
Problemas con trampas
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"¿Cuántas decenas tiene el número más grande de tres cifras distintas que se puede escribir?" El mayor número de tres cifras diferentes es 987. La respuesta ingenua afirma que sus decenas son 8. Este resultado no fue aceptado por los evaluadores de la Universidad de La Plata, porque exigieron 98,7. De otro modo: las decenas son 98 más 7 décimos de decena.
Esto no es matemáticamente incorrecto pero sí una trampa interpretativa, porque la tendencia natural es pensar en la formación de ese número con 9 centenas, 8 decenas y 7 unidades. La expresión requerida en La Plata no se enseña normalmente en las escuelas y aunque se la enseñara siempre le quedaría al alumno la duda acerca de lo que realmente se le está pidiendo.
Esta historia comienza con el examen de evaluación tomado a los aspirantes al ingreso en Medicina que intentaron la admisión directa, sin curso de ingreso. Se les formularon dos preguntas de matemática, dos de física y dos de química, sobre las cuales habría que explayarse en un espacio amplio, para comentarlas debidamente.
Ninguno de los 1727 postulantes pudo aprobar el examen, algo altamente sospechoso, no sólo por escapar a las leyes normales de la distribución estadística sino porque la prueba fue aplicada a muchachos que están fuertemente interesados en ingresar y no ignoran que se hace todo lo posible para seleccionarlos duramente.
También se ofreció, a quienes aceptaron la propuesta, la posibilidad de participar de un examen en apariencia muy elemental, de nivel primario, que también dio resultados catastróficos. El problema que se acaba de comentar formaba parte de esa prueba, junto con otros que también invitan, como todo lo hecho, al desconcierto.
Los resultados de estas pruebas y de varias más, tomadas en distintas facultades y universidades, crearon una de esas erupciones pasajeras, características de nuestra sociedad y de nuestra clase política. Se atribuyen culpas, se presentan pedidos de informes desde los partidos y se arma una pequeña conmoción, que suele desaparecer en pocos días.
Graciela Giannettasio, titular de la Dirección de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires, jurisdicción de la cual provienen, en buena medida, los aspirantes platenses, fue una de las alcanzadas por las denuncias acerca de lo que parecería ser el desastre total del sistema educativo argentino.
Opiniones al gusto
Es difícil comentar, en un espacio reducido, todas las interpretaciones dadas a estos episodios.
No caben dudas acerca de las fallas del sistema educativo, algo que se puede afirmar apriorísticamente teniendo en cuenta que asisten a él diez millones de alumnos, de las más variadas características intelectuales, sociales y económicas, en condiciones que están a años luz de ser óptimas.
Pero la solución de este problema no pasa por lo que creen muchos apurados comentaristas. Parte de la alienación pasajera que se ha producido consiste en suponer que nuestras dificultades son únicas, olvidando lo que se sabe del resto de América y del mundo. En los sistemas escolares que se han ampliado en inmensa medida, que son muchos, estos problemas son casi inevitables.
A veces se reclama la selección, para dar paso solamente a los mejores. En ciertos ámbitos, como en la provincia de Buenos Aires, donde se hacen esfuerzos desesperados para retener a los alumnos, con el fin de demostrar la eficacia de la reforma en marcha, llegan a los docentes invitaciones no escritas para que aprueben a todos. Esta retención ha sido celebrada por la Unesco, a raíz de sus consecuencias sociales positivas. La contradicción es flagrante, pero pocos la visualizan.
Susana Decibe ha vuelto a pedir (aunque después relativizó su demanda) que los chicos apaguen los televisores, en un momento en que los desarrollos didácticos comienzan a poner en las escuelas programas, videos o "software" de computadora, que producen resultados notables. Los chicos de la avanzada del sistema educativo (el nivel inicial y los primeros tramos de la escuela primaria), por otra parte, aprenden en serio a pesar de que son frecuentadores asiduos de la "tele" y de las PC.
Malos ratos en la TV
Periodistas pícaros (generalmente jóvenes y poco reverentes) se han encargado de hacer pasar malos ratos a figuras renombradas de la política o de la educación, examinándolos en TV, como si fueran alumnos. Los resultados fueron, en general, lamentables.
Podría argumentarse que los conocimientos escolares se olvidan y que es necesario refrescarlos, pero los aspirantes al ingreso, a los cuales no se les dan mayores pautas, dirían que ellos tampoco están exentos del olvido.
En las facultades que pierden año tras año matrícula no pasan estas cosas. Ellas permiten que los ingresantes vayan descubriendo, progresivamente, si están capacitados para seguir estudiando o no.



