
Peronismo: ¿incorregible?
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Jorge Luis Borges dijo una vez que los peronistas no son buenos ni malos, sino incorregibles. El genial escritor anticipaba, con humor, un dato sociológico que hoy vuelve a estar en la base del proceso político argentino: la dificultad del partido justicialista para desprenderse de la estructura rígidamente personalista y vertical con que nació a la vida pública y adecuarse a los requerimientos de un sistema de organización horizontal que privilegie el respeto a las decisiones institucionales.
La crisis política que se ha desatado en el país por el empecinamiento de un sector del justicialismo en impulsar una nueva reelección del presidente Carlos Menem _que la Constitución actual prohíbe expresamente_ tiene un trasfondo inocultable: la suma de obstáculos con que tropieza el movimiento justicialista cuando advierte que se avecina la hora de dirimir sus liderazgos internos.
Nacido a la sombra de un jefe político absoluto e indiscutido, que no sólo le dio su nombre sino que le imprimió el sello de su caudillismo personalista avasallador, el peronismo enfrenta el problema de la sucesión en el ejercicio del poder con una ansiedad que refleja su peculiar naturaleza histórica. Se trata de un movimiento en el que la realidad fáctica derivada de la existencia de un líder o conductor cuyas órdenes no se cuestionan ejerce una influencia decisoria más fuerte que la que pueden llegar a generar los factores organizativos de orden institucional.
Sin desconocer los aspectos positivos de un movimiento político que, con la conducción de Carlos Menem, fue capaz de acompañar una loable transformación de las estructuras económico-sociales del país, la erradicación del problema endémico de la inflación, el saneamiento y la apertura de la economía y la eliminación del irracional estatismo que la asfixiaba, no cabe duda de que el justicialismo sigue encontrando fuertes resistencias interiores para despojarse de su anacrónico sistema de conducción, basado en la obediencia sistemática a un único jefe y conductor.
Si la posibilidad de una nueva reelección de Menem se mantiene abierta, ello se debe a que el movimiento no ha podido elegir todavía su fórmula presidencial para los comicios del 24 de octubre. Y no la ha podido elegir porque, más allá de lo estrictamente formal, lo que está en discusión no es la simple elección de un candidato a presidente sino algo aún más sustancial: la jefatura de un movimiento que, por su naturaleza, no admite la coexistencia de dos o más liderazgos. De ahí las sucesivas postergaciones de la elección interna presidencial.
La democracia argentina necesita que el justicialismo produzca un cambio sustancial en su sistema organizativo, de modo que el partido, sin desmentir su mística o su adhesión emocional a la figura de su fundador y a su propia historia, se desprenda definitivamente de su tendencia al verticalismo y al acatamiento incondicional de una determinada jefatura.
Los partidos políticos son herramientas necesarias de la democracia. Para eso es imprescindible que adopten una estructura dinámica y moderna, en la que cada vez pesen menos los caudillismos hegemónicos. En la medida en que el justicialismo fortalezca su régimen institucional y democratice su organización interna estará en mejores condiciones para proponerse a la opinión pública como alternativa responsable de poder sin necesidad de exponerse a crisis de impredecibles consecuencias cada vez que la rutina de un acto eleccionario abre la posibilidad de que la conducción partidaria cambie de manos.





