
¿Para qué sirve pensar?
Por Mario del Carril Para La Nación
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WASHINGTON
A fin de cada año se reúne en alguna ciudad del este de los Estados Unidos la convención de la Asociación Filosófica Americana, la agrupación gremial que sirve en principio a unos ocho mil filósofos profesionales del país. Durante dos o tres días, estos hombres analizan y discuten de todo. (Hay muy pocas mujeres entre ellos. En Estados Unidos la filosofía es la carrera humanística con menor participación femenina. La carrera que sigue en menor participación de la mujer es la historia.) Al ver tantos filósofos juntos, en su mayoría académicos, porque el filósofo esta básicamente circunscripto a la institución académica donde enseña e investiga, surge naturalmente la pregunta: ¿para qué sirve la filosofía?
Una respuesta que no por repetida es más convincente rescata la filosofía por ser una actividad que forma el carácter, desarrolla las virtudes y agudiza la inteligencia. En una palabra, la filosofía es edificante.
Michael Dummett en el prefacio a Philosophy of Language , el primer tomo de su trabajo sobre el filósofo matemático Gottlob Frege, cuenta que Frege en su diario expresa opiniones abominables contra "el sistema parlamentario, los demócratas, los liberales, los católicos, los franceses y, ante todo, los judíos, que pensaba que deberían ser despojados de sus derechos políticos y preferentemente expulsados de Alemania".
Dummett agrega que estas opiniones de Frege le produjeron espanto, porque al haber estudiado en detalle la obra de este filósofo había llegado a reverenciarlo como un hombre absolutamente racional. Dummett descubrió que un hombre absolutamente racional era malo y que la filosfoía, aun cuando fuera ejercida con esmero y talento, no es edificante.
Frege fue el inventor del Begriffsschrift (escritura conceptual), escribió el Fundamento de la aritmética y fue víctima de una de las paradojas más famosas y fértiles de la lógica matemática: vivió entre 1848 y 1925 y se escribía con Bertrand Russell (inglés), Giuseppe Peano (italiano), Ludwig Wittgenstein (austríaco) y otros. Era una persona tan amplia en sus comunicaciones filosóficas como torcida en lo político y ético. Dummett cree que Frege es el "abuelo" de la filosofía analítica.
Martin Heidegger, el pensador alemán, que muchos creen filósofo y que pocos se atreverían a calificar de "absolutamente racional", y que ha ejercido una influencia extraordinaria en varias escuelas no analíticas del siglo XX, también nos muestra que su filosofía no edifica. Cuando Hitler llegó al poder, Heidegger dijo que la revolución nacionalsocialista era "un nuevo acto -bienvenido- en la historia del ser". Su biógrafo Rüdiger Safranski escribe que Heidegger explicó y justificó a Hitler "filosóficamente", introdujo motivos filosóficos para el nacionalsocialismo y construyó un escenario filosófico imaginario y completo para el bochorno alemán de aquellos tiempos.
Para el pensamiento de Heidegger, la racionalidad encubre, y lo que revela la realidad son los actos fundantes del ser-ahí ( Da-sein ): importa lo que se hace auténticamente. En la década del 30, Heidegger se alejó de su amigo Karl Jaspers, seguramente porque la mujer de Jaspers era judía; desconoció a su maestro Edmund Husserl, al que le había dedicado su obra principal, Ser y tiempo , y en la reedición del libro de 1940 eliminó la dedicatoria, seguramente porque "ellos" le dijeron que había que hacerlo porque Husserl era judío, y, como rector de la Universidad de Freiburg, arruinó la carrera de alguno que otro discípulo y colega demócrata o liberal.
El poder de las ideas
Estos ejemplos muestran que la filosofía no tiene por qué edificar, sea o no racional. Lo contrario tampoco es cierto, pero obviamente por el camino de la edificación no se encuentra la relevancia de la filosofía para el mundo de las cosas.
Esa relevancia la encontramos en cambio en la defensa que Lord John Maynard Keynes hace, con el revés de su mano, de la efectividad de los intelectuales en el mundo de los hechos. En una frase muy citada, y referida específicamente a economistas y filósofos políticos, pero que abarca generosamente a todos los escribientes, incluyendo a los filósofos, dice Keynes: "Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto cuando son acertadas como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que se entiende comúnmente. En realidad, el mundo se gobierna con poco más que esas ideas. Los hombres prácticos, que se creen apartados de cualquier influencia intelectual, generalmente son esclavos de algún economista ya muerto. Los locos que llegan al mando, que escuchan las voces en el aire, destilan su frenesí de algún escribiente académico del pasado reciente. Estoy seguro de que el poder de los intereses se exagera enormemente cuando es comparado con la filtración gradual de las ideas."
El siglo XX ofrece una variedad de estas infatuaciones de los hombres prácticos con ideas que los esclavizan: el comunismo, el nazismo y hasta el liberalismo fueron invocados desde el poder para vedar, por razones de partido, Estado o mercado, el análisis crítico, constructivo y responsable de las ideas vigentes.
Si no hubiera existido la obra del filósofo Karl Marx, no sería imaginable el siglo XX tal como fue. Y si esto es cierto -y no conozco un argumento que lo refute-, ¿acaso no fueron las ideas de Marx, equivocadas o acertadas, tan relevantes para el curso de la historia del siglo pasado como fue la máquina de vapor en el siglo XIX y la lanzadera volante en el siglo XVIII?
Miradas las cosas de esta manera, la capacidad de reflexionar crítica y analíticamente -filosóficamente- sobre las ideas que influyen en un entorno político-económico tiene que ser útil para las personas y la sociedad para que estas no sean esclavizados por un pensamiento muerto o moribundo. La filosofía entonces es útil, y relevante, porque abre la posibilidad de cuestionar un orden -¿moda?- intelectual constituido. De modo que la filosofía debiera siempre estar a mano como instrumento de liberación del hombre práctico de las ideas que la filosofía misma ha creado.
Ahora bien, la capacidad de ejercer el análisis crítico y constructivo no es algo que se compre ni alquile. Es algo que depende directamente del individuo. Es el hombre práctico el que debe decidir si se somete a una idea sin analizarla o estudiarla objetivamente en función de sus intereses y los intereses de la comunidad. Por lo tanto, la filosofía y los filósofos no son útiles como son útiles la publicidad y los publicistas, el derecho y los abogados, la economía y los economistas. La filosofía es útil, y aprovecha a quien la usa, cuando es ejercida personalmente y abiertamente. De lo contrario, es propaganda.
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