Por la grandeza de Pedro

Por Serge Schmemann De The New York Times
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19 de marzo de 2000  

NUEVA YORK

Se dice que un retrato de Pedro el Grande está colgado en la oficina de Vladimir Putin, el jefe de Estado en funciones de Rusia, que tiene muchas probabilidades de ganar las elecciones presidenciales del próximo domingo.

A los occidentales que perciben a Pedro como el reformista a la usanza occidental y a los que han escuchado los himnos triunfales de Putin sobre la libre empresa y la democracia, la identificación entre ambos líderes probablemente les parezca alentadora.

Otros, en cambio, que conocen a Pedro el Grande básicamente por su incesante búsqueda del poder y por el imperio, y quienes han observado con recelo al nuevo amo del Kremlin, un ex agente de la KGB, presidiendo sobre la destrucción de Grozny y enunciando las glorias de un fuerte Estado ruso, podrían considerar que la identificación es alarmante.

De hecho, la supuesta dicotomía entre el "buen" reformista al estilo occidental y el "reaccionario" nacionalista ruso ha dado forma (y, en ocasiones, ha distorsionado) gran parte de la discusión sobre Putin, al igual que lo ha hecho en lo concerniente a otros líderes soviéticos y rusos. Al final, todos ellos han desafiado estas categorías impuestas, desde el "bebedor de whisky" Yuri Andropov hasta el campeón democrático Boris Yeltsin, dejando por siempre decepcionado a Occidente, preguntándose: "¿Quién perdió a Rusia?".

De forma que podría ser útil reflexionar en esta encrucijada de la historia rusa sobre el primer gobernante que condujo al país hacia Occidente, así como los motivos por los cuales los rusos lo ungieron como El Grande.

La imagen histórica que tienen los rusos del zar Pedro I, que gobernó de 1682 a 1725, fue moldeada por su máximo poeta. Pregúntese a un pupilo de alguna provincia o a cualquier vago aturdido por el vodka cómo se fundó San Petersburgo, y se lanzarán instintivamente hacia las líneas iniciales del Jinete de bronce, de Pushkin: "En la orilla de mares desolados/ parado estaba, lleno de grandes pensamientos..." "El" es un gigante poderoso (Pedro medía casi dos metros y podía partir las suelas de piel sólo con sus manos) que impone grandeza mediante la mera fuerza de voluntad sobre una nación indolente que añoraba el pasado. El Pedro de Pushkin es un zar-creador casi místico, "un poderoso amo del destino", "un obrador-trabajador de milagros". Al ordenar que su brillante capital nueva sea erigida en el pantanoso delta del río Neva, proclama: "Por naturaleza estamos destinados a este lugar, para labrar una ventana hacia Europa".

El hecho de que esta proeza abriera Rusia a Occidente, y la estableciera como uno de los principales centros de poder, ciertamente califica a Pedro para ser recordado como El Grande. Sin embargo, otro interrogante es si ello lo califica como un "occidentalizador" o como un nacionalista ruso, o si éstas han sido alguna vez las categorías relevantes para juzgar a cualquier dirigente ruso, Putin incluido.

De la misma forma, que la imagen de superhumano de Pedro fue esculpida para el pueblo ruso por un poeta que normalmente se pararía en seco ante cualquier autoridad, es curioso, mas no sorprendente. La ventana que Pedro abrió hacia Europa creó el choque dinámico entre Oriente y Occidente, en el cual se forjó una cultura brillante, la cual, a su vez, fue la cuna de Pushkin un siglo más tarde.

Se trataba de una cultura en la que poetas como Pushkin o Brodsky eran venerados todo el tiempo como heraldos de una verdad superior y en la que siempre fueron perseguidos como amenazas a la omnipotencia del Estado.

Esto le dio a su arte un poder que ni Oriente ni Occidente podrían haber sostenido por sí solos.

Un dato curioso, y sorprendente, es que la mayor antipatía por Pedro persiste entre la clase de xenófobos rusos que cree en una mítica y única Santa Rusia. Siempre ha sido muy poco consuelo para los rusófilos recalcitrantes que él hubiera expandido las fronteras nacionales mucho más allá de los cenagosos bosques de Muscovy y asumiera el pomposo título de Emperador de todas las Rusias; hasta el día de hoy no pueden perdonar a Pedro por su hostilidad hacia la Santa Rusia (por haber mutilado las grandes barbas de los boyardos, subyugando la Iglesia Ortodoxa al Estado y abandonando la ancestral Moscú por una nueva capital rococó diseñada por europeos).

De hecho, le dio a esta nueva capital un nombre completamente extranjero, la holandesa Sankt-Piterburkh (se rusificó como Petrogrado en la Primera Guerra Mundial, y durante la era soviética se conoció como Leningrado).

Dicha identificación de reforma con modelos occidentales, así como de resistencia a ella con los símbolos de la Santa Rusia, dieron paso al modelo para todos los reformistas subsecuentes: Alejandro II, que impuso uniformes al estilo occidental y patillas en sus oficiales; Lenin, en un traje de tres piezas obligando al campesinado a formar cooperativas, y Mikhail Gorbachov lanzando su perestroika con un ataque sorpresivo sobre el vodka.

Así que no debería haber llegado como la sorpresa que fue para los serviles ideólogos del Kremlin que Stalin optara por no purgar a Pedro junto con el resto del pasado feudal de Rusia; en vez de hacer tal cosa, conservó a Pedro -o cuando menos una versión políticamente correcta de él- en la versión bolchevique de la historia rusa. Quizá la noción de un predecesor al que no le importaba sacrificar a decenas de miles de sus súbditos por el bien superior del Estado encontró cierta resonancia en el amo del gulag .

En Occidente, mientras tanto, Pedro el Grande evolucionó hasta convertirse en algo así como un gran individualista impulsado por el anhelo de reformar a su retrógrada sociedad para volverla occidental. Se convirtió en el modelo para la clase de ruso con el que los occidentales, según ellos mismos creen, les gusta hacer negocios: Catalina la Grande, Andropov, Gorbachov, los "reformistas liberales" de las administraciones de Yeltsin.

Sin importar que la verdadera intención de Pedro para su perestroika , de forma muy similar a la de Gorbachov, no era la de emular o unirse a Occidente, sino la de utilizarla, en la propia frase elegante del zar (y posiblemente apócrifa): "Necesitamos a Europa durante unos cuantos decenios, para después dejarla atrás".

No importa que la búsqueda de la felicidad por parte de su pueblo nunca fue siquiera un factor remoto en el celo reformista de Pedro, y que nunca consideró la idea de que sus subditos tenían derechos. Una vez que identifica a un reformista, hace falta mucho para que Occidente pierda la fe o -en las presuntuosas palabras de Washington- pierda a Rusia.

Tal vez ésa es la verdadera grandeza de Pedro, que con sus enormes contradicciones -sus voraces apetitos y su extraordinaria curiosidad, su aterradora crueldad y sus grandes visiones, su fortaleza física y sus lapsos de locura, su odio hacia la dejadez rusa y su profunda pertenencia a la cultura rusa- logró impulsar y reflejar la grandeza ambivalente de su nación.

En la obra maestra de Pushkin, Pedro es el "poderoso amo del destino", pero también es una terrible aparición de un incesante y opresivo jinete de bronce que vuelve loco a un pobre dependiente y lo orilla a la muerte en los callejones inundados de San Petersburgo. La búsqueda de poder y grandeza de Pedro, así como la miseria y el sacrificio que crearon, han definido todos los ciclos posteriores de la historia rusa y soviética.

Putin, por supuesto, no es Pedro. El teniente coronel de la KGB que fue impulsado abruptamente hacia el trono presidencial de un país en desorden total no se acerca, ni un poco, al Grande en ambición, potencial, fuerza o estatura física. Además, se sabe muy poco en esta etapa para poder predecir su conducta una vez que sea elegido.

Sin embargo, en cualquier especulación sobre si es un reformista o un nacionalista, un autócrata o un demócrata, occidental u oriental, debe tenerse en cuenta que, en Rusia, éstos nunca han sido mutuamente exclusivos, que la fuerza motriz más potente en la historia de Rusia no ha sido ni la sentimental xenofobia de los barbados eslavófilos ni la búsqueda de la felicidad al estilo estadounidense, sino una convicción muy arraigada de que el Estado ruso está destinado a la grandeza, al poder y al respeto. Eso ha sido cierto aun cuando Rusia ha aspirado a ser un imperio, una utopía o una república presidencial.

Los ataques cíclicos de reformar y occidentalizar siempre están más relacionados con el poder que con la democracia; tienen que ver más con igualar a Occidente que con unirse a él, y están más relacionados con la disciplina que con el mandato de la ley.

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