Peter Pan y los adultos
Santiago Bellomo Para LA NACION
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En el siglo XXI ya nos hemos habituado a que ciertos jóvenes ya adultos se permitan dilatar su adolescencia, amparados en un estilo de vida lleno de derechos, pero ligero de responsabilidades. La década del 80 nos describió este fenómeno, al que algunos psicólogos denominaron síndrome de Peter Pan. Hoy puede verse una nueva faceta de este proceso cuya causa no debe buscarse en los adolescentes, sino en lo que sucede en la mente de los adultos.
Para muchos, la adolescencia ha dejado de ser una etapa temida, para convertirse en un paradigma de plenitud vital. Y el que haya gente madura que se identifica con actitudes propias de esta etapa revela la debilidad que está experimentando el mundo adulto. La "adolescentización" masiva es un síntoma de una crisis, en la que han contribuido las ideas de la posmodernidad.
Algo ha cambiado en la fisonomía de la nueva generación de padres y adultos. Días atrás, una maestra de sexto grado relató, azorada, una conversación mantenida con una madre que le suplicaba: "Te pido que le digas a mi hija que no puede pasar tanto tiempo chateando con sus amigas. A mí ya no me obedece, y todos en casa tenemos derecho a chatear". Esta mezcla de ruego grotesco y prematura abdicación despertó la cólera de la maestra. "¿Qué esperan que hagamos con padres así?"
Los educadores convivimos diariamente con experiencias de este tipo. Es usual encontrarse con ciertos padres que, al tiempo que exigen de sus hijos más responsabilidad, madurez y disciplina, les ofrecen una permanente sobreprotección, recitando impávidos: "Yo a esa edad era igual" o "¡Que disfrute de esta etapa! Después, lo que le espera. ¡Pobre!" Y son cada vez más los padres que experimentan incomodidad ante las obligaciones y rutinas propias del modelo adulto "tradicional", y transmiten esta incomodidad a sus hijos.
Pese al criticismo de muchos intelectuales y terapeutas, que identifican esas actitudes con comportamientos regresivos y ficciones inmaduras, los nuevos "adultescentes" consideran estos cambios como verdaderas ganancias en términos de realización personal. Esta idolatría respecto de los teens no demuestra otra cosa que el desencanto respecto del ideal tradicional de adultez, al que buena parte de las nuevas generaciones se resisten a brindar devoción.
Es la misma idea de madurez que se asocia con un modo excesivamente estrecho de vivir. Descontentos con los ideales antiguos, los nuevos "adultescentes" buscan nuevos parámetros y formas de asumir lo cotidiano. Prefieren el estilo desacartonado e indómito a la dura disciplina. Privilegian el vínculo afectivo complaciente con los hijos por sobre la tutela más distante de la autoridad firme. Conviven con la incertidumbre y la fragilidad del pensamiento con más naturalidad que con las certezas. Se sienten a gusto con el cambio y la oscilación, antes que con la estabilidad monótona. Se consideran a sí mismos más semejantes y cercanos a los adolescentes que a los ancianos que les han precedido.
El proceso al que estamos asistiendo, por lo tanto, refleja un verdadero cambio de paradigma moral de nuestra cultura, un cambio que aún se encuentra en tránsito, y que tal vez nuestros hijos o nietos alcancen a vivir en plenitud. Los patrones de madurez están hoy en crisis, y no se percibe todavía un rumbo claro respecto de cuáles habrán de ser los nuevos parámetros de comportamiento.
Mientras tanto, el peso de esta crisis lo pagan los adolescentes, pues ellos, que necesitan de referentes y modelos sólidos para transitar con normalidad esta peculiar etapa evolutiva, encuentran en el mundo adulto un espejo magnificado de sus mismas conductas y se sienten desorientados. En este contexto, se explica el surgimiento de lo que designo "hiperadolescencia": las conductas propias de la edad se extralimitan y exacerban, a falta de rumbos claros y límites seguros.
Tal vez sea éste un buen momento para repreguntarnos qué ideal de madurez queremos asumir y qué tipo de sociedad queremos forjar. Es algo que debemos principalmente a los chicos, a aquellos que, incluso en sus borracheras, indisciplinas y rutinas descontroladas, piden a gritos una referencia clara y coherente.






