
Por qué mataron a Agostina: anatomía de un crimen sexual
En una Argentina que atraviesa años de decadencia, la muerte de una niña de 14 años reúne todos los aspectos de un país en descomposición: narco, poder, barras, impunidad, marginalidad, clientelismo político
Todos le fallaron a Agostina. El Estado, la política, la Justicia, y hasta sus propios padres que no supieron protegerla.
Años de decadencia de un país que no encuentra su rumbo, devenido una fábrica de pobreza y marginalidad que tiene sumida a la mitad del país en el desamparo. Por un par de puntos de rating, la cobertura escandalosa de algunos medios, mostrando con morbosidad los siete perfiles en redes de una niña expuesta a una sociedad que empuja a la hipersexualización de chicos y adolescentes que, hasta hace muy pocos años, solo jugaban juegos de su edad.
Una niña de 14 años ha sido asesinada en la Argentina. Abusada. Desamparada. Y no sólo Barrelier, el supuesto asesino, la mató.
La trama de este crimen sexual, que en el fondo es un crimen de poder, tiene todos los condimentos de un país en descomposición: narco, poder, barras, impunidad, marginalidad, clientelismo político. Barrelier fue contratado en el Municipalidad de Córdoba por un ahora exconcejal peronista, en un probable intercambio de favores porque los barras suelen oficiar, además, como ejércitos privados de la política para otros fines. Por ejemplo, una versión con mucho sustento afirma que el supuesto asesino también sería un “facilitador” (¿entregador?) de jóvenes para consumo de los círculos de poder en los que se movía u orbitaba.
Y, de nuevo, la infinita ineptitud de la Justicia. Melisa, la madre de Agostina, había denunciado la desaparición de su hija el domingo 24 de mayo por la mañana y, por la tarde, amplió su denuncia mencionando a Barrelier como la última persona que la había visto con vida. ¿Por qué no fue detenido en ese momento? ¿Impunidad, impericia, desidia? Nadie puede explicarlo con claridad. La realidad es que el hombre, que ya había estado preso por abuso, recién fue capturado en la madrugada del miércoles 27. El tenebroso círculo se cerraba, cada vez más, sobre el barra, pero la casa del barrio Cofico, en la que aparentemente mató a la pequeña, había sido limpiada dos veces desde el asesinato, ocurrido el sábado 23 por la noche.
Inexplicable también que los abogados de Gabriel Vega, el papá, hayan defendido con tanto ahínco al fiscal del caso, Raúl Garzón. Más que los abogados de Vega, parecían los de Garzón, un fiscal que el último fin de semana brindó una conferencia de prensa en tono de stand up, con un grado de soberbia y falta de empatía difícil de digerir.
¿Barrelier es un psicópata solitario? Podría ser o no. Si seguimos las hipótesis de la antropóloga Rita Segato, una de las intelectuales feministas más reconocidas -y traducidas- en el mundo, toda forma de violencia masculina es un síntoma de la fragilización de su rol en la sociedad. Lo que se ha puesto en duda es la potencia proveedora del hombre y el debilitamiento de la masculinidad en sus papeles tradicionales, clásicos.
Explica Segato, siempre controversial y polémica: desde su marco teórico, la violencia es el único que camino que les queda a ciertos hombres para probarse machos. Por eso, de acuerdo a esta visión, no equivocamos cuando analizamos una violación y ponemos en el centro al autor y su víctima. El centro no es ése. El nudo es la relación entre el perpetrador y los ojos que lo miran; es decir, otros hombres. Su placer es la exhibición.
La violencia contra la diversidad sexual -y no sólo contra las mujeres- no es un tema de izquierdas o de derechas
¿Y qué nos dice esta dinámica? Que el hombre no se gradúa solo, sino corporativamente. El varón es observado permanentemente porque tiene que dar examen de hombre. Tiene que mostrar coraje, ausencia de sensibilidad. Tiene que probar que siente menos. De ahí que, para Segato, la violación es un crimen en sociedad. No es un crimen solitario.
Como fuere, lo cierto es que la violencia contra la diversidad sexual -y no sólo contra las mujeres- no es un tema de izquierdas o de derechas. Basta ver la forma en que se perseguía la homosexualidad en la Cuba de los Castro, en las experiencias del socialismo real e, incluso, en las organizaciones terroristas de los ‘70 que supuestamente luchaban por un mundo más equitativo. Ni qué hablar de Irán. Lo único que parece haber producido la revolución cubana es convertir a la isla en un destino paradisíaco para el turismo sexual, en la que las mujeres son explotadas por un plato de comida.
El caso Epstein, uno de los mayores escándalos de trata y abuso sexual de adolescentes, no solo involucró a las élites políticas o financieras de lo que el progresismo llamaría la “derecha”. También implicó a prestigiosos intelectuales de izquierda, como el politólogo e intelectual Noam Chomsky. Una de las estrellas rockeras de la izquierda global, ciertamente brillante, Louis Althusser, estranguló a su esposa en el departamento que compartían, durante una madrugada de los años ’80. Terminó en un psiquiátrico.
El tema no es tan simple. Hay vertientes del feminismo que romantizan a las mujeres -igual que la izquierda a los pobres- que afirman que ellas -es decir, nosotras- tienen una forma vincular más empática y sensible dentro de las instituciones. Eso es verdad, en muchos casos. Pero también es cierto que muchas mujeres que llegan a lugares de poder devienen en los principales obstáculos de sus pares. Son capaces de derramar la misma violencia que ciertos varones, en los mismos espacios.
El diablo se viste a la moda, la película en la que una talentosísima Mery Streep encarna a una jefa despótica, muestra claramente que, al menos la violencia emocional, no tiene sexo. Pero hay más -y esto no lo discute el feminismo extremo por su hiperideologización-, una de las grandes intelectuales feministas, Simone de Beauvoir, firmó un manifiesto junto con Sartre, con quien tenía una pareja abierta, pidiendo la despenalización de las relaciones consentidas entre adultos y menores de 15 años. Esta petición fue publicada en el periódico Libération y provocó una conmoción que la academia suele callar.
Un dato curioso: en esa petición, también estaba Michael Foucault, el más destacado filósofo francés que indagó como nadie en la microfísica del poder y en el funcionamiento de las relaciones de poder. ¿Hay peor relación de poder que un adulto, mucho más si es prestigioso, teniendo sexo con un niño o una niña de 14 años? A los 14 años no hay -no puede haber- consentimiento: hay abuso.
Pero los hechos revelan que Beauvoir y Sartre, al margen de su brillantez, que nadie cuestiona, buscaban -o tenían- relaciones eróticas con sus propios alumnos. Se contaban mutuamente esas aventuras: ellos mismos lo han publicado. El daño moral en algunos de esos alumnos los llevó a depresiones profundas, como han relatado más tarde otros autores y las propias víctimas.
Una de esas víctimas fue la editora Vanessa Springora, quien en su libro El consentimiento, publicado en 2020, colocó una bomba de profundidad en todo el andamiaje de la intelectualidad francesa. En ese libro -de ineludible lectura- Springora relata cómo a los trece años quedó bajo la manipulación psíquica y sexual del encumbrado escritor Gabriel Matzneff. Un pedófilo, treinta años mayor que ella, que también había firmado aquel manifiesto de 1977.
En este sentido, incluso abarcando la foto completa -que incluye a los propios intelectuales y activistas feministas- la violación sí parece ser un crimen social, y no necesariamente -o no solamente- el de un psicópata o lobo solitario. Las cosas suelen ser un poco más complejas y profundas que el morbo de un ecosistema que sólo parece interesarse por los perfiles en redes de una niña asesinada.



