Postales de Bagdad y Babilonia
La efímera eternidad. Quizá uno de los emblemas más antiguos del derecho sea el Código de Hammurabi, escrito por el rey de Babilonia de ese nombre, en 1750 a. C. No sé cuándo vi por primera vez en el Louvre la bellísima e imponente estela de basalto donde están grabadas las 282 leyes, pensadas para “siempre”, de aquel documento célebre en la historia de la humanidad. Esa piedra negra de dos metros de alto que había regido la vida cotidiana de un reino era para mí una contradicción. Porque el nombre Babilonia me evocaba un mundo de fantasía; mitos como el de la torre de Babel; y el cuento de Borges “La lotería de Babilonia”.
Tiempo después, en junio de 1980, cientos de periodistas de todo el mundo, entre ellos yo, llegamos a Bagdad, invitados por el gobierno iraquí, para asistir a las primeras elecciones en que las mujeres podían postularse para candidatas a un cargo público. Era la época en que el petróleo estaba carísimo. El flamante presidente Saddam Hussein disponía de fondos inagotables. Además, en esos años, Saddam era “el bueno”; estaba enfrentado al fanático ayatolá Ruhollah Jomeini, supremo líder de Irán.
La hospitalidad de Medio Oriente es una tradición que debe de haber alcanzado su cima en Irak en ese momento. Hussein subió al poder formalmente en 1979 y seguiría ejerciendo su liderazgo hasta 2003, cuando el país fue invadido por Estados Unidos. Se había convertido en otro “malo”. Era un futuro poco previsible en 1980.
Todos los invitados nos alojamos en un hotel de lujo recién inaugurado. Había cinco piscinas. A cada uno de nosotros nos dieron una tarjeta mágica, como correspondía a la antigua Babilonia, válida sólo en el hotel. Nos permitía sentarnos a comer y a beber a la hora que se nos ocurriere, cuántas veces quisiéramos y no pagar ni un centavo. Los extranjeros podíamos ordenar desde whisky escocés hasta vinos franceses. Además, en nuestras habitaciones, teníamos llamada libre para comunicarnos con cualquier parte del mundo. Por otra parte, como el millaje del viaje era considerable, estábamos en condiciones de regresar de Bagdad por el itinerario que se nos antojara y el tiempo que deseáramos. Elegí Atenas, París, Buenos Aires.
Una mañana, fuimos a conocer las ruinas de Babilonia en autocar con aire acondicionado. Cuando llegamos, vimos un vasto terreno baldío y una pila de ladrillos. Me aclararon: “Esos fueron escalones de un zigurat”. El guía nos aconsejó no bajar: el calor nos resultaría insoportable. No seguí esa recomendación. Habré caminado doscientos metros: volví apresuradamente al autocar. Mi ropa y yo estábamos empapados de sudor.
Unos días después, se realizaron las elecciones. Los periodistas visitamos centros femeninos de votación. Una hermosa y sexy colega argentina de la televisión, acribillada por las miradas de los varones vernáculos, encaró en la fila a una típica mujer iraquí y le preguntó qué pensaba del Women’s Lib. El camarógrafo aguantó la situación a pie firme y cámara al hombro.
La última visita la reservé para el Museo de Irak. Era todo lo que podrían haber soñado Eugène Delacroix, Oscar Wilde, D. W. Griffith, Cecil B. de Mille, Kenneth Anger y Franco Zeffirelli. Esculturas de una belleza que el tiempo y el arte del siglo XX habían hecho aún más bellas, fragmentos gigantescos de antiguas construcciones y monumentos, joyas, máscaras…
Al día siguiente, aterricé en Atenas. Tres meses después, el 22 de septiembre de 1980, Saddam Hussein invadió Irán. La guerra duraría ocho años. A su término, los dos países estaban arruinados.
El Museo de Irak fue saqueado y parcialmente destruido durante la invasión de los Estados Unidos en 2003. En mi memoria, poco a poco, se fueron borrando las imágenes de lo que había admirado. Queda una cita célebre de Paul Valéry: “Nosotros, civilizaciones, ahora sabemos que somos mortales”.







