Planes, sí; planes, no; el dilema de Alberto

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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26 de julio de 2020  • 00:00

La meta puede ser ir a Mar del Plata. Pero decidir cuándo, con quién, en qué medio de transporte, por cuál ruta, con qué presupuesto y por cuánto tiempo es el plan. Ergo, si no hay plan, no hay forma de llegar a ninguna meta de manera razonable, por más que sea un objetivo tan sencillo como viajar a Mar del Plata.

"Francamente no creo en los planes económicos", se ufanó días pasados el presidente Alberto Fernández, ante el Financial Times, algo que había quedado bastante claro la semana anterior al bambolearse entre muy contradictorios pareceres (Vicentin, Venezuela, memorándum de entendimiento con Irán y otros temas cruciales). No creer en ningún plan es la explicación más simple del estado cada vez más calamitoso de la economía nacional en las últimas décadas, sin distinción de banderías. Aquí, curiosamente, no hay grieta alguna: todos contribuyeron a arruinarla con depredadora energía.

Pocas horas después de esa desconcertante declaración, Fernández volvió a hablar, pero a los bonistas y con un ruego. "Haremos todo el esfuerzo, pero no podemos más que esto", les dijo a los acreedores, habituales lectores del influyente periódico económico londinense.

La pregunta del millón es a cuál de sus dichos habría que darle crédito cuando una persona salta con frecuencia de ciertas posturas a otras sin mayores explicaciones.

A principios de febrero último, por ejemplo, el Presidente expresó ante el Instituto de Estudios Políticos de París lo siguiente: "No es verdad que no tenemos plan, es verdad que no lo contamos. Y no lo contamos porque estamos en plena negociación. Sería como descubrir las cartas. Estamos jugando al póquer y no con chicos. Tenemos que hacerlo bien, con inteligencia. Pero el plan es volver a poner en funcionamiento la economía".

Para conseguir la aprobación de un préstamo personal en un banco no solo hay que explicitar para que se lo quiere sino también hay que comprometerse a pagarlo en tiempo y forma, para lo cual se deben presentar una serie de documentaciones y garantías. Ninguna entidad crediticia se sienta con sus clientes a jugar a nada, mucho menos al póquer. Pero si al Presidente le gusta esa metáfora, habrá que recordarle que su ministro de Economía ya viene perdiendo 15 mil millones de dólares en sucesivas cuatro partidas con los acreedores en el tira y afloje por un acuerdo que se demora en llegar. Y cuando dice que su plan es "volver a poner en funcionamiento la economía", confunde de nuevo una meta con un plan. Todos, de Isabel Perón a Mauricio Macri, tenían idéntico deseo. Pero erraron en el plan, o pensaron que no era necesario tenerlo, como acaba de sincerarse el primer mandatario.

Pero, atención, que como te digo una cosa, te digo otra. "Hay quienes andan renegando de que no tenemos planes y los planes los teníamos desde el primer día", sorprendió anteayer el Presidente, en una videoconferencia desde la residencia presidencial de Olivos para anunciar la cuarta etapa de asistencia a pequeñas y medianas empresas. Así, el Alberto Fernández que habló con el Financial Times el domingo último, resultó desmentido por el Alberto Fernández del viernes. ¿Es necesario que en la vida real rubrique la caricatura presidencial de Alejandro Borensztein, en Clarín, que pinta a un Alberto Fernández distinto para cada día de la semana?

En ese plan de borrar con el codo lo que escribe con la mano, el Presidente que en forma loable convoca a terminar con los "odiadores seriales", en vez de confrontar, si fuera necesario, con la anterior administración con datos y serias argumentaciones, que permitan avanzar en soluciones tangibles, prefiere en cambio empantanarse al insistir con metáforas panfletarias ideales para videograph televisivos o titulares de diarios, como aludir al gobierno que lo procedió como "otras pandemias que vivió la Argentina sin que ningún virus haya pasado". Inoportuna insensibilidad en momentos en que arrecian los casos de Covid.

Pongamos que, a falta de plan, pronunciar esa u otras diatribas resultaran, como por arte de magia, en una sustancial mejora en el funcionamiento de la economía, no cabría otra cosa que aplaudir. Pero, lamentablemente, eso no sucederá y, en cambio, se hará más tóxico el diálogo que tiene que fluir entre las distintas fuerzas políticas, en momentos difíciles como los que nos toca vivir. ¿De verdad creen que mandar a callar a los representantes del 41% que perdió las elecciones funcionará como talismán suficiente para ganar los comicios del año próximo?

Dar el ejemplo: la excelencia empieza por casa. Con las firmas de los presidentes de ambas cámaras del Congreso, Cristina Kirchner y Sergio Massa, el Poder Legislativo elevó al Presidente la propuesta para designar a los directores de RTA en representación de la primera y segunda minoría parlamentaria. Un mes y medio más tarde, el jueves último, Alberto Fernández firmó el decreto 608/2020 que designa solamente al director propuesto por el oficialismo, ignorando al representante de la oposición. Medios estatales sin control, un clásico del peronismo de siempre. Acá sí, nunca hay contradicciones.

Contradicciones y metáforas inoportunas sobrevuelan el discurso presidencial

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