Polémico retorno de Oriana Fallaci
Con La rabia y el orgullo, (El Ateneo), la célebre y controvertida periodista italiana provoca la ira musulmana tras los atentados del 11 de septiembre
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Yo había elegido el silencio, yo había elegido el exilio. Porque en los Estados Unidos de Norteamérica, ha llegado el momento de decirlo alto y claro, resido como una expatriada. Vivo en el autoexilio político que contemporáneamente a mi padre me impuse hace muchos años. Es decir, cuando ambos nos dimos cuenta de que vivir codo a codo con una Italia cuyos ideales yacían en la basura se había convertido en algo demasiado difícil, demasiado doloroso, y desilusionados, ofendidos, heridos, cortamos los lazos con la mayoría de nuestros compatriotas. El, retirándose a una remota colina del Chianti donde la política a la que había consagrado su vida de hombre íntegro y probo no llegaba. Yo, vagando por el mundo y después escogiendo Nueva York, donde entre mí y aquellos compatriotas estaba el océano Atlántico. Este paralelismo puede parecer paradójico, lo sé. Pero cuando el exilio habita en un alma desilusionada, ofendida, herida, créeme, la situación geográfica no cuenta. Cuando amas a tu país (y sufres por él) no existe diferencia alguna entre hacer de Cincinnato en una remota colina del Chianti, junto a tus perros y tus gatos y tus gallinas, o ser escritor en una isla de rascacielos apretujados por millones de habitantes. La soledad es idéntica. La sensación de fracaso, también (...)
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Nació de repente. Estalló como una bomba, como la catástrofe que la mañana del 11 de septiembre incineró a millares de personas y desintegró dos de los edificios más hermosos de nuestra época: las Torres del World Trade Center. De verdad, la víspera de la catástrofe yo pensaba en otras cosas: trabajaba en la novela que llamo mi-niño. Una novela muy densa y laboriosa que a lo largo de estos años nunca he abandonado, como mucho la he dejado dormir unas semanas o algunos meses para curarme en un hospital o para efectuar en los archivos y las bibliotecas las investigaciones en que se basa (...) Ese 11 de septiembre yo pensaba en mi niño, así pues, y una vez superado el trauma, me dije: "Debo olvidar lo que ha sucedido y sucede. Debo ocuparme de él y basta. Si no, lo abortaré". Así, conteniendo el aliento, me senté al escritorio. Tomé la página del día anterior, intenté reencontrar mis personajes: criaturas de un mundo lejano, de un tiempo en que los aviones y los rascacielos no existían de veras. Pero duró muy poco. El hedor de la muerte entraba por las ventanas, de las calles desiertas llegaba el sonido obsesivo de las ambulancias. El televisor todavía encendido parpadeaba repitiendo las imágenes que quería olvidar. Y de pronto salí de casa. Busqué un taxi, no lo encontré, me dirigí a pie hacia las Torres que ya no existían y...
Después, no sabía qué hacer. De qué modo ser útil, servir de algo. Y justo cuando me preguntaba qué-hago, qué-hago, la tevé me mostró las imágenes de los palestinos que locos de alegría celebraban la masacre. Berreaban Victoria-Victoria. Y alguien me contó que en Italia mucha gente los imitaba carcajeándose Bien-los-norteamericanos-se-lo-tienen-merecido. Entonces, con el ímpetu de un soldado que sale de la trinchera y se lanza contra el enemigo, me arrojé sobre la máquina de escribir. Hice lo único que podía hacer: escribir. (...)
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No sé si algún día el pequeño libro crecerá. En esta edición española a la que me he dedicado ocupándome de la traducción y añadiendo aquí y allá algunas páginas, algunas frases, algunas ideas, algunas invectivas, ya ha crecido. Pero sé que al publicarlo, incluso traducido, me siento ser, o mejor me parece ser Gaetano Salvemini que el 7 de mayo de 1933 habla en el Irving Plaza contra Hitler y Mussolini. Iluminado por el amor a la libertad se desgañita ante un público que no lo comprende (pero lo comprenderá en 1941 cuando, el 7 de diciembre, los japoneses aliados de Hitler y Mussolini bombardean Pearl Harbor) y vocifera: "¡Si se quedan inertes, si no nos echan una mano, antes o después los atacarán también a ustedes!". Con todo, hay una diferencia entre el pequeño libro y el antifascist-meeting del Irving Plaza: sobre Hitler y Mussolini, en aquel tiempo, los norteamericanos sabían poco. Podían pues permitirse el lujo de no creer demasiado en Salvemini que vaticinaba desgracias. Sobre el fundamentalismo islámico, por el contrario, hoy lo sabemos todo. En otras palabras, para nosotros el futuro ha empezado ya. Apenas dos meses después del apocalipsis de Nueva York, el mismo Ben Laden demostró que no me equivoco cuando les grito: "No entienden, no quieren entender, que una Cruzada al Revés está en marcha. Una guerra de religión que ellos llaman Jihad, Guerra Santa. No entienden, no quieren entender, que para los musulmanes Occidente es un mundo que hay que conquistar castigar someter al islam". Lo demostró con el discurso televisivo durante el cual ostentaba el anillo con la piedra negra como la piedra de La Meca. El discurso durante el cual amenazó también a la ONU y calificó a su secretario general de "criminal". El discurso que incluía a los italianos y los franceses y los ingleses entre los enemigos a castigar. El discurso donde faltaba solamente la voz histérica de Hitler o aquella grosera de Mussolini, el balcón del Palacio Venecia o el escenario de Alexanderplatz. "En su esencia la nuestra es una guerra de religión y quien lo niega, miente", dijo. "Todos los árabes y todos los musulmanes deben tomar partido: si se mantienen neutrales reniegan del islam", dijo. "Los líderes árabes y musulmanes que están en las Naciones Unidas se sitúan fuera del islam, son infieles que no respetan el mensaje del Profeta", dijo. "Aquellos que se refieren a la legitimidad de las instituciones internacionales renuncian a la única y auténtica legitimidad: la legitimidad que procede del Corán", dijo. Y luego: "La gran mayoría de musulmanes del mundo se ha alegrado de los atentados contra las Torres Gemelas. Lo demuestran los sondeos".
¿Había, sin embargo, necesidad de tener esta prueba? De Afganistán a Sudán, de Indonesia a Paquistán, de Malasia a Irán, de Egipto a Irak, de Argelia a Senegal, de Siria a Kenya, de Libia al Chad, del Líbano a Marruecos, de Palestina a Yemen, de Arabia Saudita a Somalia, el odio por Occidente crece a ojos vista. Se agiganta como un fuego alimentado por el viento, y los secuaces del Fundamentalismo Islámico se multiplican como los protozoos de una célula que se divide para transformarse en dos células, luego en cuatro, luego en ocho, luego en dieciséis, luego en treinta y dos, y así hasta el infinito. Para comprenderlo basta mirar las imágenes que encontramos cada día en la televisión. Las multitudes que abarrotan las calles de Islamabad las plazas de Nairobi, las mezquitas de Teherán. Los rostros enfurecidos, los puños amenazadores, las pancartas con el retrato de Ben Laden, las hogueras que queman la bandera norteamericana y el monigote con los rasgos de George Bush. Quien en Occidente cierra los ojos, quien escucha los hosannas al Dios-misericordioso-e-iracundo, los berridos Allah-akbar, Allah-akbar. Jihad-Guerra Santa-Jihad. ¿Simples grupos de extremistas? ¡¿Simples minorías de fanáticos?! Son millones y millones, los fanáticos. Son millones y millones, los extremistas. Esos millones y millones para los que Osama bin Laden es, vivo o muerto, una leyenda comparable a la leyenda de Khomeini. Esos millones y millones que, desaparecido Khomeini, se reconocen en el nuevo líder, el nuevo héroe. Hace unas cuantas noches vi a los de Nairobi. (Lugar del que nunca se habla.) Abarrotaban la plaza del mercado más que en Gaza o Islamabad o Jakarta, y un reportero de televisión preguntó a un viejo: "Who is for you, quién es para usted, Ben Laden?". "A hero, our hero! ¡ Un héroe, nuestro héroe!", respondió el viejo, feliz. "And if he dies?, y si muere?", añadió el reportero. "We find another one, encontraremos a otro", respondió el viejo, igualmente feliz. En otras palabras, el hombre que los guía cada vez no es más que la parte visible del iceberg, la cumbre de la montaña que emerge de las profundidades sumergidas del océano. Y el verdadero protagonista de esta guerra no es Osama ben Laden. No es la parte visible del iceberg, la cumbre de la montaña: es la Montaña. Esa Montaña que no se mueve desde hace mil cuatrocientos años, desde hace mil cuatrocientos años no sale de las profundidades de su ceguera, no abre las puertas a las conquistas realizadas por la civilización, no quiere saber nada de libertad, ni de justicia, ni de democracia, ni de progreso. Esa Montaña que a pesar de las escandalosas riquezas de sus amos (acordémonos de Arabia Saudita), vive aún en una miseria medieval, vegeta aún en el oscurantismo y el puritanismo de una religión que produce solamente religión. Esa Montaña que se ahoga en el analfabetismo (los países musulmanes tienen una tasa de analfabetismo que oscila entre el sesenta y el ochenta por ciento) y toma las noticias de las viñetas realizadas por dibujantes vendidos a la dictadura de los mullahs. Esa Montaña que estando secretamente celosa de nosotros, secretamente seducida por nuestro sistema de vida, culpa a Occidente de las pobrezas materiales y espirituales del mundo islámico. La retrogradación del mundo islámico. Se equivocan, pues, los optimistas que creen que la Guerra Santa concluyó en noviembre de 2001 con la derrota del régimen Talibán en Afganistán. Se equivocan cuando se alegran porque algunas mujeres de Kabul se quitan la burka, muestran el rostro descubierto, osan ir de nuevo al médico, a la escuela, a la peluquería. Se equivocan al regocijarse viendo que tras la derrota de los talibanes sus maridos se recortan o se afeitan la barba como, tras la caída de Mussolini, los italianos se quitaban el distintivo fascista (...)
Pluma filosa
La italiana Oriana Fallaci (1930) es una de las plumas más filosas y provocativas de la prensa europea. Autoexiliada en Estados Unidos desde hace una década, su instalación en Nueva York coincidió con la detección de un cáncer que aún padece.
Famosa corresponsal de guerra en los años sesenta y gran entrevistadora de personalidades relevantes del siglo XX (entre otros, el ayatollah Khomeini y el líder palestino Yasser Arafat), Fallaci causó una profunda controversia el año último cuando, tras los atentados del 11 de septiembre y rompiendo un prolongado silencio periodístico, dio a conocer una serie de artículos en que criticaba con virulencia a los fundamentalistas árabes y al islam en general, considerando a esta última religión como fuente de atraso y belicosidad. Su afirmación de la superioridad de la cultura occidental por sobre las demás originó no sólo la ira de los musulmanes, sino también de muchos intelectuales alrededor del mundo. Son esos artículos, ampliados y revisados, y un extenso prólogo en que explica la génesis de la obra, los que fueron reunidos en La rabia y el orgullo , libro publicado con gran éxito editorial en Estados Unidos y Europa y que volvió a encender el debate.



