
Pensamiento mafioso
Por Orlando Barone
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UN jefe beduino del desierto no planea nunca el día siguiente. Su estrategia es el instinto. Y si garabatea alguna clave en la arena la va borrando con el dedo a medida que la retiene en la memoria.
Los árabes creen -dice la leyenda- que si piensan el sentido de los pasos que van a dar al otro día, cuando se duermen podrían hablar en sueños y así alertar al enemigo. Ciertas tribus beduinas tienen hábitos y cultura de enigma. Esa actualizada palabra que se da por nacida en Sicilia a fines del siglo pasado y que quiso decir "morte alla Francia Italia anela" tuvo su origen en el antiguo mundo árabe. Mafia empieza antiguamente en el desierto queriendo decir "vanagloria", que a su vez nace de "vano, vacío", pero se va transformando hasta derivar en "desvanecerse, desaparecer, hacerse invisible". Mafia surge de una inquietante idea árabe.
Como ilustrando esa interpretación, Lawrence de Arabia, en la biografía que le dedica Richard Graves, medita y describe el modo en que puede conducir a sus beduinos al triunfo: "...Supongamos que nos convertimos en una influencia, en una idea, algo intangible, invulnerable, sin guardia ni retaguardia, que flota sin consistencia, como el aire..."
Por eso el comportamiento de la mafia copió lo inasible; entremezclada en el poder convencional acaba siendo todo. Y todo, para la ley, ya no es nada.
Los criminales y delincuentes comunes, en el momento de cometer su iniquidad son conscientes que corren el riesgo de ser atrapados. Los mafiosos no. Son ellos la ley; los que la escriben y legislan, los que la ordenan y la hacen cumplir, y la profanan. Los miembros de la mafia son invisibles como tales. Sus caras más notorias, las que salen en la televisión o los diarios, pasarían naturalmente el modelo de un perfil ciudadano cualquiera. Cuando Hollywood elige a los actores que harán papeles de mafiosos no privilegia rostros y físicos que tontamente se delaten culpables de sólo verlos. Brando, Pacino, de Niro y Robert Duvall, por citar unos pocos notables mafiosos imaginarios, son ejemplos de individuos comunes. El peligro que infunden sus personajes viene de adentro no de afuera.
"Mira -se lee en Los tontos mueren , de Mario Puzo-, nosotros podemos arreglar las cosas con el gobierno federal, con nuestros abogados y con los tribunales; tenemos jueces y tenemos políticos. De una u otra forma podemos resolver las cosas... Un buen político de los nuestros seguirá en su puesto diez años. ¿Por qué sólo diez? Porque será demasiado rico para seguir trabajando". Puzo habla de Las Vegas, pero la imagen podría ampliarse a un país y uno darle a ese país el nombre que desee.
Cuando un mafioso es descubierto y a la mafia le resulta riesgoso defenderlo o esconderlo, lo entrega o lo mata. Al del primer caso lo convencen de que una purga en la cárcel le garantiza al menos la vida. En el caso de los más infortunados, los que ya no tienen forma de salvarse, creen al morir sacrificados que salvan al menos a sus familias. En la Argentina, la proporción de personas de origen árabe que la habitan -un 1%- adquirieron un número aviesamente desproporcionado en los escándalos: Al Kassar, Pharaon, Saadi, Rodríguez Saa, Seineldín, Falak, Ibrahim, Yoma, Jassan, Yabrán, etcétera. También es desproporcionado el nivel de abundancia que tienen en puestos de la mayor importancia en los tres poderes del Estado: el Ejecutivo, el Legistativo y el Judicial. Tendencia escogida desde las urnas por la decisión de una sociedad en su mayor parte criolla, itálica e hispánica, con el aporte de la inocente mayoría de la comunidad árabe ajena a la agraviante nombradía que acabaría por deshonrar a algunos de sus paisanos.
Es extraño, pero el célebre arabesco del arte oriental no recurre a figuras humanas ni de animales. La filigrana no acepta rostros, ni ojos, ni huellas.
En el cuento de Borges Los dos reyes y sus dos laberintos se ve cómo perderse en el desierto árabe es un suplicio superior al de extraviarse en un laberinto. Sarmiento, en su Facundo , compara la geografía de La Rioja con la de Palestina: las une el desierto. Aunque hoy las separa un aeropuerto y un mercado colosal de aceitunas. Y más adelante escribe: "...Cuando predomina una fuerza extraña a la civilización, cuando Atila se apodera de Roma, o Tamerlán recorre las llanuras asiáticas, los escombros quedan; en vano iría después a removerlos la mano de la filosofía..."
¿Qué escombros morales dejará aquí la mafia? Seguramente esto no cuenta en el balance de logros económicos. El resultado numérico es siempre cínico: no figuran allí vísceras ni almas. El FMI no vive en la Argentina.
Aquí se ha lanzado la iracundia de que quienes sospechan que el suicidio es un asesinato tienen pensamiento mafioso. El mensaje pretende que los muertos dudosos sean enterrados sin dudas. A lo mejor sería lo adecuado, se evitaría el horror de las autopsias y todo seguiría igual que si las hubieran practicado.
Un pobre tipo colgado de una antena solitaria es un símbolo actual. La antena es la comunicación y el ahorcado es alguien arrancado del circuito de la palabra que revela y condena. Muerto -según la ley del desierto- no corre más el riesgo de hablar en sueños.
Ya había hablado demasiado, despierto.





