
Pascua, la fiesta judeocristiana
Pesaj o Pascua; coincidentemente, este año judíos y cristianos celebran una fiesta comunitaria de hondo sentido espiritual. Han sido estos días jornadas de reflexión, de oración, de reencuentro, de reconciliación, que si particularmente conmueven y comprometen a los creyentes no suelen dejar impávidos a aquellos que, sin participar de la creencia religiosa, se muestran dispuestos a la interpelación y a los interrogantes que surgen a la conciencia de la propia condición humana.
Como está prescripta en el Pentateuco, la finalidad original de la celebración es que los padres transmitan a los hijos la historia y las enseñanzas del éxodo de Egipto. El relato es simple y claro, tal como lo expresa el texto bíblico, y el primer elemento de ese mensaje es la consagración de la libertad del individuo como esencia indispensable para su vida. "El esclavo no puede servir a Dios. Sólo el que es dueño de su tiempo y de sus acciones se halla en condiciones de ir en pos de Dios", dice el rabino Abraham Skorka, rector del Seminario Rabínico Latinoamericano, en unas reflexiones especialmente escritas para la Pascua judía, cuya celebración se extenderá hasta el jueves próximo.
Desde esa lectura judía, no es la propuesta por la Biblia cualquier clase de libertad; no es meramente la ausencia de un amo que coarta las acciones e iniciativas individuales. Implica, además, superar aquellas pasiones que esclavizan al ser impidiéndole expresarse con criterios constructivos, con amor.
Así, el mensaje bíblico enseña que se es libre cuando, por sobre todas las cosas, se rinde tributo al Ser absolutamente espiritual que ha insuflado en cada individuo una chispa de su divinidad. "La insatisfacción, el descontento, la desesperación por escapar de la realidad mediante drogas y un sinnúmero de artilugios que terminan por destruir al ser, son la consecuencia de una realidad en la que Dios no se halla presente pues el hombre sigue esclavizado, ya sea por su prójimo, ya sea por sus pasiones o por los modismos a los que se deja arrastrar", sostiene Skorka.
Fue en el marco de una cena de Pascua -solemnemente evocada por los cristianos en la noche del último jueves- que Jesús legó a sus discípulos su mandamiento nuevo de fraternidad y, según proclama la fe católica, horas antes de ser detenido y crucificado instituyó dos sacramentos: el de la Eucaristía y el del sacerdocio.
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Para los católicos, la inminencia de la celebración del jubileo del 2000 ha conferido una resonancia particular a la Pascua de este año, que culminó ayer al memorarse la Resurrección, el misterio central de la fe cristiana. Así se evidenció en todas las prédicas y en muchas de las prácticas de la rica liturgia mediante las cuales se recuerdan los misterios centrales de la fe. No faltaron referencias al jubileo en las prédicas de Juan Pablo II, en Roma y en las que aún resuenan en tantas otras partes, sean catedrales o capillas.
Aunque se trata de una práctica tradicional de los católicos -no la celebran ni los ortodoxos ni los protestantes-, el Papa ha insistido siempre en el carácter universal del jubileo del 2000. Así, ha propiciado la búsqueda de acuerdos ecuménicos para la celebración compartida porque el jubileo tendrá más sentido para todos si se consigue testimoniar al mundo la decidida voluntad de todos los discípulos de Cristo de conseguir lo más pronto posible la plena unidad.
Habrá algunas ocasiones propicias para esa exteriorización ecuménica. La apertura de la Puerta Santa en la basílica de San Pablo se realizará, precisamente, en la vigilia de la semana de oración por la unidad, a principios de enero. Para el segundo domingo después de la próxima Pascua, en el Coliseo de Roma, está prevista la conmemoración de los mártires de la fe cristiana de este siglo. Y, además, está aún abierta la posibilidad de un encuentro pancristiano sugerido por el Papa y cuyo lugar natural de celebración sería Tierra Santa.





