Preponderancia del poder
Por Mario del Carril Para LA NACION
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WASHINGTON.- En su libro La preponderancia del poder (1992) Melvin P. Leffler escribe que después de la Guerra Fría Estados Unidos, liberado de su mayor amenaza geopolítica, se vio frente a la oportunidad de renovar las fuentes de su poder. "El desafío -sentenció- esta adentro del país."
Los atentados del 11 de septiembre último terminaron con esa percepción y esa oportunidad. Hoy, renovado o no, Estados Unidos percibe que su principal desafío esta fuera del país y el gobierno ha iniciado un proceso externo que llama "la guerra contra el terrorismo internacional", cuyo verdadero significado y alcance es difícil de anticipar.
Por ejemplo, el presidente George W. Bush dijo hace poco que Afganistán es sólo el comienzo de una guerra que puede durar 10 años, y el vicepresidente Dick Cheney ha dicho que puede durar 30 años o más. No se sabe si estos vaticinios están fundados en datos y cálculos o responden simplemente a la intención de cambiar las expectativas norteamericanas y movilizar la población para un esfuerzo inmedible.
Las autoridades, además, dicen que la guerra será multidimensional, tendrá etapas y batallas visibles e invisibles. Las fuerzas armadas norteamericanas deben ser modernizadas; por lo tanto, necesitan más presupuesto, y los servicios de inteligencia deben estar facultados para emplear elementos criminales y violadores de los derechos humanos, como puede haber ocurrido en Afganistán cuando la CIA tuvo contactos con Osama ben Laden en la campaña para derrotar a la Unión Soviética.
¿Qué va a significar para el resto del mundo este nuevo proceso histórico desencadenado por el terrorismo Osama ben Laden, que provoca la reacción norteamericano ante un peligro real? ¿La transparencia, los derechos humanos y la democracia seguirán siendo prioridades de los Estados Unidos, o serán eclipsados durante un tiempo indefinido por la necesidad de eliminar el peligro del terrorismo internacional que nadie pone en duda?
Problema conceptual
Hoy estas preguntas no tienen una respuesta clara. Pero se vislumbra, en la primera etapa de este proceso, una nueva postura de Estados Unidos ante el mundo, definido por el unílateralismo más refinado de la derecha norteamericana y expresada por lo que esa derecha a veces llama "la doctrina Bush."
Según está doctrina, anunciada y aplaudida después del 11 de septiembre, quien no está con Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo será considerado, objetivamente, un aliado de los terroristas. En esta nueva guerra, teóricamente, no hay tercera posición ni neutralismo para los Estados, tampoco la hay para las entidades bancarias o aun para los periodistas.
Un problema conceptual de esta doctrina es la definición de "terrorista", como lo descubrió el gobierno de Ariel Sharon cuando Washington se negó a condenar, como actos terroristas, a recientes atentados en Israel. La falta de un compromiso con una definición objetiva de lo que es un terrorista le permite a Estados Unidos un amplio margen de maniobra para elegir cuándo, cómo y dónde inicia, y termina, las etapas de esta nueva guerra.
En Afganistán la doctrina no ha creado problemas, porque nadie duda de que Estados Unidos y sus aliados luchan contra las raíces logísticas y algunos autores intelectuales -y quizá materiales- de los atentados que mtaron a más de 3000 inocentes en Estados Unidos. (El número de víctimas ha bajado a 3000 de 6000 porque se habían cometido errores al contar los muertos en las Torres Gemelas; el numero de muertos en el Pentágono y en los cuatro aviones comerciales no ha variado.)
Sin embargo, el consenso de los aliados con respecto al enemigo en Afganistán se puede perder en una segunda etapa de la guerra. Especialmente si la nueva batalla se libra contra un país que en ese momento no está vinculado con una atrocidad visible que lo identifique con un acto terrorista.
Washington se ha preparado para este tipo de disenso al mencionar en varias oportunidades que la alianza que encabeza es "flexible". Esto puede significar, en el sentido más amplio de esta expresión, que los gobiernos tendrán la opción de regular su participación en distintas etapas de la guerra sin ser vistos como "neutrales". Los que participan en la batalla en Afganistán quizá no participen en una presunta batalla en Irak o Somalía.
La tarea de la diplomacia estadounidense será convencer al resto del mundo, aquellos que no tienen ni la capacidad ni la intención de dañar a Estados Unidos, de que quienes tienen esa capacidad e intención, son también enemigos de todos. Esta tarea fue fácil en el caso de Afganistán porque las pruebas estaban a la vista, pero no se sabe si será tan fácil en otros casos.
Frente a esta dificultad, en Washington se diferencian claramente dos posiciones. La más unilateralista quiere seguir adelante con aliados o sin ellos. La menos unilateralista considera importante que Estados Unidos obtenga un consenso internacional en cada etapa de la guerra.
Dentro y fuera de los Estados Unidos hay quienes advierten contra el peligro de que la preponderancia del poder norteamericano -que pocos ponen en duda- lleve al gobierno de Washington a decidir que los aliados pueden ser redundantes y, por lo tanto, innecesarios.



