
Philippe Bourgois, la antropología como inmersión en mundos ajenos
Interesado en comprender cómo se relaciona el narcotráfico con la marginalidad urbana, este académico norteamericano vivió durante más de tres años en Harlem, en íntima convivencia con su objeto de estudio. El resultado de esa original investigación fue el premiado libro En busca de respeto Raquel San Martín LA NACION
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"Tú eres un negro bueno, Felipe". Philippe Bourgois, inconfundiblemente blanco y de rasgos europeos, escuchó al vendedor de crack alcoholizado al que ayudaba a llegar a su casa, en Harlem, y sintió que por fin había conseguido formar parte de ese universo.
No era consumidor, ni policía encubierto, ni asistente social -aunque con todos esos roles ya lo habían confundido-, sino un antropólogo que, empeñado en entender las lógicas del narcotráfico y la cultura de la calle en un barrio marginal neoyorquino, había tomado una decisión que muchos colegas consideraron criticable y sus amigos condenaron por peligrosa: vivir literalmente en medio de su objeto de estudio.
Desde 1985 y por tres años y medio, Bourgois se mudó a un departamento en la colonia portorriqueña de East Harlem, un barrio donde el crack hacía estragos. Allí, pasó tiempo en las "casas de crack" y con los vendedores, visitó sus hogares, conoció a esposas, hijos y familiares, festejó el Día de Acción de Gracias y Año Nuevo con ellos, vio robos y asesinatos desde su ventana, participó en reuniones comunales y entrevistó a los políticos locales. También escuchó los relatos de violaciones colectivas, una suerte de rito de iniciación para los jóvenes, y presenció la violencia contra los niños, dos instancias que le hicieron dudar de su papel como "observador participante".
De esos años allí -donde vivió con su mujer y nació su hijo- salió con, al menos, dos convicciones. Una, que la venta de drogas organizada, con sus códigos y las habilidades personales que demanda, es "la única fuente de empleo accesible para la gente del barrio". Otra, que, a pesar de eso, la intención de integrarse en el mundo legal no se abandona nunca. Desde afuera del sistema, los portorriqueños emigrados reproducían en la "cultura de la calle" el modelo norteamericano inaccesible, basado en el esfuerzo individual y la acumulación de dinero. "No son ´otros exóticos´ habitantes de un mundo irracional aparte, sino productos made in USA ", dice Bourgois.
Toda la experiencia se tradujo en En busca de respeto , un libro que se publicó en inglés en 1995 -hubo una segunda edición en 2002-, con más de 100.000 ejemplares vendidos, y que generó tantos aplausos y reconocimientos como polémicas en la academia de su país. Ahora, Siglo XXI lo editó en español y Bourgois lo vino a presentar a la Argentina. Después de la experiencia, aplicó esa misma metodología de inmersión para seguir sondeando la vida marginal de las grandes ciudades de EE.UU., e integra una corriente de autodenominados "antropólogos públicos", es decir, decididos a intervenir en los debates con sus investigaciones y no sólo a reproducir papers .
Crítico de su país, con el que dice tener una relación "contradictoria" -es hijo de padre francés y antinorteamericano-, cree que es urgente cambiar el enfoque que en EE.UU. se tiene sobre la pobreza, que suele verse como una decisión individual de quienes no han sabido aprovechar las oportunidades que da el sistema. "Hay que desmoralizar la discusión y hacerla más seria en torno a sus causas estructurales", dice.
Según contó a LA NACION -en un español con rasgos centroamericanos, donde lo aprendió-, llegó a Harlem intentando indagar la economía de supervivencia de los inmigrantes portorriqueños, fuertemente segregados. Pero ese "apartheid étnico y de clase" empezó a mostrar un rostro único: el crack, que recién ingresaba en esos barrios, cuya comercialización organizada y cuyo consumo fatal se convirtieron en la puerta de entrada y el eje central de su trabajo. Conoció a Primo, el vendedor que se volvió su amigo y le facilitó la entrada al barrio y sus habitantes.
Un vecino más
En ningún momento escondió su identidad de antropólogo. "Mi experiencia es que si uno cae en eso, el error se vuelve en contra. Y es mucho más interesante y fácil ser lo que uno es. Además, cuando yo explicaba lo que hacía, eso le parecía normal a la gente. Quieren hablar de lo que saben y están de acuerdo en que son interesantes", dice. "Cuando caminaba donde no me conocían, creían que era policía y me huían. Pero en mi propia calle hacía lo que hacía cualquier vecino: tenía un carro malo, lo reparaba, venía un vecino y me ayudaba. Me casé ahí. Todo eso me normalizó, aunque la gente me llamaba ´blanquito´", relata.
Bourgois habla de algunos de los personajes de su libro como "amigos" -a Primo, central en el relato, lo sigue visitando cada año, cuando vuelve a Nueva York desde Filadelfia, donde vive-, y narra situaciones que a otros investigadores podrían parecerles criticables: lleva a los chicos del barrio a un museo y a la casa donde él creció, en el Upper East Side; interviene en las conversaciones para criticar y contradecir a sus "informantes", se enoja con ellos, y hasta termina convocando inútilmente a los servicios sociales ante un caso de violencia sobre un chico.
"La magia de la etnografía es la empatía entre el antropólogo y las personas que estudia. Pero el límite no es nada claro, es fluido y requiere que se sobrepase para tener acceso a la información. Es necesario hacer amistad. Al mismo tiempo, aunque uno es un manipulador, que está siempre escuchando y analizando cada detalle, necesita relajarse, porque si está sobreanalizando al punto de no tener una relación normal, las personas no hablan de manera normal", dice Bourgois, y asegura que no temió incluir los efectos que su presencia causaba sobre el escenario que estaba estudiando.
En ese escenario, concluyó, "la venta de drogas es la única fuente de empleo accesible para la gente del barrio. Uno puede salir a buscar trabajo, pero enfrenta las barreras del racismo contra los portorriqueños y la falta del capital simbólico necesario para tener credibilidad". Sin embargo, cuenta, la venta de crack no es para cualquiera: requiere un capital cultural específico. "En la industria del crack todo el poder simbólico es para dar miedo, para ser machista, para ser efectivo y tener credibilidad como vendedor, hay que saber cuándo movilizar la violencia, cuándo no, cuándo tener miedo, cuándo no. Y requiere un capital cultural de la calle para hacerlo bien", explica.
En varios de sus trabajos, Bourgois ha insistido en la existencia de un "apartheid étnico y de clase" en EE.UU. en los 80 y los 90, en línea con otros investigadores. Pero ahora cree que esa segregación se está agravando en su país. "Desde los 80 hasta el presente las estadísticas muestran que la desigualdad y la pobreza han aumentado. Pero la segregación étnica siempre ha existido. Somos un país muy racista históricamente, y eso ha influido en cómo se formaron ghettos, la ansiedad en torno al color de la piel, la superioridad moral de una cultura sobre otra. Eso es fuerte siempre, pero ahora está en auge, porque estamos en crisis. Hay un pánico antilatino, con leyes como las de Arizona y proyectos que ya hay en otros estados, pero si la economía mejora, eso va a atenuarse. Durante los períodos de auge de la economía, la gente necesita trabajadores, y los mejores son los latinos. Hay una hipocresía muy fuerte", asegura.
Mirada desde el margen, sin embargo, la vida segregada muestra otras caras. Bourgois encontró tanta autodestrucción como "resistencia" en los habitantes del barrio. "Estos procesos no son lineales. Contradictoriamente, la marginación puede producir creatividad, como el hip hop, que es producto de no tener acceso a la clase media y sus formas culturales, y que crea otro universo y otro sentido de belleza y de valor. Pero a la vez se cae en la autodestrucción porque, irónicamente, se reproduce el modelo americano de superarse materialmente, dominar al otro, ser el empresario más grande", relata.
Después de la experiencia en Harlem, Bourgois se dedicó a estudiar la pobreza en EE.UU., por ejemplo, con los homeless que fuman crack y heroína en un campamento en San Francisco. Y ahora, en Filadelfia, trabaja en un barrio portorriqueño, para ver en él los efectos de la "cartelización" y la política de mano dura que se aplica particularmente contra los pobres y los inmigrantes.
Sus relatos del crack recuerdan a los que se hacen hoy sobre la devastación que produce el paco en la Argentina. Bourgois encuentra algo para recomendar: "Hay por suerte una cierta sabiduría popular en torno a drogas tan devastadoras. Golpean duro, pero los jóvenes ven golpeados a sus padres y hay cierta resistencia. Se debería tratar de promover ese sentido común popular. A más largo plazo, hay que enfrentar las causas estructurales y cambiar las formas de acceso al empleo legal. Cuando uno ve el ejemplo de EE.UU., es evidente que la mano dura no funciona. Hay que buscar otra estrategia."
© LA NACION
Quién es
Nombre y apellido: Philippe Bourgois
Edad: 53 años
El estudio de la marginalidad: Nacido en EE.UU. y criado en Nueva York, se ha dedicado a estudiar las drogas, la pobreza, la violencia y las tensiones étnicas en su país. En busca de respeto es su premiado trabajo sobre el crack en la comunidad portorriqueña de East Harlem.
Intervenir en la agenda pública: Actualmente trabaja en una comunidad portorriqueña del norte de Filadelfia y forma parte de un grupo de "antropólogos públicos" que promueven la intervención de los científicos sociales en los temas de la agenda pública ( www.philippe bourgois.net ).






