
Primera dama bonapartista
"Yo soy bonapartista", dijo la primera dama en París. No se refería, claro, al movimiento político en virtud del cual el gobierno se delegaba a un miembro de la familia Bonaparte sino que quiso revelar, así, su admiración por el estadista y militar que fundó un imperio y tuvo en vilo a Europa.
El primer minuto libre de Cristina Fernández de Kirchner en esa ciudad no fue para las tiendas de Saint-Germain (como en otros tiempos) sino para conocer la tumba del corso en los Inválidos. Hizo la reverencia de rigor para ver el enorme sarcófago desde la superficie y recorrió los mármoles que recuerdan sus sentencias. "Lo viví todo, lo experimenté todo, crucé todos los límites". Difícil no sentir un burbujeo ante tanta contundencia si se está cerca del poder.
Ella admitió que la visita la impactó. ¿Qué fue lo que más la conmovió? "El hecho de que sus hombres, los generales de Napoleón, hubieran elegido ser enterrados con él. Esa es la mejor muestra de que fue un buen jefe", dijo. Luego "como abogada", lógicamente se inclinó ante la herencia legislativa del Código Civil. Le llamó la atención el hecho de que entre sus triunfos militares figurara Moscú, donde empezó la derrota de sus tropas. Y admiró el sentimiento de nacionalidad de la guía de turismo que le explicó las razones. "El ejército francés venció y pudo retener la ciudad durante un mes antes de que el frío lo doblegara", repitió la señora Kirchner.
La grandeza la conmovió. Fue un ratito pero, tal vez, de los que no se olvidan. Al menos para buscar espejos, no deja de ser meritorio soñar con uno que haya torcido el rumbo de la historia.






