relacionarse constantemente con adultos, estos niños aprenden palabras y modos de comunicación más elaborados, lo que potencia el desarrollo de su inteligencia.
Si los psicólogos conocen, sin la menor duda, la relación entre dominio de la lengua e inteligencia, los pedagogos también saben algo fundamental: es posible enseñar valores. La justicia, la compasión, la bondad, la tolerancia o el sometimiento a las reglas son valores que se aprenden. Como también se aprenden los antivalores: la injusticia, la crueldad, la maldad, la intolerancia o el desprecio por las normas. Unos y otros se pueden aprender imperfectamente de una forma espontánea, por observación e imitación, de manera acrítica, o se puede llegar a ellos mediante el análisis racional de situaciones concretas. Esto último es lo aconsejable: formar moralmente a los niños para que desarrollen comportamientos que contribuyan a su propia adaptación a la sociedad y a su felicidad individual. Es obvio que siempre habrá algunas personas incapaces de distinguir el bien del mal o, lo que es más grave, gentes a quienes no les importa la diferencia entre lo uno y lo otro, pero ese tipo de psicópata constituye una ínfima minoría con la que hay que convivir hasta que sus actuaciones los lleven a la cárcel o al manicomio, de acuerdo con el grado de enajenación que padezcan.
Por otra parte, esa intensa educación moral, exactamente igual que el aprendizaje de la lectura, la escritura y la comunicación oral, tiene que efectuarse muy temprano, durante la niñez, y antes de que la adolescencia dé sus primeros trallazos hormonales. No es por gusto que los judíos colocaban el inicio de la etapa adulta a los 13 años y los romanos a los 14. Habían descubierto que más allá de esa frontera es bastante difícil la modificación de la personalidad. Lo importante es acercarse al niño en la etapa primera de su vida, cuando es una esponja, y a base de ternura, sentido común y buenas razones, mientras se lo divierte con historias entretenidas, ir moldeándolo como una persona responsable y buena, inclinada a la solidaridad y al respeto por los otros seres humanos.
Francamente, al libro de Ana Botella no le veo más que ventajas. Como la política es el reino de las zancadillas y de las bofetadas, alguna crítica malévola ya llevo leída, pero no se puede ser la mujer del presidente y esperar la benevolencia de la prensa. Hay un cuento de Boudin -que no está en la antología de Botella, por cierto- en el que un rey, en su propio caballo, lleno de buenas intenciones, les lleva comida a los pobres de otra comarca vecina. La comida no alcanza y los pobres le comen el caballo al buen monarca, quien debe quedarse para siempre en la miseria y en tierra ajena. La moraleja es que no siempre se reciben recompensas por las buenas acciones. Supongo que a estas alturas Ana Botella debe de haber aprendido esta lección.




