Posverdad y democracia. La riesgosa trampa del tribalismo moral

Ancladas en hábitos más arraigados de lo que se supone y fortalecidas por Internet, las fake news constituyen un serio desafío para las sociedades contemporáneas; es urgente buscar antídotos
Eduardo Levy Yeyati
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16 de septiembre de 2018  

Vale la pena aproximarnos a la posverdad por su puerta de entrada, lo que podríamos llamar nuestras "predisposiciones": aquellas características y sesgos naturales en el modo en que procesamos la realidad que nos hacen más propensos a abrazar las medias verdades y las falsedades de la posverdad.

La primera de estas predisposiciones es la más infranqueable: el ser humano es, en medida variable, un animal de fe. Necesita creer en algo y se aferra a sus creencias, y cuando algo se convierte en creencia, se vuelve inmune a la argumentación. Debatir sobre el origen de las especies con un creacionista que cree que el universo fue creado por un acto divino no pasa por acumular información. En parte, porque la información nunca es evidente. Pero sobre todo porque la fe es un sistema de identificación y pertenencia que elude la contradicción negándola, o escindiendo el proceso de conocimiento: aun para las mentes científicas las cuestiones de fe transitan por un carril paralelo, asociado al misterio, es decir, disociado de la prueba (pensemos, sin ir más lejos, en el sacerdote Georges Lemaître, "padre" del big bang).

Dicho esto, no todos los sesgos son creencias: a veces pueden explicarse como un proceso adaptativo, suerte de darwinismo social. Supongamos, para seguir con Darwin, que nos mudamos a una comunidad que defiende el creacionismo. Supongamos que no compartimos esa creencia. En Tribus morales, Joshua Greene describe de manera sumaria este "sesgo de pertenencia". Si el origen del universo surge en una conversación, enfrentamos tres opciones incómodas: callar, decir lo que pensamos (a riesgo de pasar al ostracismo) o mentir. Pero también podemos soslayar la disidencia y ganarnos la membresía a la tribu convenciéndonos (¿por qué no?) de que el universo fue creado por un acto divino.

Tribus alineadas

Este tribalismo moral no es solo adaptativo, también tiene su costado activo: así como el hincha de fútbol solo ve el penal ajeno, también el militante se ilusiona con que "nosotros" nos parecemos, y nos diferenciamos de "ellos", que a su vez se parecen. Convencidos del creacionismo, asumimos que la gente como uno comparte nuestra visión; si no la comparte, lo más probable es que no sea como uno -mejor no escucharlo. El proceso de selección combina la adaptación y la censura para crear tribus compactas.

Este fenómeno no es nuevo, pero se refuerza con las redes y la minería de datos sociales. En una columna reciente ("Cómo Facebook nos hace más tontos"), Cass Sunstein advertía que la capacidad de Internet de filtrar el mensaje de acuerdo a las preferencias del inadvertido receptor no solo reduce la diversidad cultural, sino que también potencia el sesgo de confirmación: el algoritmo que mapea las preferencias del usuario sobre la base de su huella digital elimina puntos de vista alternativos, ahorrándonos el engorroso trámite de la contradicción. Así, las redes se vuelven virtuales "cámaras de eco" (el término es de Michaela Del Vicario): si ponemos a rodar una noticia falsa, lectores ideológicamente alineados chequean su veracidad en las redes según los comentarios (filtrados) de otros lectores ideológicamente alineados, convalidando la noticia.

Christopher Wylie, cerebro de Cambridge Analytica, que jugó sucio a favor de la campaña de Trump
Christopher Wylie, cerebro de Cambridge Analytica, que jugó sucio a favor de la campaña de Trump Crédito: ANDREW TESTA/NYT

Así las cosas, estamos a un paso de que ya no la veracidad de la noticia, sino la de su canal de transmisión, dependa de su pertenencia tribal. Si por casualidad nos llega una versión distinta de la esperada por el grupo de pertenencia, en vez de dudar de nuestra primera impresión, dudamos de la persona o el medio que la transmite. Más aún: una vez identificada la pertenencia tribal del canal en cuestión, el apoyo o rechazo al mensaje dependerá del transmisor, sin más intervención de la información necesaria para juzgarlo. Si lo dijo mi referente o un medio amigo, seguramente es cierto; si lo dijo un referente opuesto o un medio enemigo, seguramente es falso, nocivo o una operación. Llegado a este punto, el círculo se cierra y volvemos a la cuestión de fe: en una versión colectiva del idealismo subjetivo, las cosas no existen por sí mismas sino para nosotros; son del color del cristal con el que el grupo las mira.

Si los sujetos de la posverdad son en alguna medida sus víctimas, la posverdad como construcción no es inocente. Como señala Guadalupe Nogués en su libro Posverdad, hay una "posverdad intencional" que explota las predisposiciones mencionadas para embarrar la cancha en beneficio de un interés privado: la política, con sus trolls y su minería proselitista, las industrias del tabaco y el azúcar, el negacionismo del cambio climático son algunos ejemplos que Nogués examina en su libro.

Temas complejos

En muchos de estos casos intervienen los expertos: llueven trabajos de diverso rigor científico, a favor o en contra, activando las defensas del lector lego que espera una explicación simple y convincente. La situación ilustra un problema adicional para lidiar con la posverdad: la dificultad inherente a ciertos argumentos técnicos y científicos. "Estos asuntos de economía y finanzas son tan simples que están al alcance de cualquier niño. [...] Si no los entiende es que están tratando de robarle". La protesta de Raúl Scalabrini Ortiz no es inocua: está arraigada culturalmente en la sospecha que despiertan las explicaciones elaboradas, o en el estereotipo del técnico pedante que expresa lo obvio de manera difícil, y se extiende a otros aspectos del debate intelectual. La ciencia, la economía, las instituciones o la política son temas de una complejidad a veces fastidiosa. De hecho, parafraseando, podríamos decir que, si uno entiende todo, es probable que le estén "robando" o, más precisamente, que le estén contrabandeando medias verdades o conclusiones cómodas y falsas.

Cuentan que, exigido por un periodista para que le brindara una versión simple de la teoría de la relatividad, Einstein contestó: "Podría decirle que la relatividad es masa más tiempo, pero ya no le estaría hablando de la relatividad". Lo que puede leerse, a su vez, como un aforismo de la cita completa ("No puede negarse que el fin supremo de toda teoría es que sus elementos básicos e irreducibles sean tan simples y pocos como sea posible sin resignar una representación adecuada de los datos de la experiencia"), formulada por Einstein en la Herbert Spencer Lecture de Oxford de 1933. Este principio, que podríamos llamar "la navaja de Einstein" (cuanto más parsimoniosa la teoría, mejor) por su analogía con la célebre navaja de Occam, a su vez derivada de Aristóteles (cuantas menos hipótesis, mejor) y Ptolomeo (cuánto más simple la hipótesis, mejor), es tal vez el mejor remedio del saber científico contra el "síndrome de Scalabrini".

En todo caso, el punto es crucial a la hora de pensar cómo combatir la posverdad. Ni el recurso ad hominem a la autoridad científica ni el tsunami de información parecerían ser efectivos, si es el transmisor el que está cuestionado. Y no basta con más educación: el nivel de formación no correlaciona bien con la polarización o el tribalismo, fenómenos más emocionales que racionales (aunque, como muchos han señalado, el tribalismo no carece de cierta racionalidad evolutiva).

¿Entonces, qué hacemos? La respuesta que da Nogués en los últimos capítulos del libro apela precisamente a la emoción y la curiosidad como antídoto contra la posverdad, a la rebeldía del conocimiento contra el pasivo conformismo de la adaptación. En suma, una invocación al pensamiento crítico, al esfuerzo de rehuir los cantos de sirena de la posverdad para aproximarnos, aunque sea un poco, a la siempre inefable verdad.

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