Picado grueso

Daniel Della Costa
Daniel Della Costa LA NACION
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26 de noviembre de 2009  

La admisión, por parte del jefe de Gabinete, de la presencia del hombre de la valija con los 800 mil dólares en la Rosada, en oportunidad de una visita del comandante Chávez al matrimonio presidencial, puede ser juzgada del modo que se quiera, pero tiene una virtud: la de descomprimir, tornándolo casi festivo, el clima crispado que se vive en el país. En gran medida debido a la prédica incesante de la prensa opositora, otro poco por estos bandidos que no cesan de robar, matar y secuestrar y otro poco más, pero muy poco, por el empeño puesto por los K en aprovechar el tiempo que aún les queda de mayoría en el Congreso para hacer aprobar las leyes que mejor les aseguren un tránsito suave y seguro hacia la reelección de ambos en 2011. A lo que también contribuyen algunos ministros y gentiles colaboradores, pinchadores de teléfonos, compradores de almas, piqueteros rentados, gremialistas supergordos, jueces de alquiler y demás artífices de este empeño sacrosanto.

Pero que el último de los Fernández (de aquel trío tan mentado) se haya visto privado, esta vez, de llamar salames a los opositores que insistían en que Antonini Wilson había estado en la Rosada en aquella oportunidad y haya reconocido que el video existía y no era trucho, así como el hecho de que este personaje se haya paseado por la Jaula Rosada como Pancho por su casa, después de haber dejado en las tiernas manos de la opulenta señorita Telpuk, una valija con una cantidad inmensa de dólares, eso sí que no tiene desperdicio.

Porque nadie -el tipo de barrio, la vecina del palier- se imagina que tales cosas puedan ocurrir, por ejemplo, en la Casa Blanca, en el Elíseo o en Buckingham. Pero no sólo allí. El filtrado de los asistentes debe ser mucho más fino y efectivo en sitios aún menos pomposos que aquellos.

Es muy difícil, por ejemplo, que en una disco de la Recoleta se deje pasar a un tipo que presuma estar empilchado de elegante sport, pero cuyas prendas huelan a outlet de Munro o a marca trucha de La Salada. Y lo mismo puede asegurarse que ocurrirá en un boliche o en una bailanta de Villa Fiorito o de Fuerte Apache, si quien pretende ingresar lo hace oliendo (de manera exagerada) a ese engendro etílico compuesto por fernet y bebida cola. Y mucho menos si lo que lleva al cinto no es un celular sino un bufoso o una tercerola. Y sin embargo el señor Antonini Wilson no sólo pudo entrar en la Jaula Rosada, rebosante de controladores implacables, sin ser registrado y, aparentemente, sin haber sido invitado, sino que además salió en todas las fotos. ¿Cómo lo hizo? Pues por la puerta grande, sin necesidad de chapear, ni de saltar los molinetes, como se hace para entrar a la cancha sin pagar. Algo verdaderamente inconcebible en la aherrojada Jaula Rosada, salvo que el encargado de controlar a las visitas estuviera distraído mirándole las piernas a la entonces primera dama de la República.

"Maestro -preguntó el reo de la cortada de San Ignacio- ¿cuándo fue que ese fulano se coló en la Rosada y el jefe de Gabinete se avivó dos años después? ¿Un 6 de agosto? ¡Listo entonces! Que ese día y para siempre, sea recordado en el país como el Día del Salame". "¿Fino o grueso?", le preguntaron. "Grueso, maestro, grueso", sentenció el reo.

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