Paradojas del Banco de la Nación
Por Ramiro de Casasbellas
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El Banco de la Nación Argentina acaba de celebrar su 107º aniversario, y el Gobierno se ha comprometido ante el Fondo Monetario Internacional -según los anuncios del lunes 14- a transformarlo en una sociedad anónima, lo que supone habilitar el camino hacia la privatización buscada desde 1997, a pesar de las censuras recibidas, entre ellas, las del propio partido oficialista: hace un mes, trece diputados del justicialismo plantearon una iniciativa destinada a prohibir por ley la venta del BNA.
Sin embargo, en este polémico vaivén, que opone a los muchos adversarios de la privatización y a sus escasos defensores, se ha olvidado y se continúa olvidando un aspecto esencialísimo del litigio: la historia misma del banco.
Porque el BNA es un banco oficial como consecuencia de la deserción del sector privado, y no por deseo ni forzamiento del Estado. La ley 2841, del 16 de octubre de 1891, que autorizó su creación, dispuso que el capital de 50 millones de pesos se integrase con 500.000 acciones de 100 pesos cada una, que serían "ofrecidas a suscripción pública".
Un liberal acérrimo
Hasta tanto se llenara la suscripción, el capital sería aportado por el Estado a través de la Caja de Conversión recién fundada (7/8/1890), con una emisión de billetes inconvertibles, y el BNA, regido por un directorio provisional. Una vez colocadas las acciones, el BNA devolvería el aporte de la Nación -que entretanto garantizaba sus depósitos y emisiones de moneda-, y los accionistas elegirían el directorio regular de la institución, cuyo presidente correspondía designar siempre al Poder Ejecutivo, con acuerdo del Senado.
El BNA quedó instalado el 26 de octubre de 1891, por el presidente de la República, Carlos Pellegrini, autor de la iniciativa, y su ministro de Hacienda, Vicente Fidel López, ex revolucionario del 90 y sólido defensor de la idea. Por último, el BNA inició sus operaciones el martes 1º de diciembre, en el reciclado edificio del Teatro Colón (Reconquista y Rivadavia) , en el que funcionaba el Banco Nacional, ahora en liquidación.
En su discurso de apertura, Pellegrini sostuvo: "Reconozco que este banco se funda contra la opinión que flota en torno a ciertos círculos, donde beben muchos su inspiración, pero los intereses de la República Argentina no los abarca un círculo, y puedo aseguraros que la opinión verdadera, en la República y su capital, es favorable a la nueva institución".
"Este banco se funda únicamente en servicio de la industria y el comercio", dijo Pellegrini, que recomendó se atendiera a "un gremio que no ha merecido hasta hoy gran favor en los establecimientos de crédito y que es, sin embargo, digno del mayor interés [...] los pequeños industriales".
Pellegrini estaba en lo cierto: acérrimo liberal, había acudido al Estado para subsanar el desastre ocasionado por el liberalismo, especialmente con el sistema de los bancos garantidos, que llevó al cierre del Banco Nacional de 1873 y del de la Provincia de Buenos Aires, el más antiguo del país (1822), más cinco bancos particulares. Pero confiaba en que el mercado terminase por hacerse cargo de la nueva institución bancaria.
Sin embargo, el mercado no respondió a la convocatoria de Pellegrini. "Se buscó el capital por todas las formas posibles, ofreciendo todos los halagos que podía solicitar -dirá, en 1896, el ahora senador Pellegrini-; se llegó hasta declarar que si el capital extranjero venía a fundar bancos en estas condiciones, se le daría los privilegios que pidiera. En aquellos momentos, tristes y oscuros, todo fue inútil."
Una señal concreta, a menudo ignorada, de la situación de entonces, fueron las conversaciones mantenidas por el gobierno con el ministro norteamericano en Buenos Aires, John R. G. Pitkin, para que "los capitalistas de Estados Unidos abran el Banco de la Nación", según comunica Pitkin al canciller James Blaine, el 1º de junio de 1891 -doce días después del ingreso en el Senado de la iniciativa creadora del BNA-, por medio de un telegrama cuyo costo "lo paga el gobierno argentino", como se esmera en destacar.
"La Gran República"
Los acuerdos celebrados en Londres por una misión argentina, enviada por Pellegrini, para salvar de la caída a la Baring Brothers & Co., habían desatado en el verano de 1891 un "intenso sentimiento antibritánico" en Buenos Aires, indicaba a sus superiores el ministro de Su Majestad. Las banderas inglesas colocadas en la Plaza de Mayo para los festejos de la Revolución de 1810 "fueron destrozadas por argentinos bien vestidos, circunstancia que puede servir para mostrar la corriente del sentimiento público", se alarmó The Standard de Buenos Aires.
De ahí, sin duda, el giro de Pellegrini hacia los Estados Unidos, que Pitkin defiende con ardor, ya que se trata de "una oportunidad excepcional para establecerse firmemente". La Argentina, añade, es "un país de ricos recursos y de necesidades que se multiplican" y deposita "su mayor fe en «la Gran República», como nuestro país es llamado aquí"; además, los capitalistas norteamericanos "podrían en sustancia imponer sus propios términos, sin interferencia gubernamental".
Pero las condiciones enunciadas por "la Gran República", en el otoño de 1892, son inaceptables aun para el magnánimo Pellegrini: los norteamericanos aportarían 100 millones, el doble, a cambio de que el BNA fuese conducido por un directorio norteamericano y tuviera el dominio absoluto del crédito en la Argentina. Aquí, pues, terminaron las negociaciones.
Mientras tanto, no había logrado el BNA colocar ni una sola de sus acciones. La suscripción de la primera serie, por 10 millones de pesos, fue dejada sin efecto el 30 de junio de 1892, porque, no obstante las prórrogas establecidas, nada se había obtenido. Si en 1873 el 65 por ciento de las acciones del Banco Nacional puestas a la venta fueron suscriptas en diez días, veinte años después no bastaron siete meses para cubrir el 20 por ciento del capital del BNA.
Ante la oposición del mercado -esos "ciertos círculos" denunciados por Pellegrini-, el BNA continuó operando como banco de Estado, sin serlo, gracias a la "opinión verdadera" aludida por su fundador, esto es, la gente del común.
Patrimonio del Estado
Y aunque desde 1899, el diputado mendocino Julián Barraquero trató de oficializar el BNA, tan sólo en 1904 pudo ser modificada la situación institucional del banco (ley 4507, del 30 de septiembre). Así, al cabo de trece años, el 1º de enero de 1905, el BNA iniciaba su existencia legal como banco de Estado. Dos años y medio más tarde, en 1907, acrecía su capital en 50 millones de pesos.
Al defender en el Senado, en 1896, la creación del banco, Pellegrini -ya lo he citado- sostuvo que en la búsqueda de capitales, nativos y extranjeros, "todo fue inútil"; pero añadió: "casi puedo decir hoy que felizmente, porque el BNA hoy forma parte indisoluble de nuestro organismo económico".
Acaso la paradoja del 107º aniversario del Banco de la Nación Argentina es que, en términos históricos y más allá de conveniencias y necesidades, quienes se oponen a la privatización honran al más vigoroso y sabio de los liberales de entonces y al público que ayudó a formar el BNA, en tanto que quienes abogan por la venta censuran a Pellegrini en honor del mercado, que se desentendió del BNA.
(c) La Nación El autor fue director de la revista Primera Plana y subdirector del diario La Opinión.



