
Prohibido revisar la historia
En el verano de 1970, el presidente de facto Juan Carlos Onganía quiso ver, antes de su estreno, el film El santo de la espada , de Leopoldo Torre Nilsson. Cordialmente invitado a tan especial función, realizada en Olivos, el cineasta advirtió muy pronto que su anfitrión expresaba elocuentes molestias por ciertas escenas. Concluida la película, Onganía le impuso, sumariamente, tres o cuatro cortes y otros tantos remiendos. Ejemplos:
- En varias situaciones domésticas, Remedios (Evangelina Salazar) se dirigía a su esposo (Alfredo Alcón) llamándolo José o Pepe, a secas, un confianzudo atrevimiento. Debía llamarlo "mi general", cariñosamente.
- En pleno cruce de los Andes, San Martín aparecía doblegado por sus dolores de estómago y, de espaldas, se lo intuía sufriendo impiadosas convulsiones. En vano Torre Nilsson arguyó que la enfermedad otorgaba dimensión humana a la portentosa gesta. La secuencia debía ser omitida, ya que "los héroes no vomitan".
Esa frase de Onganía resume el criterio de que los prohombres de la patria eran químicamente puros y saludables, y que atribuirles achaques equivalía a ignorar la naturaleza del bronce o del mármol. ¿Cómo aceptar que mentes blasfemas, atacadas por el virus del revisionismo histórico, los imaginaran de carne y hueso, a veces dominados por altas y bajas pasiones y hasta enfrentados por un modo diverso de entrever el futuro de la Nación?
Sin embargo, no cesa de prosperar la sospecha de que eran, nomás, seres humanos. Al fenómeno de que las clases escolares de historia argentina inducen a la incredulidad, dada la escasez de próceres verosímiles, se agrega otro: los libros que rescatan del pedestal a personalidades tan subyugantes resultan hoy más requeridos que los de autoayuda y las novelas. Los libreros dicen que esa corriente de preferencias se operó apenas Félix Luna dio a luz Soy Roca , hace unos quince años, nada casualmente con el advenimiento de una democracia estable. Ahora, los batifondos que genera la aparición de otro libro, Don José , de José Ignacio García Hamilton, adhieren a esa certeza.
Ecce homo
Don José propone, audazmente, que San Martín sea visto como un hombre, acaso como Ernest Renan y José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998, quisieron que fuera visto Jesús. Asimismo, el éxito cosechado por el ex juez Juan Bautista Sejean, con su libro San Martín y la tercera invasión inglesa (1997), subraya la creencia de que un público cada vez más vasto adhiere a la tesis de que los hacedores de la patria fueron hombres de inclaudicable coraje y lúcido pensamiento, pero también dispuestos al solaz mundano y a la satisfacción de estímulos materiales, no siempre altruistas.
Pilato presentó a Jesús, ante el pueblo de Jerusalén, con dos breves palabras: Ecce homo , "he aquí el hombre". Parece indudable que el ecce homo de los héroes argentinos constituye todavía el costado sacrílego de la investigación histórica, ya que involucra la intención de reducir estatuas a la condición de personas, con sus virtudes y sus flaquezas, y hasta con prosaicos dolores de estómago. Sin duda, la conjura de los revisionistas amenaza desvirtuar la esencia mitológica de los próceres vernáculos. ¿Un horror?





