Por Nisman, la AMIA y la democracia

Martín Lousteau
Martín Lousteau PARA LA NACION
Un problema medular que padecemos es que nuestro Estado es absolutamente incapaz de acumular mejoras sostenibles para sus ciudadanos
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22 de enero de 2015  • 03:32

Nuestra democracia cumplió hace poco más de un mes treinta y un años. Para algunas generaciones que vivieron la pesadilla de las dictaduras militares, cada elección es, entendiblemente, una celebración. "Otra fiesta de la democracia" es la expresión que suelen utilizar en ocasión de los comicios. Sin embargo, la democracia no debe recordarse un solo día sino ejercitarse todo el año.

Mi camada entró al secundario en 1984. Como reflexionó un ex compañero hace poco, fuimos la primera en completarlo enteramente en democracia, como mínimo, desde la que ingresó en 1950. Y otros, apelando a la libertad de contenidos, sostienen que hay que irse aún bastante más atrás. Por suerte, ya llevamos veintisiete camadas educadas de esa manera.

Para todos nosotros la vigencia del sistema democrático es un dato de la realidad. Votar no es una grata novedad sino una costumbre. Quizás por ese motivo es que pretendemos ser mucho más exigentes con nuestra democracia, que está -sin duda alguna- en deuda.

Un problema medular que padecemos es que nuestro Estado es absolutamente incapaz de acumular mejoras sostenibles para sus ciudadanos: genera crisis recurrentes de las que no aprende, y en la abundancia repite el error de administrar mal. Por eso, la seguridad está cada vez peor. Lo mismo le cabe a la salud, la educación pública y la infraestructura. Por eso volvemos a tener inflación, déficit fiscal, default, balanza energética negativa, pobreza en aumento, muertes por desnutrición. Lejos de brindar tranquilidad desde que nacemos hasta que morimos, el Estado argentino suele ser la fuente de angustia.

El atentado a la AMIA cumplirá el 18 de julio de 2015 nada menos que veintiún años de impunidad

El atentado a la AMIA cumplirá el 18 de julio de 2015 nada menos que veintiún años de impunidad. Desidia, pistas falsas, pruebas fraguadas e intereses cruzados terminaron con un expresidente, entre varios otros, procesado y a la espera del juicio oral por encubrimiento. Y llega al día de hoy con una imputación a otra presidente y a su canciller por un inexplicable memorando con Irán , cuya inutilidad reconoció la propia Cristina Fernández de Kirchner en su último discurso de inauguración de sesiones del Congreso.

Tiene razón ese buen periodista que es Mario Wainfeld que en su columna dominical recuerda que el de la AMIA no es el único caso impune. El atentado contra la Embajada de Israel, las muertes de fin de diciembre de 2001, el fallecimiento de Marcelo Cattáneo, entre muchos otros, se encuentran en igual situación. Ni hablar de los innumerables hechos de corrupción denunciados en los que nunca se ha llegado a nada.

Pero esa repetición no exculpa lo de la AMIA sino que ratifica una enorme cuenta pendiente de nuestra democracia. Y no la vamos a poder saldar si la justicia federal continúa siendo un macabro juego de rehenes en el que se alternan el secuestrador y el secuestrado dependiendo del equilibro de poder relativo que se dé con el Poder Ejecutivo.

Tampoco si los servicios de inteligencia son un instrumento, a la larga incontrolable, del poder de turno. Hoy no nos parece extraño ni nos rebela que nos pinchen los teléfonos, que se hagan operaciones políticas con información falsa, que existan presiones para cambiar el rumbo de investigaciones, que haya jueces de servilleta y sobres para los periodistas, o un jefe de gobierno procesado por montar una red de escuchas.

Las reformas de la justicia federal y de los servicios de inteligencia deben transformarse en uno de los principales acuerdos de todos los partidos políticos y sus candidatos.

A pocas horas de ir a dar a conocer los fundamentos de su accionar reciente en la causa, Nisman fue hallado muerto en su departamento. Las sospechas escalan: ¿suicidio, suicidio inducido, asesinato? Y en cada caso también las dudas de por qué y quién. En el marco de la sórdida guerra desatada dentro de los servicios de inteligencia, cada sector puede ser sospechado con motivos, pero también alegar que la desaparición del fiscal es conveniente para otro. Para colmo, se trata de la investigación de un atentado en el que también se juegan intereses internacionales. Todo ello configura el marco preciso como para que, probable y lamentablemente, nunca sepamos la verdad. O si, eventualmente, esa verdad se revela no la creamos. Como con Yabrán.

Claramente nuestra democracia no puede continuar así. Es imprescindible desmantelar este funcionamiento. Las reformas de la justicia federal y de los servicios de inteligencia deben transformarse en uno de los principales acuerdos de todos los partidos políticos y sus candidatos. Debería ser sencillo dado que no se trata de un tema ideológico, pero la tentación del que se hace con el poder para tener a su favor estos dos elementos es un claro obstáculo.

En una entrevista reciente y refiriéndose a la acusación de Nisman , la titular de Memoria Activa, Adriana Reisfeld, dijo que "si es verdad es tristísimo; y si es mentira, también". Ya no estamos solamente tristes. Ahora estamos de luto. Por Nisman y su familia, por la víctimas de AMIA y sus familiares. Y por nuestra democracia.

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