
Para un argentino, ¿nada peor que otro argentino?
PERON solía decir que “para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”. Pero en 1973, cuando volvió al país, propuso otra consigna: “Para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”. De viejo, Perón había entendido.
¿Qué había entendido? Que el principal obstáculo de nuestro desarrollo ha sido la intolerancia. Ella descendió sobre la Argentina inicial con la guerra entre federales y unitarios. La Generación de 1837, con Alberdi a la cabeza, entendió que el mal del país no eran ni los unitarios ni los federales sino la fobia entre ellos. Al alzarse contra el odiador y odiado Rosas, Urquiza promovió la paz entre los argentinos bajo el lema “ni vencedores ni vencidos”. Había nacido la tolerancia. De ella surgieron el Acuerdo de San Nicolás, la Constitución de 1853 y la Generación del Ochenta que nos dio cincuenta años de inigualado progreso.
Pero la intolerancia nos volvió a visitar en el siglo veinte, con la fobia entre conservadores y radicales primero y con la fobia entre peronistas y antiperonistas después, sembrando el país de golpes militares y retroceso económico. En los años setenta, la reconciliación de Perón y Balbín cerró la herida entre el peronismo y el antiperonismo pero fue desbordada por el odio entre la ultraizquierda terrorista y la derecha militar hasta que en 1983 renació, pacificada, la democracia.
En 1983, tanto los conservadores y los radicales como los peronistas y los antiperonistas habían olvidado sus querellas. Los militares volvieron a los cuarteles. La ultraizquierda depuso las armas. Sin embargo, al país pacificado no le volvió el progreso. Al contrario: las cifras de la pobreza y la indigencia que hoy nos abruman no tienen precedente. Si el mayor obstáculo a nuestro progreso era la intolerancia y la habíamos vencido, ¿cómo explicarlo?
Las intolerancias
Junto con la envidia y el resentimiento, la intolerancia es una de las hijas predilectas del odio. En el campo político, una máxima preside sus embates: que hasta la ruptura de las reglas de la democracia es admisible para impedir que el otro, el odiado, el demonio, obtenga el poder.
La demonización del otro es la condición de la intolerancia porque sólo si lo demonizo podré justificar su exclusión. Pero hasta 1983 sólo habíamos conocido una clase de intolerancia, que llamaríamos binaria. La Argentina se dividía siempre en dos: medio país demonizaba al otro, y viceversa.
Hay sin embargo una segunda clase de intolerancia mediante la cual, en vez de demonizar al otro por pertenecer a la facción demonizada, se lo condena por él mismo. En vez de “la intolerancia” padecemos, en este caso, las intolerancias: miles o millones de pequeños odios individuales.
El impacto conjunto de estos “miniodios” puede ser tan letal como la intolerancia binaria. A la inversa de los grandes odios del pasado, la suma incalculable de “odios-hormiga” es la que detiene, hoy, nuestro progreso. Para un argentino, ¿no hay nada peor que algún otro argentino? Cruzada por una epidemia de odios-hormiga, la Argentina ya no opera como una unidad colectiva. La hemos herido con una nube de mínimas flechas.
Marcándonos hombre a hombre a través de una serie de duelos individuales, nos estamos convirtiendo en una sociedad caníbal. Esto está ocurriendo en los más diversos campos pero, para ilustrarlo, basta fijar nuestra mirada en el campo político. Si el respeto al otro lo caracterizara, el debate político sería un choque incruento de argumentos sobre lo que es mejor para el país. Pero hoy no se busca refutar sino descalificar al adversario.
El odio a Menem es el más notorio de nuestros odios políticos. Ningún antimenemista odia a un menemista sólo por serlo, como en tiempos del combate entre peronistas y antiperonistas. Lo odia, lo demoniza, únicamente a Menem. ¿Es posible que un solo hombre sea el que vendió la investigación por la masacre de la AMIA por diez millones de dólares, el que contrabandeó armas a Ecuador, el que paga agitadores para que saqueen el 20 de diciembre, el que saboteó el acuerdo con el FMI a través del embajador Guelar y el que induce a la Corte Suprema a hacer estallar el país mediante la redolarización, todo al mismo tiempo? ¿Es posible tanta maldad? Lo es, con esta única condición: que Menem sea un demonio.
Pero la demonización de Menem es sólo la más notoria entre otras muchas. ¿Alguien ha refutado las propuestas de gobierno de Carrió? No, sus adversarios se concentran en su persona. Que es una mística irracional, que es caprichosa, que es desaliñada, que es “zurda”… De Rodríguez Saá, sus enemigos dicen que es un demagogo, un exaltado, un irresponsable. Sin embargo, Rodríguez Saá, Carrió y Menem presiden las encuestas. ¿A estos tres demonios se han reducido nuestras opciones? Si dejáramos de verlos como demonios, examinaríamos serenamente sus propuestas.
Cada discurso de la campaña política no busca refutar sino destruir al otro. Cada vez que llamamos a un rival “corrupto”, “zurdo” o “fascista”, no lo estamos refutando. Lo estamos descalificando. Estamos preparando el terreno para desconocer su victoria y sabotear su gobierno. Es lo contrario de lo que han hecho los brasileños con Lula o que éste mismo hizo cuando eligió como compañero de fórmula a uno de los principales empresarios brasileños. Es que lo que más les importa a los brasileños no es odiar al adversario sino amar al Brasil.
“Piensa mal…”
Hemos personalizado la contienda política. Cuando Lavagna quiere distanciarse de Pignanelli, en vez de refutarlo insinúa que sirve a la banca privada. Lo descalifica. Cuando Duhalde quiere criticar a Fayt, no refuta su opinión en la Corte sino afirma que, por senil, debería haberse retirado hace tiempo.
Quizá la raíz de nuestro mal consista en que, por efecto de miles de acusaciones cruzadas, los argentinos hemos terminado por hacer nuestro el refrán “piensa mal y no errarás”. El otro, sólo por serlo, resulta sospechoso. Pero véase cómo refutó este refrán Jaime Balmes en su clásica obra El Criterio: “Esa máxima perniciosa, que se propone nada menos que asegurar el acierto con la malignidad del juicio, es tan contraria a la caridad cristiana como a la sana razón. En efecto: la experiencia nos enseña que el hombre más mentiroso dice mucho mayor número de verdades que de mentiras, y que el más malvado hace muchas más acciones buenas que malas. El hombre ama naturalmente la verdad y el bien, y no se aparta de ellos sino cuando las pasiones lo extravían. Infiérese de ello que tomar la malignidad como garantía de acierto es tan irracional como si, habiendo en una urna muchísimas bolas blancas y poquísimas negras, se dijera que las probabilidades de salir están en favor de las negras”.
Quizá nuestro verdadero mal no es que probablemente tengamos más bolas negras que otros países impolutos como Nueva Zelanda, sino que al desconocer que aun así ellas están en minoría frente a las bolas blancas hemos creado entre tantas acusaciones cruzadas un clima donde el otro es culpable a menos que demuestre lo contrario. ¿No deberíamos rendirnos un día ante la dulce tentación de la ingenuidad y empezar a pensar bien unos de otros? Cuando expulsemos de nuestras almas el veneno de la “malignidad del juicio”, la Argentina reverdecerá.




