
Pizza, birra, Maradona y Troisi
Por Néstor Tirri Para LA NACION
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NAPOLES
Se huele en el aire: en las callecitas de esta ciudad aguardan, como al acecho, las sorpresas. De toda índole, claro, desde los cantautores que se acompañan con un acordeón o con un pasacassettes a pilas hasta vendedores de objetos con narices postizas de Pulcinella. Y, por supuesto, los ladrones, montados de a dos en raudas motonetas, desde las que, al paso, arracan violentamente la cartera a una señora o la cámara a un turista.
Esto forma parte del folklore nocturno, mientras que durante el día las calles son un embrollo infernal; una foto publicada hace poco por un matutino regional muestra las inmediaciones de la Piazza Dante sumidas en un aglomeramiento -valga la redundancia- dantesco: en las calles, excavaciones para la construcción del metro, semáforos en amarillo permanente, ausencia de vigilantes y manifestaciones de desocupados que empastan el tránsito y reafirman el indeseable latiguillo de que Nápoles es la ciudad más caótica del país. Todo, además, bajo un aire africano de 40 grados.
Como contrapartida (o, quizá, como origen del caos), se la considera la ciudad más cosmopolita de Italia, condición que le viene de las más diversas corrientes inmigratorias que la atravesaron desde la antigüedad: su situación geográfica de enclave, frente a Africa, contribuye a ese cruce de culturas. El trazado urbanístico del centro histórico fue implantado durante la conquista de la región por los griegos, en tiempos de Pericles ( circa 475 antes de Cristo).
Nápoles es, fundamentalmente, una ciudad de encuentros. En el centro histórico, sobre la Via Mezzocannone, hay una pizzería, Il Pizzicotto (jitanjáfora que asocia, juguetonamente, la idea de lo cocido, cotto , con pizzico , pellizco), donde descubrimos una foto, enmarcada y colgada en una pared, que llama la atención. Son dos amigos abrazados, y para un viajero que viene de la Argentina es fácil reconocer en uno de ellos a un Diego Maradona joven. Pero el otro es la sorpresa: es Massimo Troisi, paladín de los actores napolitanos, todo un emblema en el cine y el teatro de la región.
En estas amistades entre figuras carismáticas de distintas áreas de la actividad humana lo que fascina es el destello, no siempre explícito, de un punto de convergencia por pasiones comunes. Se habla del acercamiento de Fidel Castro y el aventurero y cazador (más que el escritor) Ernest Hemingway, en la primera hora de la revolución cubana. Y también se cuenta de una mítica partida de ajedrez que durante dos horas y a bordo de un transatlántico sostuvieron el maestro Miguel Najdorf y el escritor Witold Gombrowicz, ferviente amateur de los tableros de la desaparecida confitería Rex de la calle Corrientes.
En Nápoles venimos a descubrir que el Diego y el querido Massimo eran amigos, amiguísimos, según cuentan. Troisi, el excepcional actor de teatro que después, como realizador, forjó las bases de un nuevo cine napolitano con Ricomincio da tre y que como intérprete estuvo junto a Marcello Mastroianni en dos films ( Splendor y ¿Qué hora es? ), hasta dar su último suspiro con su inolvidable repartidor de la correspondencia de Pablo Neruda en El cartero (murió de una afección cardíaca sobre el fin del rodaje, en 1994), este inolvidable Troisi, pues, adoraba al futbolista argentino. El propietario de Il Pizzicotto, Giuseppe Moggia, cuenta que los vio llegar juntos a la pizzeria muchas veces; ordenaban preferentemente la pizza clásica de la región, la margherita , o la marinara y, de vez en cuando, la capricciosa . Y no se privaban de la birra para acompañarlas.
Niños infinitos
Mundos muy distintos, por cierto, los de estos dos amigos, pero una sola pasión: la squadra del Napoli, el modesto club meridional de la liga italiana al que el argentino, por un milagro que hoy todavía se celebra aquí (incluso con un pequeño "santuario" en un nicho, que incluye un cabello del ídolo, en la Via Benedetto Croce, a cien metros de Piazza San Domenico), transformó dos veces en campeón con la conquista del codiciado scudetto , más una Copa UEFA de yapa. Los tifosi (hinchas) del Napoli siguen vibrando con aquellos días de gloria, en los años 80, una apoteosis que nunca habían conocido y que difícilmente se podrá repetir.
Un Maradona todavía más joven aparece también en la tapa de un libro que acaba de publicarse: Bambini infiniti (Mondadori, 2003), de Emanuela Audisio, un ensayo que ostenta un subtítulo sugerente: Historias de campeones que jugaron con la vida . Desfilan por estas páginas decenas de figuras que prematuramente conocieron la gloria y, a veces, la tragedia: Mohammad Alí, Nadia Comaneci, Roberto Baggio, Mike Tyson, Magic Johnson, Michael Jordan, Ronaldo, Carlos Monzón y Ayrton Senna, entre otros muchos.
A Maradona le dedica dos capítulos, uno fechado en 1987 y otro en 2001, cuando la autora viajó a Buenos Aires para la despedida del ídolo. La foto de la tapa muestra a un Diego Armando casi niño, en 1980, con la camiseta de Boca Juniors, haciendo equilibrio con la pelota en la cabeza. Es llamativo que, entre tantos campeones, la casa editorial haya elegido al argentino para ilustrar la tapa. Es que, tal vez, entre todos, nadie ha sido tan popular en Italia como él, a pesar de que deploran su deterioro en el plano humano.
Troisi es un fenómeno más típicamente napolitano; el premio anual a los actores locales lleva su nombre. Es el ídolo de las generaciones intermedias, algo más intelectualizadas que las que admiraban a Eduardo De Filippo o a De Sica (los taxistas viejos, en cambio, pegan en el parabrisas una foto de Totó, el máximo cómico italiano de todos los tiempos, también napolitano).
La amistad de Troisi y Maradona ha quedado en la historia de la ciudad como la reunión de dos ídolos amados por sus distintos modos de ejercitar el virtuosismo y asumir la gloria, así como Buenos Aires guarda el recuerdo del inmortal vínculo entre Gardel y Leguisamo. Hoy resumen dos caras del sentimiento popular de Nápoles: Maradona es el sueño; Troisi, el dolor.
Y, en medio de ambos, la pizza, otro símbolo de esta ciudad romántica, sucia, bella, cruel, siempre fascinante; la humilde pizza que, de unas semanas a esta parte, intenta perfilarse con dotes terapéuticas y prestigiarse en una publicación científica on line : quien consume pizza dos veces a la semana -se asegura- aleja definitivamente la posibilidad de desarrollar un cáncer en el aparato digestivo. La noticia de estos estudios recientes está recorriendo el mundo con reacciones diversas, a veces irónicas. Acaso no sea más que otro de los milagros de una ciudad de niños infinitos, de múltiples sorpresas, de sueños inextinguibles.





